Por María Fernández de Ullivarri

Seguimos con la apasionante sucesión de imágenes de María en Irán. Leyendo sus crónicas es muy fácil encontrar su alma entreverada en sus anécdotas. Historias como las que ella cuenta, prestigian nuestra publicación. Seguro que ella está disfrutando con nosotros y celebrando que La BARRACA las inmortalice.

En esta oportunidad va la sexta y última parte.

  1. 09 de abril de 2013

Viajar sola es una aventura siempre. Viajando sola y siendo mujer las puertas se me han abierto de maneras diversas donde fuera que vaya. Hay algo en el sentido común universal que acerca a las personas a las viajeras solitarias, ya sea por curiosidad, solidaridad o por considerar que existe en las mujeres solas un perpetuo estado de vulnerabilidad. Cada quien tiene sus razones y yo no intento discutirlas e, incluso a veces, ni siquiera pregunto.

Sin embargo, viajar sola también tiene sus dificultades. A veces, solo a veces, tengo miedo de meterme por algún callejón, en alguna calle o de aceptar alguna ayuda. Sé que quizás me esté perdiendo de algo, pero si tengo miedo, prefiero no arriesgar. El miedo es absurdo a veces, pero es la señal de alarma más primaria. Sola, en el culo del mundo, es mejor respetar mis deseos, mis fantasías y mis intuiciones.

Es verdad, dejé de ver algunas cosas por esa sensación extraña, como cuando pasé por la Mezquita Hakim, en Esfahan, construida en el año 800, toda de barro, con una decoración muy particular. Hermosa, pero la entrada estaba cerrada y me obligaba a franquearla por el costado. Un callejón solitario y sin casas. No me animé, me la perdí, pero a veces esas decisiones me dejan más tranquila. Lo pensé, arriesgué hipótesis de probable cobardía, de absurdas fantasías, de imposibilidades remotas, pero a la larga no creo que disfrutar algo tenga que ser a costa de mi sistema de alertas. Está claro que está bastante más alto de lo normal, pero prefiero pasar y seguir camino.

No obstante, y volviendo al punto inicial, frente a estas pequeñas dificultades y algún que otro problema con los hombres iraníes con los que ya he aprendido a lidiar, las ventajas son infinitas. Y no sé si soy yo o es el mundo, pero creo que además de ser mujer sola y “vulnerable”, soy medio extraña y particular, porque la gente me sorprende día a día con sus gestos de cariño, respeto y amabilidad. Tengo un encanto particular, sabrán perdonar mi escasa modestia.

En fin, el viaje sigue su curso a pesar de estas desviaciones teóricas. El jueves a la noche salí de Shiraz después de haber almorzado con la familia de Humaan. Su mamá, una mujer espléndida, me preparó una especialidad vegetariana con lentejas y una tonelada de mast-o-jiar, el pepino con yogurt que es mi absoluta debilidad. Comimos en el piso, como hacen los iraníes, pero era mi primera vez. Ponen un mantel sobre la alfombra y la comida se despliega por ahí. Su papá trajo después el chai y todas, pero todas, las delicatesen que se pueden imaginar. Una atrás de otra me forzaba a probarlas. Y yo estaba en la delgada línea que divide la amabilidad, la curiosidad y la incapacidad humana de digerir algo más. No puedo más, pero sigo comiendo y probando, desde tartas mantecosas hasta semillas de marihuana. Voy a explotar y como una contribución en ese sentido Humaan se encargó de recordarme que Iran Air, aerolínea de la República Islámica de Irán está en serios problemas por las sanciones. Alá, otra vez, en vos confío. A ese comentario burlón se le sumaron, evidentemente, algunas cosas. Tenía algo de miedo, pero más concretamente sentía un malestar que venía acumulando tiempo atrás.

Antes de partir había decidido visitar la Mezquita de Jamed-ye Atigh y el mausoleo de Shah-e Cheragh, donde está la tumba de uno de los hermanos del Imán Reza (uno de los doce Imanes del islam chií). Y nótese que la familia islámica es un business importante. Ser familiar de Mahoma o de algún Imán, garantiza peregrinación, plata y respeto y ser un mulá, sheij o tener cualquier tipo de vínculo estrecho con el islam también garantiza prosperidad. Ya todos y todas saben dónde está el negocio.

