Por María Fernández de Ullivarri

 María, la autora, nació en Jujuy, estudió en Tucumán y se doctoró en historia en la UBA. Es tan investigadora del CONICET como árbitro de la FEDERACION ARGENTINA DE BOXEO: «De los de pantalón negro, camisa blanca y moñito», al decir de su tía María Inés. Nació el 28 de agosto del 76 y por lo tanto es dragón en el horóscopo chino. De un humor muy sutil, María tiene un gran compromiso militante con la causa nacional y popular y es dueña de una exquisita pluma. En varias entregas nos contará sus aventuras en Irán y nos hará viajar con ella con sus imágenes tan bellamente descriptivas. Disfrutemos de ella y de su viaje.

Capítulo 1

23 de marzo de 2013

Recuerdo exactamente el momento en el que llamé por teléfono a la aerolínea y reservé mi pasaje. Antes había lidiado con la bizarra amabilidad de los funcionarios de la embajada de la República Islámica de Irán. Sus generosos “Su servidor”, “llame cuando quiere”, “faltaba más, señora” contrastaban, no sin generar incomodidades, con sus vivos intentos por hacerme desistir de viajar. “A qué va a ir”, me decía el señor iraní, con el detalle infaltable de la sonrisa, mientras me pedía los datos. “Allá nadie habla inglés”.

La visa en la embajada forma parte del último tramo requerido por las autoridades iraníes para poder entrar a su país como turista. Previo a ello se debe conseguir un permiso en la cancillería persa que, no sin una erogación importante, te pone en una intensa situación de espera que no es trágica, pero si geopolíticamente fastidiosa. Después del peregrinaje, y sin abrirme siquiera la reja de la casona sobre Figueroa Alcorta que sirve de embajada, el señor González me entrega mi pasaporte. Lo miro, me mira y le digo “y ahora qué”, esperando su complicidad. Me pasa dos DVDs  por entre las rejas, me dice sin mucho entusiasmo “sea formal” y se despide para meterse rápido en la embajada. Y Ahí quedamos, yo, mi visa, la formalidad  y un poco todo lo demás.

Salí de Buenos Aires con muchos nervios, movilizada, aturdida, sin saber muy bien a dónde iba, o mejor dicho a qué carajo iba. Guille me despidió en la puerta de su casa y yo lo abracé fuerte. Intuyo que esperaba que no me deje ir, pero no fue así.

Después de 14 horas de vuelo, ocho horas de escala y casi 23 horas sin fumar llegué a Ámsterdam. Pensé en dejar de fumar, como esas ideas brillantes que a veces no entienden de timing y momentos. Estaba tan agobiada y asustada que decidí meterme de cabeza al tugurio fumador. Quería quedarme un rato ahí y también quería llorar. Lagrimitas de maricona sobredimensionadora, eso eran, pero estaban. No sé por qué extraña razón, o quizás si lo sé, yo estaba tan sensible. Demasiado para lo que venía, pensé. No sobreviviré así, también pensé. Qué haré en Irán, si, también pensé. Pero Holanda es Holanda (tautología, sí, pero se lee entre líneas, todos mis viajes empiezan allí, desde mis 16 años) y tengo que llorar cuando estoy ahí.

Me tranquilicé, pucho, café y empecé a caminar por Schiphol hasta el temido momento de embarcar. En la fila del avión todos eran iraníes, exiliados la mayoría. Ahí con mi voluntad me sentí muy extranjera, absolutamente intrusa, pero puse mi mejor cara. En definitiva ya estaba en la línea rumbo a Teherán, rodeada de iraníes de los más diversos tipos, desde fisicoculturistas hasta ancianos con parafernalia musulmana y mujeres con tacos de 15 cm.

No voy a negar que subí al avión con algo de temor, pero una vez adentro ya todos éramos iguales. Me acomodé en el asiento y pispié un poco alrededor. Casi no hay dudas sobre la nacionalidad de los pasajeros. La cara de los iraníes es muy particular.

Apenas me estaba tranquilizando y desistiendo de la idea de bajarme del avión, cuando sube una mujer joven que, a una fila de distancia, empieza a llorar con desesperación. Lloraba con tanto dolor que supuse que había muerto alguien. Si, bueno, como todos, fantaseo con la vida ajena. Se abrazaba con una señora rubia que la miraba con compasión. Pensé que la consolaba. La gente no disimulaba ni un poco, todos miraban directamente la situación. Me inquietó, pero la mujer parecía querer que eso sucediera. Empezó a llorar más fuerte y más fuerte y cuando no le alcanzó, empezó a gritar. En ese momento llegó un policía, la agarró de un brazo y la intentó arrastrar. La mujer empezó a gritar con desasosiego, gritaba y lloraba desesperada. El señor la empujaba hacia atrás y la blonda dutch style colaboraba, pero la mujer se agarraba de los asientos y gritaba. No nos sacaba la mirada de encima, nos hablaba a todos los presentes, clavaba sus ojitos persas en nosotros y pedía auxilio, eso es casi universal, aunque mi farsi sea nulo, pude darme cuenta. (suspicacia) Finalmente, el sujeto policial la agarró de los dos brazos y se la llevó atrás. La chica no paró de gritar un segundo.

Quedé medio perturbada por la situación, no podría negarlo. Si ya cargaba con mis propios miedos, esto no me aportaba en lo más mínimo. Le pregunté a mi vecino de asiento, un iraní que vive en “Michigan”, así pronunciado con acento yanqui, y me dijo que la estaban deportando. Que pedía ayuda para que no se la lleven de vuelta a Irán. En ese instante una sensación de angustia, de esas que te suben por las piernas hasta la panza, me atravesó. Como para contribuir el yanqui/iraní agregó “No hay que meterse, algo habrá hecho. Pero es triste que todas esas otras personas quieran ayudarla sin saber si es culpable”. Chan! Me quedé pasmada, pero su horrenda actitud, por lo menos, tranquilizó mi angustia. Yo también me volví horrenda.

En eso estábamos cuando escucho en perfecto español “Hay que tener mucha paciencia para viajar con iraníes, siempre es lo mismo”. Una española sin glam hacía apreciaciones de ese tipo a otro sujeto que la acompañaba. Y entonces me dije “estoy a tiempo de bajarme del avión, me quedo en Holanda, cristiana, occidental, predecible. Pero ya estaba yo ahí, con el cinturón puesto, mis prejuicios a flor de piel y una angustia que me atravesaba el alma. Me negué a bajarme, pero lo pensé, lo pensé varias veces, no voy a negarlo

Son cinco horas de vuelo, la chica grita cada tanto, yo miro la pantalla del avión siguiendo su recorrido. En un momento veo que estamos sobre el Mar Negro, de lejos se ve Odessa. Me emociono. Qué hago yo acá. Sigo mirando esa pantalla. Pasamos por Armenia, pasamos por lugares que desconocía. Yo sigo mirando sorprendida.

No sé cómo será mi andar femenino en un país musulmán, pero vamos a intentarlo.

El piloto se confunde con la hora y avisa de sopetón que ya estamos bajando. Faltaba una hora según sus primeros cálculos, pero el avión gira y veo las luces de Teherán. Miles de miles. Y entonces si que no puedo contener las lágrimas. No sé si por las 20 mil horas de viaje o por esa sensación tan primitiva de bienestar que te da llegar a un lugar. Lloro mucho, no puedo evitarlo. Lloro hasta el borde del ridículo.