Por María Fernández de Ullivarri

Seguimos con la apasionante sucesión de imágenes de María en Irán. Leyendo sus crónicas es muy fácil encontrar su alma entreverada en sus anécdotas. Historias como las que ella cuenta, prestigian nuestra publicación. Seguro que ella está disfrutando con nosotros y celebrando que La BARRACA las inmortalice.

En esta oportunidad va la sexta y penúltima parte,

 

4. 04 de abril de 2013

Aprovechando mi renovada soledad, empiezo a escribir la cuarta parte de mis crónicas desde un hotel en Shiraz, donde casi cualquier cosa es una habitación.

Después de haber pasado siete días con nueve personas, necesitaba un lugar donde estar tranquila y tener un baño para mí solita. Tuve que enfrentarme ferozmente con un alemán por este cuarto de dos por dos (literalmente) con baño incluido en esos dos por dos, pero baño al fin. Igual, por 17 dólares la noche no puedo pedir más, ¿No?

Finalmente abandoné la casa de Gran Hermano en el Mar Caspio. Lo hice con más tristeza que certeza, pero bueno, era hora de seguir viaje. Volví a Teherán donde todos me ofrecieron alojamiento. Me conmovió toda la situación. Davoud y Roshia me sacaron el pasaje en avión a Shiraz, Iran Air, (valiente yo.) Nima y Avishan que viven en las afueras, me invitaron a su casa con montañas y naturaleza, Malu y Tumaj me ofrecen su palacete, Arash súper cool y moderno me promete las mejores salidas, restaurantes vegetarianos y un departamento para mí sola en zona glam, y Mohammad, tan loser que conmueve, me ofrece su casa en Teherán, presentarme a su mamá y llevarme a ver el helado más grande del mundo. Elegí, claro, quedarme con mi “marido” iraní, Mohammad el vegano, porque la oferta era más bizarra y tentadora. No pude resistirme. Me quedé a dormir ahí y efectivamente me presentó a su mamá. Lo del helado, bueno, llegamos tarde.

La situación, no voy a negarlo, era un tanto incómoda, pero a esta altura ya las incomodidades me tienen sin cuidado. Quizás un hotel me hubiera sentado mejor, pero adoro charlar con iraníes y aprendo en esos espacios más de mí que de ellos.

Pero lo cierto es que los iraníes varones no pueden llevar mujeres a sus casas (ni hablar que mujeres lleven varones), pero como yo soy una extranjera y esa señora (su mamá) no cree en Alá ni en nada, no le importó mucho. Me esperó con un plato gigante de frutas, pistachos y masitas iraníes y más de dos litros de chai. Yo, sonrisa odol a pesar de los nervios iniciales.

Me preguntó por mi vida, le conté que había hecho un doctorado, que era investigadora y que era una persona seria. Seria como soy, claro. Creo que eso le simpatizó y entonces la charla derivó en temas más profundos. Al final me dijo “You are a brave woman, I can tell”. La adoré en ese mismo instante. Una señora muy top y muy chic con sus brillos y sus sombreros maravillosos. Me contó que vivió en Londres cuando terminó la universidad, fue a estudiar inglés, pero prefirió dedicarse a las fiestas (dixit). Después vivió cinco años en Japón, varios años en Estados Unidos y volvió a Teherán. Creo que ella es más valiente que yo, pero la conversación va por diferentes canales. Ella estaba angustiada porque Mohammad abandonó su trabajo de bussiness man en EEUU para volver a Irán con una mano atrás y otra adelante, con lo puesto, me comenta más y más sobre Estados Unidos. Yo impávida, ni una palabra, no iba a meterme en puterío familiar.

Mohammad con diarrea vuelve a la vida y se pone a discutir con ella por un canal de televisión. La señora mira con fidelidad absoluta un canal en farsi que transmite desde Inglaterra, donde las mujeres están sin hejab y muestran cuerpos desnudos, programas americanos y ridiculizan al gobierno. Yo miro esas mujeres con sus pelos al viento e inocentemente pregunto por qué no usan ropas islámicas. Mohammad empieza a despotricar contra todos. Este canal se burla de nuestro presidente, me dice. Será lo que sea, pero es nuestro presidente. Este canal que les gusta a todos no respeta la cultura islámica. Y me lo dice con un convencimiento que refuta su continua e irónica burla al islam y las reglas de la república islámica. Lo miro como asustada, era ateo hasta hace dos minutos. Me guiña los dos ojos porque creo que no puede con uno solo y me sonríe. Tengo la sensación de que en algún punto a él le gusta el gobierno, aunque lo niega, y aunque pase todo el día parodiando a Jamenei imitando su voz y su forma de hablar. “I’ve told you so many times that god is free of sin” dice, imitando la omnipresente voz del Ayatolla, “Be kind to each other”,”I’ve told you so many times, the Zionists and the Great Satan (EEUU) will soon be defeated.”