Volviendo al tema, yo ya había ido tres veces a esa mezquita y templo, pero era chador only y no entendía muy bien dónde se conseguía uno. Por lo general te lo dan en la puerta, pero acá no era así y nadie hablaba otro idioma más que farsi. Y verán, después de intentar varias veces sin éxito; pasarme interminables minutos observando el movimiento de la gente y no entender, seguir la trayectoria de las mujeres para ver de dónde sacaban uno o intentar preguntar y no ser entendida me sentí una terrible pelotuda. Esas situaciones me transportan directamente a una coordenada temporo-espacial donde sentirme muy boluda es mi única respuesta. Y podría afirmar, sin temor a equivocarme, que en este país esa sensación es casi diaria en mí. No entender, por más de que ponga un esfuerzo sobrehumano, va carcomiendo mi autoestima.

Al final tuve que recurrir a Humaan para que me ayude a conseguir el chador. Lo llamé casi catárticamente, como lo había hecho el primer día cuando me rescató del barrio afgano donde me perdí. Pasale el teléfono a alguien, me decía, y yo iba caminando como loca a ver si alguien agarraba. Pero cómo aproximarse a una persona y ponerle violentamente el teléfono en la oreja sin explicarle siquiera algo. Hacelo, me dijo, y yo que soy medio pelotuda estaba entre gritar de ira o entregarme a las instrucciones. Encaraba señoras como imbécil, porque a un hombre no me daba, pero resulta que eran todas afganas y su farsi era otro, y Humaan no entendía, y yo menos. Finalmente, un señor amablemente se ofreció a ayudarme y le explicó a Humaan dónde mierda estaba yo. Nadie entiende, pero todos nos entendemos al final.

Vuelvo al chador affair, que no era tan fácil. Bue’, Humaan me ofreció el de su madre, pero también me consiguió el de la mezquita y entró conmigo, como para darme impulso. Yo entré por la entrada de mujeres y apenas entré me encaró ferozmente una señora amarga, no sé bien qué me dijo, pero estaba absolutamente ofendida porque mi pelo estaba afuera. Eso sí pude entender. Me trató bastante mal, a los gritos, maldita fanática. Ok, no la escuches me dice Humaan que apareció para rescatarme, again. Respiro hondo y pido paciencia. Intento igual acomodarme el chador, el hejab y el pelo, pero es difícil, muy difícil andar por ahí con una sábana tipo Batman, bajo una intensa lluvia y en medio de gente enceguecida por la fe. No hago ni 30 metros que otra vez sopa, me agarran dos guardias para decirme exactamente lo mismo. Yo repito que no hablo farsi en mi nulo farsi y entonces me sonríen y me hacen un gesto con la mano como diciendo que no me preocupe. Bue’, eso hizo mi día, un poco de comprensión humana. Pero estaba claro que sin un abrazo no remontaría con dignidad el resto de la jornada y, de verdad, conseguir un abrazo en este país es casi imposible, ya saben, no se tocan.

Intento respirar y disfrutar el lugar porque había hecho enormes esfuerzos por lograr entrar. Por respeto pruebo otra vez y por vez número mil meter todo mi flequillo atrás del hejab y abajo del chador. Imposible, o se me sale uno o se me escapa el otro. Decido por mi salud mental finalmente huir de ahí. Es un lugar tan sagrado para ellos que asfixia un poco. Son tan profundamente devotos que a veces da miedo. Está claro para mí en ese momento que hay espacios de comodidad y otros que no lo son. A veces salirme del recorrido típicamente turístico me enfrenta con una abismal diferencia cultural que no siempre puedo manejar con dignidad.

Voy con la madre de Humaan hasta la puerta de un velorio, como para chusmear, porque yo ya me meto en cualquier lado. Pero la tengo que abandonar para partir al hotel. Ya en el avión me empiezo a angustiar, ganas terribles de llorar por nada, solo llorar por llorar. No es fácil, no voy a mentir, pero la llevo bastante bien. Ese fue mi primer momento de real angustia personal desde que llegué a Irán. Todo el efímero vuelo fue así, lágrima en la punta del ojo, revuelo estomacal y necesidad de descargar de alguna forma la tensión acumulada.

El avión aterriza en Esfahan y prometo no llorar, me lo prometo mil veces. Pero cuando llego al hotel descubro que me había olvidado un pantalón en Shiraz. Esa tremenda boludez termina de quebrarme y rompo en un llanto tan profundo que el recepcionista/dueño del hotel Don Kousha, otro señor mayor con cara de bueno y un sueco, me miran desconcertados. Le cuento al señor Kousha que mis pantalones quedaron allá, que los necesito, que es difícil, que nadie habla inglés, que me persiguen hombres, que me retan señoras, que es difícil, que no me puedo comunicar, que es difícil, que es difícil. El señor mayor me trae un chai y unas flores para que huela. Intento sonreír, pero sigo llorando. Me río y lloro al mismo tiempo. Me regalan chocolates, me traen más té, me dicen Maradona. Yo sigo llorando y riéndome. A esa altura ya era un papelón, pero Kousha agarra el teléfono y llama al hotel de Shiraz, a los cinco minutos me afirma que al sábado mis pantalones estarán ahí y me dice “go rest Maria, go rest.”

