Por Miguel Núñez Cortés

Corría el mes de marzo de 1976. Acerqué mi cara a la ventanilla del avión de Austral (1) que me llevaba a Río Grande, una de las dos ciudades importantes en el Territorio Nacional de la Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur.  Un cielo azul, sin nubes, me permitió observar, como si fuera un mapa, el Estrecho de Magallanes desde el BAC 1 – 11, que iba descendiendo para aterrizar en Río Grande.

Retornaba luego de un año en que realicé el trabajo previo. Había culminado el estudio terrestre y había definido la ubicación en el terreno del que luego sería el GASODUCTO SAN SEBASTIÁN-EL CÓNDOR, (el más austral del mundo), un caño de 76 centímetros de diámetro (Φ 30”).

Aunque fuera marzo, el frío se hacía sentir en esas inmensidades yermas, interminables. El silencio y la soledad eran absolutos, salvo por la presencia de algún zorrito o guanaco. Para cruzar de la Isla al continente me embarqué en el transbordador “Crux Australis de ENAP, la petrolera chilena(2). (NR: mi recuerdo para el Gobernador Jorge Cepernic).

El Cabo de las Once Mil Vírgenes. Su faro.

El faro Cabo Vírgenes marca el extremo oriental del Estrecho de Magallanes. Sus coordenadas son: 52° 20′ Sur, 068° 21′ Oeste y entre sus características constructivas e históricas se destacan: altura de la estructura: 26,5 metros, altura respecto al nivel del mar: 69 metros, puesto en servicio: 15 de abril de 1904, alcance lumínico:  24 millas náuticas. Cuenta con personal estable de la Prefectura Naval.

                        ¿De dónde viene el nombre de Cabo de las Once Mil Vírgenes, luego, simplemente Cabo Vírgenes? De Santa Úrsula y las Once Mil Vírgenes (en realidad eran solo once y no once mil), que se conmemora en el santoral católico el 21 de octubre. Cabo Vírgenes se llama hoy así en honor a la fecha en que Hernán de Magallanes pisó por primera vez estas tierras. Era el 21 de octubre de 1521 y se celebraba el día de las Once Mil Vírgenes.

La nieve a orillas del Estrecho

Salí de Río Gallegos en aquel marzo de 1976 muy temprano, aún de noche. Luego de 100 Km de marcha llegué a “El Cóndor”, última Base Operativa de Gas del Estado. Como era costumbre y al no tener aparato de comunicación móvil en mi camioneta, dejé dicho al personal de guardia que seguía viaje hasta Cabo Vírgenes, para estudiar el sector de playa, punto en que sería fijado el gasoducto cuando emergiera del mar, luego del cruce del Estrecho.

Se había hecho la noche y nevaba copiosamente. Di vuelta mi camioneta para ir hacia el Faro de Cabo Vírgenes y observé que la huella ya estaba cubierta por la nieve. A los lejos distinguía la luz del Faro. Avanzaba lentamente con mi camioneta, bastante a ciegas. A unos 1000 metros del Faro la camioneta se encajó en la nieve y vanos fueron mis esfuerzos para poder salir de ese atasco. Tomé la linterna y mi sombrero de cuero y lana y comencé una incómoda caminata para buscar la ayuda de la Prefectura del faro de Cabo Vírgenes.

Ellos ya me habían visto desde el promontorio ubicado a 69 metros sobre el nivel del mar. A pesar de esa altura y la distancia percibieron cómo los dos focos de mi camioneta estaban detenidos.  No les extrañó cuando llegué embarrado hasta las rodillas, mojado y con frío. Me ofrecieron mate cocido y unas galletas, que aproveché sin chistar. Convinimos el rescate de la camioneta esa misma noche. Me acompañarían dos prefectos en un vehículo de la institución hasta las cercanías de la camioneta. Ellos darían vuelta la camioneta para poder tirar de la soga ¿de la soga? Si, una soga marinera de muy buen diámetro. Estacionaron su vehículo unos 50 metros antes de mi camioneta.