Interesante debate sobre diversas cuestiones del país. Sin embargo, apenas su madre se fue, apagó la tele afirmando que no podía soportar ese canal. Yo me reí. “I’ve told you so many times”, me dijo. El Ayatola está en todas partes.

Me dormí por fin en paz, sábanas limpias y la certeza de estar todavía en territorio seguro. Apenas me levanté la señora me sirvió más chai, me preparó un desayuno espectacular y, mientras Mohammad se bañaba, le pregunto por su vida de mujer en este país antes y después de la revolución. Me mira con cierta resignación y me dice “El hejab, taparme la cabeza, bah, ese es el último de mis problemas en este país. No es algo que me preocupe, hay cosas mucho más graves y más complejas. Hay que vivir como se pueda.”  En ese momento deja de mirarme, mira la taza de chai y se pierde por la ventana. Yo me emociono otra vez. No sé si abrazarla o largarme a llorar. Silencio eterno entre la señora y yo. Por suerte aparece Mohammad explicando sus problemas de malestar estomacal y rompe ese momento antes de que se me caiga la primera lágrima.

Al final Mohammad cumple su promesa a medias, el helado se suspendió, pero vamos de shopping. Yo intento parecer iraní para dejar de ser acosada ridículamente y él me asesora. Un hombre me tocó el pie con su pie, eso ya es una agresión terrible, otro me mira con cada de baboso y otro me sigue. Ya estoy harta. En fin, eso a una mujer iraní no le pasa. Los matan, son de armas tomar esas señoras. A mí, que tengo naturalizado que alguien me roce, ni me mueve un pelo, pero voy aprendiendo. “Tocarse no es “halal””.

Finalmente me tomo el avión a Shiraz y en el aeropuerto Mohammad me dice “you take care” y yo que, ya ven, soy de lágrima fácil, estoy a punto de romper mi récord de llanto pero me lo aguanto como valiente. Me acompaña a la “entrada para mujeres” y me despido sin tocarlo. La gente, bueno, ya saben, no se toca.

Yo estaba ya sola de nuevo en Irán, sola y triste. Las señoras con chador del control de rayos x me revisan a más no poder. Me grita una, no sé qué me dice, me interroga, me doy cuenta, pero no habla inglés. Una amable señora me traduce, le explico, le explica y logro pasar.

Iran Air, por las sanciones, no puede comprar ni repuestos ni aviones, así que estamos a merced de Alá. Igual, no tuve miedo, qué más da, un viejo fokker del año cero vuela igual que un moderno Airbus. Adoré volar con ellos, la comida rica, el viaje perfecto y el inglés de los pilotos y la tripulación era impecable. Se entendía perfecto, no como cuando hablan en Argentina que, en rigor de verdad, no se entiende un carajo.

En Shiraz, un día después, me muero de la angustia, feriado total, día 13 de Nowruz, todo cerrado, absolutamente cerrado. Los iraníes salen de picnic, todos, todos, todas. Hacen picnics en los lugares más horribles, al costado de la ruta, en un boulevard en medio de una avenida, en una vereda, en cualquier lado miles de persas tiran sus alfombras, sus mantas, sus cosos de picnic.

Pero Shiraz tiene esa cosa tan maravillosa que te da la antigüedad, algunas de sus mezquitas son del siglo IX, en el medio de la ciudad hay una ciudadela medieval con jardines, torres y canales. A 50 km queda Persépolis, las ruinas de la capital persa del, más o menos, 300 y pico AC. La ciudad no es muy bonita, aunque todos me dijeron que lo sería. Sin embargo, sus barrios más antiguos son medievales, callejones angostos que llevan de un lugar a otro. Da la sensación de estar caminando en el tiempo. Los árboles de naranja perfuman las calles y todo lo demás, bueno, es un poco decadente. Acá están las tumbas de los poetas Hafez y Saai que son el orgullo de Irán, también tiene hermosos jardines y muchos, pero muchos pobres.

Recorriendo Persépolis, de todas formas, me sentí una traidora al género historiográfico. Mi único real deseo era irme a la mierda de ahí. Las ruinas son maravillosas y las tumbas de Darío, Xerxes y los demás, también. Pero hacía tanto calor y había tanta, pero tanta gente, que en un momento temí por la vida de esos iraníes de vacaciones. Los mataría a todos, no quedaba otra.