Una mujer llorando desconsolada frente a tres hombres, aunque sea por la tontera más grande, es una situación muy perturbadora. Pero, por otro lado, esa muestra de vulnerabilidad tan primitiva acerca a la gente de una manera más sincera y honesta. El sueco me preguntó mil veces cómo estaba, el señor mayor, siempre sonriente, me trajo mil chais y Kousha consiguió mis pantalones, me los trajo un taxista de Shiraz que se acordaba de mí y que me dejó saludos. Me lo trajo sin cobrarme, me emocioné otra vez. Ofrecí pagarle a todos, pero nadie quiso aceptar mi plata. Entonces me di cuenta que a veces, en esos momentos difíciles, siempre hay alguien que te da una mano y lo hace sin esperar nada a cambio. Yo les compré un regalo y me fui de Esfahan con esta gente en el corazón.

Esfahan es distinto de Shiraz. Esfahan es una ciudad hermosa, patrimonio cultural, con las mezquitas más bellas que vi, pero absolutamente dedicada al turismo y mil veces más conservadora y religiosa. Bue’, si, era un poco falso todo en realidad, pero tanta mezquita junta es el orgullo de Irán. Arash me dice, el gobierno sostiene Esfahan porque quieren que veas que eso es Irán, no Persépolis, no los Zoroastrianos, no nada que no sea mezquitas. Yo ya me había jurado no pagar más por entrar a una mezquita, no quiero darles más plata a estos fanáticos, pero no pude resistirme.  Entré a todas, pero también me perdí por las calles más feas, fui al mercado de aves (mencioné que los persas son fanáticos de las aves, las encierran en mínimas jaulas para escucharlas cantar, horrible) Atravesé los bazares más populares y los más turísticos. Todos dominados por hombres que copan las plazas públicas amontonándose para hablar de no sé qué, mientras las mujeres compran o rezan por ahí. Recorrí Esfahan de lo lindo a lo feo, todo completito. Y en ese recorrido descubrí que todavía hay algo en mí que no puedo controlar y es esa necesidad de hacer la contra como sea, cuando sea a quien sea, tengo un grave problema con la autoridad que arrastro donde quiera que vaya. Y para mi sorpresa me di cuenta que no me amedrentan estos países policíacos. Y bueno, yo tenía mil opciones para sentarme a fumar un cigarrillo en el parque, frente al puente maravilloso de los 33 arcos. Pero no, no pude con mi genio y sin querer, pero creo que más queriendo, me senté frente a la casillita de la policía “moral”. Ahí me prendí un pucho y no pasaron ni dos minutos que se me presenta una murciélago con chador y una enorme placa policial en el pecho. Primero me sonrió, me empezó a hablar suavemente, con sonrisa incluida. Yo nada, impávida, seguía fumando y ella me seguía hablando. Cuando por fin hizo un silencio le dije “Na mifahman. Man farsi balad nistam”. Pero la mina seguía y seguía y me señalaba el cigarrillo. Yo seguía fumando y haciéndome la tonta. Entendí perfectamente, pero puse mi mejor cara. No está prohibido fumar, en absoluto, pero bueno, la mina era una pesada. Al final el policía que la acompañaba le dice algo en farsi donde en el medio entiendo turista y ella le contesta, discuten y me sigue hablando. Era porfiada la mina, por Alá. Al final se va. Yo quedo medio perturbada, debo confesar y pienso en qué horrible trabajo tiene. Me pregunto quién se enrola en este tipo de policía, pero fundamentalmente me pregunto cómo carajo pueden vivir así. Está claro que si yo hubiese sido iraní me metían presa, de eso no tengo dudas. Y en ese tren de cosas, tampoco me quisieron alquilar una bicicleta, men only. Bue’, esta cuestión me está fastidiando.

