Por el chacho matthews

“En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol, de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado.

Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable y la conciencia de que era inútil”.

Jorge Luis Borges

Un ladrido lo sacó de sus cavilaciones. En ese mismo instante, Leovino Aybar decidió dejar por escrito los relatos de su abuelo. Sin hesitar, se puso el sombrero, tomó el bastón y salió apresurado en búsqueda del amanuense Ludovico Qhapaq, un escriba que era sagaz en la lectura y escritura: desde el cuneiforme mesopotámico hasta los quipus de los incas. Pero, para poder recuperar las diluidas historias pensó en pedirle ayuda a Nazik Malaika, una vidente oriunda de Bagdad que había conocido en sus años mozos. Confiaba que ella podría rescatar las narraciones apresadas en los socavones de su memoria. Comenzó a buscarla en el paraje La Isla, donde le dijeron que se había mudado a La Candelaria, siguió buscándola por toda la zona hasta que en Sumalao, le dijeron que creían haberla visto en el zoco San Miguel de la ciudad de Calchaqui. Cuando por fin la encontró, tomados de las manos se cobijaron con miradas mansas.

-Hola, Nazik -dijo el veterano.

-Hola, tanto tiempo. ¿Qué te trae por acá? -contestó la zahorí, sorprendida por el encuentro.

-Vengo a ver si puedes recuperar los relatos que contaba mi abuelo, contraté a Ludovico para que los escriba, pero mis recuerdos están flacos y escurridizos, quizás con tus dones puedas hallar los laberintos por donde andan perdidos.

La sibila guardó silencio por un momento y con ternura dijo:

-Bueno, veré qué puedo hacer. Vení, acompañame.

Por una abertura camuflada con cajones de verdura, entraron a un laberinto subterráneo. Recorrieron intrincados pasadizos y recovecos hasta que, al final de un estrecho túnel, dieron con un inmenso salón. Leovino miró sorprendido el impactante recinto. Todo olía a almizcle. 

-Esperame aquí -dijo ella y desapareció detrás de unas cortinas de donde regresó con un arguile que puso sobre una mesita de ébano e indicó a Leovino que se sentara sobre un almohadón de generosas dimensiones. Colocó tabaco de Turquía y polvo de semillas de cebil en la cazoleta, encendió el carbón y ofreció la boquilla a Leovino. Sentados de frente compartieron por turno la cánula. Se observaban abstraídos, como detenidos en sus recuerdos. Leovino comenzó a sentir un repiqueteo de derbakes aproximándose y manos suaves que lo acariciaban…

-Nazik, me siento joven ¿dónde estamos?  

-En el palacio oculto de la Rusa María en los sótanos de la Sociedad Sirio Libanesa, acá invirtió lo que producían sus prostíbulos.

-Nunca lo habría imaginado.

-Muy pocos conocen de su existencia -dijo Nazik y cambió de tema- Sabía que ibas a venir, te esperé mucho tiempo.

-Pero, cómo…, alcanzó a decir Leovino.

-No te olvides que sos mi caballo de espada, pero comencemos con la tarea. Ya mandé a buscar a Ludovico.

Se instalaron en una sala contigua que los semitas solían utilizar para jugar al tawle. La zahorí observó los arcanos y comenzó a liberar la historia secuestrada en los socavones de la memoria de Leovino. El amanuense recogía taquigráficamente la información con una pluma de gallo de riña sopada en sangre de toro cerrillano.

«Tu memoria está invadida por infinitas evocaciones de tus ancestros, todas dispersas. Vienen desde la noche de los tiempos, cada una tiene un trozo de historia, vamos a tener que ir liberándolas y juntando las partes. Lo primero que surge es el recuerdo del asentamiento de una aldea a la vera de un rio color león. Sesenta y dos hombres están reunidos. Veo a un cura sosteniendo un aspa de brazos desiguales, la toma por el brazo más largo. Un hijodalgo acorazado con armadura medieval empuña un aspa de acero. La toma al revés de como lo hace el cura a la suya. Ambas son instrumentos de muerte.

Diego de la Vera y Aragón de los Buenos Vientos era un fundador muy chapucero y dejó correr el tiempo sin ejecutar el acto fundacional de la ciudad. Cada vez que el cura le preguntaba cuando iba a realizar la ceremonia, él respondía: “no hagas hoy lo que puedas dejar para mañana”. Y así pasó el tiempo hasta que los pobladores del miserable caserío, armados con palos, dagas y el único arcabuz que poseían, rodearon al hijodalgo gritando: “¡fundación!, ¡fundación! Queremos que ya mismo funde la ciudad y la bautice. Que además se ocupe de traer a nuestras mujeres” -dijo el que llevaba la voz cantante y agregó: Ya construimos las casas, el cabildo, la iglesia y usted no se decide a fundar esta puta ciudad en este lugar de mierda al que nos trajo engañados por el oro y la plata que sólo existen en su cabeza. Para subsistir hemos tenido que deshonrarnos a comer hierbas salvajes, porque ni un mísero indio pudimos conseguir para que se nos encomiende y sea él el que trabaje la tierra en lugar de andar vagando por estas malditas llanuras que le llaman Pampa. O funda la ciudad o será el blanco de las lanzas de los indios.

Ante tamaña amenaza el fundador hizo plantar el rollo de justicia. Caía una fina y helada lluvia. Parado en medio del barro tomó su espada, cortó unas hierbas y, girando sobre sí mismo, comenzó a tirar mandobles a los cuatro vientos hasta que, al querer abrir un tajo en la tierra en señal de posesión, perdió pie, resbaló por la barranca y fue deslizándose hasta la playa del río en donde quedó planchado de espalda, sin poder levantarse. Con mucho esfuerzo lo izaron. El cura le advirtió que había fundado la ciudad, pero no la había nombrado y, sin nombre, era como que no existiera. Y qué nombre se le ocurre a usted, preguntó el fundador, quitándose la armadura para sacarle el barro gredoso y maloliente que se le había pegado. Hoy es el día de la Santísima Trinidad, dijo el cura. Los estropajosos vecinos, empapados y ateridos de frío, dieron media vuelta y regresaron a sus míseras moradas. El fundador levantó su espada y declamó sin que nadie lo escuchara: Yo, Diego de la Vera y Aragón, teniente de Gobernador y Capitán General Justicia y Alguacil Mayor en todas estas provincias, fundo esta ciudad y mando que se intitule de la Santísima Trinidad.

Terminado el discurso una lanza le atravesó el pecho, quedó con la cara hundida en el barro y permaneció en esa posición hasta que los chimangos devoraron sus carnes y los perros cimarrones trituraron los huesos.

Ante tamaño espectáculo, los tripulantes de la expedición, aterrados por el macabro suceso, se apropiaron de las naves y huyeron al Guayrá, dejando a los vecinos librados a su suerte. El cura prosiguió con la tarea de la fundación redactando las actas y formalizando la creación del Cabildo. Designó a los alcaldes. Repartió las tierras reservándose para él y la Iglesia los mejores terrenos de la ciudad y el Yermo.

Esta es la historia de la fundación de la ciudad de la Santísima Trinidad a la vera de un río color león. Por hoy, es todo lo que puedo leer», dijo Nazik, guardando el Tarot.

Cuando regresaron a la superficie las calles hervían de gente comprando comida, bebidas, ropa, calzado, juguetes, ajena al laberinto e historias que fluían bajo sus pies.