Por el chacho matthews

A Nicolás Cruz y sus trompos mágicos

El niño se acerca con las manitas apretujadas y con picardía trata de esconder lo que trae en el interior del nido que ha formado entrelazando sus deditos. «Mirá abuelo», dice, al tiempo que abre sus manos.

El anciano se coloca los anteojos y observa. «¡Un trompo!» exclama después de que ha mirado el trozo de madera y la púa de acero que, en breve, las manos del nieto transformarán en una nave fantástica. El niño hurga en su mochila y, ante la sorpresa de su abuelo, saca dos trompos más y un pedazo de piola de algodón.

Juntos y cómplices se abocan ahora a la tarea de hacer que los adminículos bailen en forma correcta. Gozan con el giro imperfecto del Cucarro, el cabeceo del Batatón y los saltitos nerviosos del Piojito. El niño ha cargado el combustible de piola enrollada para un viaje alrededor del universo que se oculta entre el limón sutil y el romero del patio. Desde la plataforma de su mano lanza una por una las naves. El Cucarro interpreta la música de mil abejorros que zumban al ritmo de la batucada que ejecuta el perro golpeando la cola contra el piso. El Batatón se tambalea como un borracho, pero mantiene el equilibrio oscilante que imita la danza de la Tierra. A su turno, el Piojito, con piruetas amenazantes saltimbanquea entre los geranios convertidos en espectadores de la danza orbital del trompito.

Al promediar la tarde se produce un grave incidente: al intentar lanzar al Batatón se ha cortado la única piola de la que disponen. Los tromponautas se observan con miradas de ¿y ahora?, la angustia les oprime el pecho. «¡Uy!» se lamenta el niño. «¡Qué macana!» sentencia el anciano. Quedan en silencio. El pequeño se ha sentado a horcajadas en un tronco y sostiene con sus manitas la cabeza y la frustración. El abuelo recuerda una bobina de piola de algodón, para plomada de albañil, que supone guardó hace tiempo en alguna parte de la casa. Su memoria registra la existencia, pero le esconde el lugar donde se encuentra.

Busca, abre cajas, hurga estantes, bucea en bolsas de plásticos y nada. Contrariado se dirige al dormitorio, abre el cajón de la mesa de luz y encuentra la caja de medicamentos, lo cierra con fastidio. Queda pensativo, sube al altillo y revuelve con impaciencia el vetusto armario donde se olvidan las cosas en desuso. «Un día de estos tengo que ordenar este desbarajuste», se reprocha en voz baja. Abre una caja, escarba, tantea, llega al fondo, palpa. Sus dedos perciben una forma y textura que le son familiares, entonces grita: «¡Nico, la encontré!».

 Toma el objeto, sale al patio y le muestra al niño la bobina de piola para plomada que a partir de ahora cambiará de cometido. De acá en más, servirá para impulsar a las naves. Entusiasmados, entre los dos cortan tres trozos con el largo adecuado al tamaño de cada trompo. El nieto se regocija pensando que allí hay piola para rato, a la vez que le indica al abuelo que, en una de las puntas, la piola debe llevar una tapita de gaseosa con un nudito para que no se escape de la mano. Marchan a la cocina y recuperan tres tapas de botellas vacías, cada una con su color. «Esta vez tendrá que esperar el Garrahan» piensa el abuelo, al tiempo que va en busca de la pinza y algún elemento para agujerear. En la hornalla de la cocina calienta la punta del alambre y perfora las tapas. El vaho de la operación ha invadido toda la casa. Los ojos del niño absorben la escena como una esponja y el olor de la operación lo va integrando a ese espacio mágico en donde, sin saberlo, va atesorando sus recuerdos.

«¡Papá, hay olor a plástico quemado!» grita, alarmada, la madre del niño.

«Estoy quemando la frustración», contesta orgulloso el anciano en tanto enfría las tapitas bajo el chorro de agua, enhebra las piolas en los agujeritos y las remata con un nudo ciego doble. «Esto es una innovación tecnológica», comenta en voz baja. «En mis tiempos le hacíamos un lazo».

Los dos tromponautas regresan al patio con la avería reparada. A Nico se le dibuja una expresión de alegría y gozo en la cara. El abuelo camina con decisión de proseguir con el mandato lúdico.

El Cucarro, el Batatón y el Piojito bailan por entre las plantas mientras dos niños siguen atentos y serios las trayectorias azarosas y bamboleantes de las naves. A los dos les chorrea deleite de los ojos. Una vez más, unos pocos trozos de elementos simples, han podido reiterar en el juego el milagro de la vida.