Entre los tres y caminando sobre la nieve y el barro, extendimos la soga entre el vehículo de Prefectura y el que estaba a mi cargo. La amarramos a los paragolpes de sendos vehículos y me dieron instrucciones de que acompañara la tracción que ellos ejercerían, moviendo suavemente el volante y sin acelerar demasiado.

Un fantasma

Empezó el proceso. La soga se puso tensa. Temía que se cortara. Miré – como costumbre de todo conductor – por el espejo retrovisor y observé, alumbrado por las luces traseras de posición de mi camioneta un rostro humano y dos grandes manos apoyadas en la caja, “pechando” para desencajarla. Una aparición fantasmal en esa oscura noche. En instantes volví mi mirada a la camioneta de Prefectura. Cuando las ruedas encontraron tierra firme, mi vehículo salió expelido hacia delante, acelerado por ansiedad propia del conductor; casi choco con el de Prefectura. Me bajé y pisé la soga enrollada sobre sí misma. Los Prefectos vinieron a mi encuentro y estreché sus manos, agradecido.

Inmediatamente giré mi cabeza para localizar a esa figura espectral que observara por mi espejo retrovisor, empujando, “pechando”, sin que nadie se lo hubiera pedido. Se lo comenté ahí mismo a la gente de Prefectura, quienes sonrieron y me prometieron contármelo cuando estuviéramos de retorno en el Faro.

Me di una ducha caliente, puse a secar la ropa sobre una estufa y en menos de una hora compartía la cena con mis amigos Prefectos.

Brindamos con gaseosa y entre risas por el éxito de la “operación rescate”; luego empezaron a relatarme la historia de ese extraño fantasma.

Una historia inesperada

Por distintos motivos y caminos llegaron los “alemanes del Volga”. Uno de ellos, Nicolás Asselborn, decidió integrar otro contingente inmigratorio, distinto al del Volga. Esta vez dejaban las tierras rusas para dirigirse a la Argentina entusiasmados por algunos compatriotas y la publicidad oficial del Gobierno de Buenos Aires.

Aquí nació su nieto, Conrado Asselborn el 10 de febrero de 1916, como todos ellos diestro en los trabajos del campo, de talla mediana, rubio, de fuerte contextura, agauchado en sus costumbres, tomador de mate, excelente jinete, domador y muy hábil en el manejo del cuchillo en las tareas rurales.

Mozo de 34 años, Conrado decidió instalarse en Cabo Vírgenes, al pie del promontorio, bajo la luz protectora del faro a orillas del mar, a unos 100 metros de la línea de la más alta marea. (3)

Alguien le aportó los primeros ladrillos, alguna vez trajo unas chapas de cinc para armar el precario techo, llegó una cama, una cocina que alimentaba con las maderas que le regalaba el mar, la infaltable escopeta de dos caños, calibre 12 grande, marca Orbea, argentina, que con munición chica vacía un tórax a veinte metros.

Hay relatos de 1950 que cuentan que cazaba unos ochocientos zorros al año en sus trampas. De vez en cuando iba a Río Gallegos a vender sus gramos de oro y sus cueros que cambiaba por lo que precisaba, cosas de comer, municiones. Los de la Estancia Monte Dinero alguna vez le han regalado un cordero, o él teniendo real necesidad, se transforma en un zorro más para algún corderito mamón”.

Alguien le preguntó: “¿Dígame Conrado, y cuando se enferma, como se las arregla?” Y le contestó: “Tengo buena salud. Me curo solo. Yo no doy trabajo a los demás ni lo voy a dar. Cuando la cosa sea muy grave sé lo que tengo que hacer”, y nadie fue capaz de preguntarle qué haría.

Ahora, que la cosa era muy grave, “sabía lo que tenía que hacer”.

