Por Silvio Randazzo

 Días más, días menos, la última ha sido una necrosemana. Mi última semana ha sido una sucesión de estallidos de esa sensación de manos que te sueltan, de espaldas que se separan de la tuya. No se trata de afectos íntimos, de amores o familia. En algunos casos desazona como si lo fueran, porque se trata de estímulos, refugios, interpelaciones a las que uno eligió exponerse. Días más, días menos, se trató de una necrosemana merced a las tropelías de la muerte: 35 años del par de goles de Diego a Inglaterra, pero él ya no está, y las muertes de Juan Forn, Willy Crook, Horacio González y Rinaldo Rafanelli.

Resaltar la muerte de algunas personas en días de tanta cifra mortuoria me produce, al menos de movida, la misma sensación que buscar lágrimas en el mar. Me es difícil dimensionarlas, dejarme llevar por el impacto, que adquieran el espesor con el que alguna vez las imaginé. También (y en esto incide esa escribanía de dolores que son las redes sociales) siento extrañeza al enfatizar que, falso textual “yo lloro esta muerte más que las miles diarias”. Pero en fin, a hacerse cargo y gritar “este desamparo es mío”, y abordarlo. Resta confirmar si consigo hacerme entender.

La gran mayoría de las personas que conozco que tienen sensibilidad y curiosidad para con el arte, el pensamiento, la política, o los deportes, conformó su cofradía: una convocatoria íntima promovida por la admiración, el amor, la inquietud y la vida transformada hacia esas otras mujeres y esos otros hombres. Esos basamentos son ráfagas furibundas ante las que los árboles del marketing y el cholulismo no pueden mantener la vertical. Una cofradía que da sentido y agitación a tu vida, mientras lucha y delimita terreno blandiendo en sus manos la espada de sus aspiraciones.

Si cabe otro símbolo para esa cofradía (quizá no sea una hermandad), diría que es como una acacia, que florece en pleno invierno (julio-agosto), cuando todo a su alrededor es marchito. El fulgor de sus hojas amarillas, esa manifestación de vida al contado mientras el resto se congela. A esa acacia de cofrades vamos a buscar belleza, nervio motor, cobijo, le hacemos preguntas acerca de su beldad invernal. Deseamos que viva mientras el entorno se muere. Pasa que a veces…

No hay unanimidad: ni el amor insoluble que irradias, ni las emociones que te agitan, ni las convulsiones intelectuales son unánimes para la cofradía. El estupor por la novedad de la muerte no es para todxs igual; pues hay muertes que, como un relámpago, asolan nuestro contexto y lo tornan un decorado momificado, afeado como el cubismo sólo geométrico.

Mi admiración tiene favoritismos y en esa convocatoria –personal, caprichosa, no siempre producto del más férreo control– hay ausencias que son Atila en andar guerrero: nada pudo crecer allí. Cada vacío es indisimulable. Y cuando la Parca anda de racha y no hace agua en esa batalla naval que disputamos cada día, cuando los vacíos se aglomeran, lo que siento es tristeza y debilidad. Pasa que esos tipos, los que mencioné más arriba (y valdrán como símbolo de toda mi cofradía), se han encargado –a través de las dotes que los hicieron visibles en mi radar– de embellecer este mundo, de inquirirlo, de auscultarlo, de acusarlo, de redescubrirlo, de rechazarlo, de refundarlo, en fin, de cambiarlo. Siento que, en buena medida, hicieron un trabajo por mí hasta que no pude más y dije “permiso, me sumo”.

Sí, por supuesto, no es lo mismo… Lo sé.

Pero si plasmaron esa transformación en mí, lo que ahí tenemos es el primer síntoma de un cambio en el mundo. Esa es la gloria de mi cofradía, de mi acacia.

Cada cual tendrá su cofradía conforme la cual su mundo se ha transformado, o va en camino. En ella resuena la canción hermosamente inigualable, el cuento con el que cada vez es la primera vez, la revolución que le hace falta a este mundo, el gol del festejo eterno, el descaretaje de tus miedos, la razón por la que tus viejas miserias te desconocen, la última oportunidad que le primeriaste a la siempre altiva muerte, etc. La medida de lo que todavía es imposible y de lo que, quizá, alguna vez lo pareció, habitan en esa cofradía, insisto, personal, no siempre estable y puede que infinita. ¡Por eso el estupor que detona la muerte!

Forn, Crook, González y Rafanelli viven en mi convocatoria; algunos en los suburbios, alejados, como detrás de una frontera brumosa. Escaso es nuestro contacto, pero los sé allí. Otros habitan uno de los lotes mejor cotizados, aledaños a mis necesidades, mis temores, mis planteos, mis emociones, mi curiosidad. Como dije, la convocatoria puede regirse por resortes intuitivos; una sospecha, el aroma de un corazón o de un don, te impulsan a convocar a tal o cual primero, y a ir descubriendo las razones, después.

La cofradía ha sido lacerada, necesitamos que a la Bella Señora se le melle un poco la guadaña. Se empecina en talar mi acacia la muy jodida.