Construyen mezquitas a lo loco, (están haciendo tres nuevas en Shiraz) y pagan este tipo de policía y toda la demás que tienen. Miles de diferentes tipos de policía, inversión en asuntos religiosos y gente comiendo de la basura y mendigando. No puedo hacerme la boluda respecto a eso, ni puedo tampoco seguir idealizando a este país. Todas las noches el Ayatola en la televisión, los rezos se transmiten para todos, los llamados a rezar se escuchan por los altoparlantes, está prohibido hablar de política, de religión, de cualquier cosa espinosa, so pena de terminar en la cárcel, literalmente. Me genera más dolor que sorpresa. Mi cabeza no logra descifrar, por más que me esfuerzo por entenderlo, cómo esta gente puede vivir así, tan controlada, tan reprimida, tan oprimida. Cuando exploten va a correr mucha sangre, mucha.

De todas formas, este universo nuevo y desconocido me ha enseñado muchas cosas. Cosas sobre el ser humano y cosas sobre mí. He aprendido, de alguna manera, a comunicarme de otra forma, sin entender el idioma a veces la comunicación es más amplia. Puedo leer caras, gestos, movimientos, expresiones. Me tomo más tiempo para mirar situaciones, tratar de descifrar flujos de personas, qué hacen, cómo actúan. Cuando no entiendo algo, me siento, me prendo un pucho y observo con atención. En algún momento, la verdad me es revelada (salvo cuando necesité el chador). Con las manos, la cara, los ojos, la sonrisa, se comunica mucho también. Es tenso, requiere esfuerzo, atención, concentración. Es frustrante a veces, pero no queda otra. Y cuando la comunicación fluye, bueno, es maravillosa. Por ejemplo, el señor del hotel de Esfahan y sus flores. Él me veía llorar, no sabía bien qué hacer. Yo me di cuenta que estaba preocupado por mí cuando me trajo el chai. Pero cuando se apareció con las flores e insistió en que las huela, bueno, qué decir, eso fue maravilloso. No me podía consolar, claro, pero podía hacerme sentir mejor a través de fantásticos olores y perfumes. Comunicarse es, de alguna manera, conectarse con el otro o la otra, es reconocerse mutuamente y no siempre son necesarias las palabras. ¿No?

En fin, ahora y gracias de nuevo a Irán Air, estoy en Teherán, viviendo con teheraníes, pero creo que lo dejaré para mi última entrega, veremos qué nos depara el destino.

Postdatas

-En Esfahan, recomendación del hotel, me fui al hotel Abbasi a comer la mejor sopa (ashe) que comí en mi vida. Vermicelli iraníes (reshteh), aceite de oliva, garbanzos, verduras, cebollas caramelizadas, menta y un yogurt ácido. 

-Comen semillas de marihuana como si fueran de girasol, bue’.

-La gente amable insiste en hacerme probar todos los dulces, las masitas, las delicatesen. Ya no puedo comer más y me traen otra caja. Esto es de Yazd, esto es de Esfahan, esto es del norte, esto es del sur, esto es. Baaaasta, voy a explotar. Favoritos: Gaz (con pistachos) Sohan y, bue’, casi todo.

La música es de otro planeta, sus instrumentos, sus sonidos, todas sus melodías son hipnóticas y desérticas. Los amé.

Los helados, el falude, hecho con fideos de maicena congelados con agua de rosas, jugo de limón y pistachos es de otro mundo. Agua de rosas everywhere.

Once in a lifetime experience, eso, al final de todo, es lo que importa.

  1. 17 de abril de 2013

Último escalón de mi viaje al paraíso. Irán, efectivamente y sin lugar a dudas, es un paraíso, pero claro, sólo para ojos sensibles.

Esta última crónica es, en definitiva, el cierre de una experiencia tan vital como emocional que me puso sin mucho esfuerzo en otro lugar en el mundo.

El relato cronológico empieza en el aeropuerto de Teherán, de vuelta a la hermosa ciudad del caos, capital del eje del mal, cuna de terroristas. Bueno, como Iran Air me trajo a salvo hasta la ciudad, decido sentarme en la puerta, agradecerle a Alá, fumarme un cigarrillo y pensar qué hago ahora.

Pienso seriamente en ir a un hotel, pero igual, y quizás deseando no volver a quedarme sola, antes llamo a Arash y a Mohammad para arreglar algunas salidas. De alguna manera quería volver a esa simplicidad de tener un intérprete de farsi. Mohammad me dice que me tome un taxi hasta su casa, que me espera. Arash me dice lo mismo. Pienso, pienso, mejor me voy a un hotel, no sé, no sé, no sé. Medito, Mohammad llama para preguntarme dónde estoy, si ya estoy cerca. Bue’, finalmente me subo a un taxi y parto a lo de Mohammad que, prolijamente, me había anotado su dirección. Desde ahí pensaría un hotel cercano.