Descansó media hora, dormitando en una silla, y cuando despertó sintió gusto a sangre en su boca. Había empeorado. Le había dado la oportunidad a su cuerpo de ponerse bien, pero éste la había desaprovechado.

Ningún otro hombre escuchó el ruido del disparo aquel 12 de mayo de 1992 y recién a los dos días el “torrero” del faro, que no veía humo en la chimenea de la cueva de Conrado, bajó a ver qué pasaba.

Conrado descansa en un pequeño cementerio, a tres kilómetros de su refugio. Certifican su tumba una cruz de madera y unas piedras blanqueadas, junto a algunos objetos que dejan los visitantes. Luego me enteré que hacía un mes que Conrado había cumplido sus 60 años, cuando empujó mi camioneta. Tuvo coraje y un corazón grande para salir a ayudarme y no esperar las gracias.

De regreso

Me levanté ese 24 de marzo de 1976, sin imaginar lo que iba a pasar en la República Argentina. Tenía que partir de retorno hacia Buenos Aires. No pude salir –dolorosamente- de la Isla de la Tierra del Fuego por varios días. Esa fecha fue para mí el comienzo de una penosa historia personal que me acompañaría para siempre. Dolor, persecución y ausencias. Había sido derrocado un gobierno democrático, interrumpido por un cruel e inigualado golpe militar.

Fuentes consultadas y transcriptas:

 Diario La Nación – 16 de septiembre de 2001 – Cabo Vírgenes Extrema Argentina

Sur Mineral – 26 de mayo de 2010 – Portal de la industria minera del Sur – 26/05/2010

 

Diario El Litoral – 19 de octubre de 2003 – Presentación del libro sobre «el ermitaño del cabo Vírgenes” del autor entrerriano Aníbal Parera, con auspicio de la Sociedad Argentina de Escritores, filial Santa Fe.

Datos técnicos del Faro Cabo Vírgenes – Publicados por el Radio Club Río Gallegos.

 “Conrado” – Cuento de 25 páginas escrito por Hugo Martínez Viademonte – Publicado por Amigos de la Tradición Náutica Argentina – Río Gallegos

«La Prensa Austral», Pta. Arenas, (12 de agosto de 1974)- Derrame de petróleo en el Estrecho de Magallanes

Referencias:

(1). En 1971 surgió Austral Líneas Aéreas, como resultado de la alianza entre Aerotransportes Litoral Argentino (ALA) que había sido fundada en 1956, y Austral Compañía Argentina de Transportes Aéreos, fundada en 1957. En ese entonces su flota estaba compuesta por aviones turbohélice NAMC YS-11 y turborreactores BAC 1-11.

(2). Para pasar vía terrestre desde la Provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur – precisamente de la Isla Grande – a la Provincia de Santa Cruz, hay que transitar obligatoriamente por territorio chileno, a ambos lados del estrecho, debiéndose ajustar el viajero a todas las obligaciones emergentes de ese acontecimiento. En 1976 se llegaba hasta el paso fronterizo, al Oeste de Río Grande. Era recibido por Carabineros y se seguía viaje hasta la primera angostura. Allí se esperaba turno para embarcar en el transbordador “Crux Australis” de ENAP (empresa petrolera chilena). Esa espera podía durar horas o días, dependiendo de muchos factores. Cruzado el estrecho de Magallanes, se continuaba por territorio chileno hasta llegar a la frontera con la R. Argentina, en la Provincia de Santa Cruz, en las cercanías de Monte Aymond. Carabineros y Gendarmería Nacional custodiaban esta frontera.

(3). En 1976, además de la casita de Conrado Asselborn, existía – más al Oeste – una construcción de material sin ventanas ni puertas; totalmente vacía, pero muy antigua. Una habitación grande. Nunca pude saber los motivos de su construcción, ni que función cumplió. Sí, en cambio, me enteré que fue destruida por una empresa contratista durante la construcción del gasoducto.