De vuelta a la civilización recorro el bazaar, me sigue otro sujeto. Me estoy hartando de verdad, pero de verdad. No logro comprar nada, el farsi y yo y los precios exagerados para turistas me ponen nerviosa. Ayer tuve la suerte de que un amigo de Puyan, uno de los chicos de Rasht, me acompañara a todas partes, me mostró miles de lugares (todos cerrados), pero él podía regatear y obtener precios bondadosos para mí. Por suerte, mañana vuelve a buscarme para dar una vuelta antes de mi partida a Esfahan que, por el Año Nuevo del orto que ya lleva 15 días, va a ser vía avión. Es ridículo, porque es tan cerca, pero no conseguí pasajes. Igual el vuelo me sale 30 dólares. Nada. Si no disfruto la vida hoy, no sé cuándo va a ser.

En Shiraz mi único contacto local es Human, el amigo de Puyan que no es tan político como los demás, ni tuvo una vida tan agitada, pero que me cuenta los disgustos del amor y el matrimonio en una sociedad como la iraní. Con algo de prejuicio me dice que una mujer, cuando descubre el sexo, seguro se va con otro. El sexo no es gran cosa y cuando ella lo sabe, por qué va a quedar se con vos, me explica. Yo le digo que puede casarse con una divorciada, que de última ya probó por ahí. No me contesta. Creo que es más conservador de lo que aparenta. Todos queremos una chica buena, si es posible virgen, dice. Me río y le parece bien. Me confiesa que muchos iraníes van a la universidad solo para conocer mujeres, no para estudiar, porque los separan desde chiquitos en escuelas diferentes. Agrega, además, que ahora están pensando separarlos también en la universidad. Qué obsesión tienen estos ayatolas con el sexo, por Alá. En fin, de ahí la conversación deriva a su sensación generacional de angustia. Nosotros somos una generación destruida, me relata. Nacimos con la revolución, crecimos con la guerra, después de eso no había nada para comer, no había nada, absolutamente nada. Pasamos hambre y necesidades. ¿Después qué? El servicio militar y ahora esta situación económica donde hay más de un 25% de desempleo, una inflación que nos mata y este gobierno que nos aplasta. Los de mi generación no tenemos ni fe ni esperanza. Los chicos de ahora, por lo menos, crecen sin preocupaciones, sin bombas, sin silencios en los refugios, solo quieren tener sexo. Nosotros la pasamos muy mal. Y otra vez, como frente a cada iraní que me relata sus más profundas vivencias, me quedo en silencio. Qué decir, de qué quejarse, cómo no llorar.

Tips y anexos

Cómo preparar chai estilo iraní (recopilación propia de diversas fuentes)

Se debe una asegurar de que sea chai de irán y no de india o Pakistán (ídem con el arroz). Se hierve el agua en una pava. Una vez que el agua hirvió se pone el chai en una tetera pequeña y se pone un poco del agua hirviendo en esa teterita. Se cierra y se coloca sobre la pava que sigue hirviendo. O sea, se saca la tapa de la pava y se coloca en ese agujero la teterita. Se baja el fuego y se esperan 10 o 15 minutos. Una vez terminado el proceso se sirve en vasos chicos o tazas y se pone en el vaso la mitad de chai de la teterita y la otra mitad solo agua hirviendo de la pava. A gusto del comensal. Se toma con azúcar en cubos. Se ponen el cuadradito en la boca y toman el chai. Algunos previamente sopan el cubito en el chai antes de ponerlo en la boca y sostenerlo con los dientes o lengua. En su defecto tienen una azúcar azafranada que también es deliciosa que se pone en la boca o viene pegada a un palito como un chupetín. Eso se mete en la taza. El chai es con agua hirviendo, lejos de la onda british del agua a 80 grados.

Nuevas comidas: las sopas, increíbles, espesas, deliciosas, que se comen con pan. La mayoría lleva berenjena y espinaca o algo verde. Llevaré recetas para todos y todas. Las tortas de frutas secas o semillas dejan sin palabras a cualquier barrita de cereal felfort y las venden como tortas o por pedazos.

Los bazares y sus especias, muchas, pero muchas flores secas que agregan a la comida. En Shiraz, poblada de árboles de naranja con azahares, le ponen los pétalos al chai. Queda increíblemente perfumado.

Las mezquitas son algo extraordinario. Y aunque una piensa que viendo una ya vio todas, siguen sorprendiéndome sus diseños de pequeños azulejitos turquesas.

Sigue asombrándome la hospitalidad de la gente, casi hasta el agotamiento de mi tolerancia. Pero los y las adoro.

Irán es un paraíso, con gente maravillosa, hospitalaria y cálida. Estoy fascinada, aunque a veces me siento a fumar un cigarrillo y me pregunto ¿Qué mierda hago acá?, no crean que no lo hago.