Por Rosana Forgas

…Vecina llegó el sodero, a ver quién me va a comprar, me gusta cuando a la calle me salen todos a saludar…

Palito Ortega

Uno de los paisajes donde siempre sentí que nada malo podía pasarme es dentro de mi casa. Cualquiera fuera la vivienda que habitemos por aquello que sentencia que donde quiera que estemos juntos, ese será nuestro hogar porque un hogar es donde la gente se ama.

Cuando vivíamos en la capital de este Jardín de la República, en esa casona chorizo de la calle Las Piedras, el sólo llegar al umbral de mármol rojizo, abrir la puerta cancel, sacarme la chaqueta, los zapatos y los aros y caminar hacia mi cuarto, ya empezaba a sanarme de los innumerables conflictos que a diario enfrentan los trabajadores de la salud.

Mientras me relajaba iba cordoneando aromas y colores: primero el bermellón furioso de la Santa Rita, después el suave lavanda de la glicina y al final, el tintineo naranja de los clarines de guerra.

En las sucesivas mudanzas pude llevarme ese clima de paz, los ventanales, la Santa Rita y en la última localización -y definitiva- me esperaba este enorme cacho de cielo que me despierta todas las mañanas con el revoloteo de las carrasquitas y el trinar de los benteveos.

Pero un virus monárquico no sólo puso al planeta patas para arriba, también los hizo con las rutinas, con las prioridades, con los anhelos y hasta con las reflexiones. Y en mi caso el #QuedateEnCasa por mucho tiempo, fue sólo el preludio de un jubileo que me estaba esperando en enero para darme una de las sorpresas más hermosas de mi vida: abandonar despertadores, regalar chaquetas, postergar las duchas calientes -que por siglos eran a las 5:45-, el insoportable ruidito del secador con una mano y el maquillaje con la otra, los cafecitos apuraditos hojeando el diario… pero seguir, ya sin prisa, intentando ser Mafalda -con sopa-  pero  ahora ¡por fin! bastante asusanadita.

En el desayuno dominguero, ese que se prolonga hasta que las medialunas se pechan con los sorrentinos, nos tocó abordar el tema de los extrañamientos o extrañaciones que sentimos por algunas personas que apenas conocemos y del fenómeno de no haber extrañado a personas con las que compartimos parte de nuestra vida.

La consigna era pensar en esas personas y a mí inmediatamente se me apreció Omar, mi sodero. El mismo que durante largos diez años fue una presencia silenciosa que sólo se notaba si los cajones anaranjados con sifones verdes estaban vacíos. Los jueves eran los días en que yo llegaba y él acaba de irse, dejando el cuerpo del delito en el garaje, nunca supe si era joven o algo mayor, ni de qué color era la camioneta.

Desde que el mundo está en pausa, no solamente lo conocí, sino que tuvimos largas charlas detrás de la reja por decisión de él; ahí nomás, no abra señora, no vaya que se escape mi amigo. La amistad en realidad empezó con Aarón que apenas oía el ruido de su chata destartalada corría al portón y le ponía la cabeza para que él se la acariciara con mucha ternura.

Yo lo heredé al amigo de mi perro y como no podía ser de otra manera tratándose de mi oficio de cuentadora, empezamos a intimar las charlas hasta llegar a hablar del gobierno nacional, del provincial y hasta de la región ¿o acaso por estar dichosamente jubilada se me tiene que acabar la micro militancia diaria?

Omar es un libro abierto -me resisto a seguir hablando en pasado- sabe de política internacional, de la realidad sanitaria de toda la región, es un gran lector y sobre todo un gran oyente de la 750 y admirador de Víctor Hugo, peronista desde la cuna, señora. Y sobre todo con una coherencia en sus análisis en la vereda, dignos de cualquier panelista de televisión de programas serios -o sea de unos cuantitos-.

En estos meses de pandemia cambió su vieja camioneta por una varios modelos más nueva, y hasta me hizo subir a que la viera por dentro. Jamás vino sin barbijo, jamás se acercó demasiado, al principio sacaba uno por uno los sifones de su caja para ponerlos en mi canasta y me hacía que le dejara el dinero en el buzón de las cartas para que ni nos rozáramos.

Nos despedíamos siempre con un cuídese, Omar y un usted también, señora. Hace más de un mes que Omar no aparece ni responde a su celular y en la sodería dicen que no volvió más desde que se enfermó pero que no saben nada de él.

En los tiempos en que la urgencia me condenaba a olvidarme hasta de los actos escolares de mis hijos, los Omares no tenían rostro, pero su calidad de vida formó parte de mis desvelos, desde adolescente.

Hoy extraño ese rostro amable que no podía disimular la sonrisa debajo del barbijo cuando Aarón lo recibía. Hoy yo sólo sé que los jueves, mi perro se acerca a la reja y se queda un largo rato mirándola. Y la angustia se apodera de todos.

Donde quiera que esté, Omar, ayúdenos para que esa Patria Grande que usted y yo queremos ver libre y soberana, nos sorprenda uno de estos días.

¡HASTA LA VICTORIA SIEMPRE!