Baja en piyama, me hace reír y siento que otra vez estoy acompañada en el culo del mundo. Arriba estaba su hermano Alireza con su novia Hoda. Alireza se aparece con un fusil y me dice “Welcome to Iran”. Yo quedo algo paralizada en medio de las carcajadas de todos. Después de unos segundos de completo shock, logro descifrar que era de juguete. Debí sospecharlo, pero estoy en Irán, todo puede pasar. Fue recién después de un rato que me empecé a reír sola mientras lo miraba desfilar por la casa con el fusil al hombro. Mohammad y Alireza (qué nombrecitos, eh) me preparan un almuerzo delicioso, arroz con nueces, pasas y hierbas, ensalada y yogurt. Ali y Hoda piden, además, una pizza vegetariana y una Coca Zero. Bue’, creo que ya mencioné que comen como bestias.

Después de comer aparece un amigo que toca instrumentos persas. Un maestro de esos grossos, grossos, grossos, solo para mí. Tocó miles de canciones, pero Mohammad me insistía que con mi voz de extranjera le pida más. Definitivamente me usaban para sacarle el talento a este señor. Sin embargo, su talento no disimula la tristeza que se hace evidente en su cara y en su música. Como cualquier otro iraní arrastra toneladas de pesares. Pero a él no lo agobia el régimen (o también, quizás), él perdió toda, pero toooooda su familia en el terremoto de Bam en 2003, donde murieron 26,271 personas. No le quedó nadie, está solo en este mundo y tal vez por eso su música es tan emotiva y maravillosa.

Yo quedé fascinada, pero mientras intentaba concentrarme, ellos me daban más y más para comer. Me esfuerzo por explicar que estoy por explotar y aparece en escena el señor padre de Mohammad y Alireza, un sujeto de otro planeta, que vive en una comunidad sufí (una especie de secta milenaria). El señor mientras fumaba marihuana y en un inglés perfecto me explicaba que la única forma de estar cerca de dios es realmente no creer en dios.

Tiempo después, ya sin sol, los tres (padre e hijos) deciden llevarme a la montaña para ver Teherán de noche. Un lugar con bares y entretenimiento halal (permitido por el islam) que se llama Bam-e-Tehran o El Techo de Teherán. Me dan una sopa, ashe, porque yo había mencionado que me encantaba, y un chai. Con eso me depositan en un asiento con vista indescriptible. Ahí estaba yo, con tres sujetos especiales, mirando las luces de la ciudad desde la altura, con una sopa humeante y un chai en saquito (un horror para cualquier iraní, pero no para estos personajes)

Intenté luego irme a un hotel, pero no me dejaron. Es muy difícil decirle no a un iraní, podría decir que es casi imposible. Me quedé a dormir en su casa y estaba tan cansada que a esa altura ya no me importaba. Pero justo por ese cansancio, la sensación de dificultad, el no poder decir que no, el constante esfuerzo por entender, por ser simpática y por sobrevivir, necesito llorar un poquito, se me escapan, no sé muy bien por qué, dos o tres lágrimas traidoras. Alireza aparece y me dice “Estás llorando”. Nooooo, le digo, noo. “Not anymore”, me dice. Y me río. Se va y vuelve con un DVD de Maradona. Vamos, miremos esto, te vas a sentir mejor, me dice.

Él no sabía muy bien por qué lloraba, pero creo que pensó que extrañaba mi casa. Yo no podía explicarle, en realidad, que estaba en un profundo trance emocional, casi con mi sensibilidad a flor de piel, experimentando un millón de cosas por segundo, haciendo esfuerzos por sonreír y ser simpática (sabrán que eso no me sale taaan fácil) para sobrevivir en casa ajena. ¿Cómo explicar a alguien algo así? Mejor aceptar ver el video de Maradona, que, al final fue una excelente idea, quizás la mejor de todas. Me fui a dormir con una extraña y orgullosa felicidad. Al día siguiente Ali propone que haga el tour por Teherán, pero le digo que no, que ya había tenido enough tours already. Entonces Mohammad me lleva al ex palacio del Sha, paseamos por los barrios más paquetes de Teherán y terminamos tomando chai en un barcito hermoso arriba de las montañas.

Volviendo a casa preparo todo, Arash me pasará a buscar porque insistió tanto para que me quede en su casa, que terminé aceptando, no podía quedarme más en lo de los locos Adams. Me paseo de marido en marido. Pero Arash es tan abismalmente diferente a Mohammad, que al principio tuve que cambiar el chip. Vive solo en un departamento glamoroso cerca de un parque enorme. Su casa es un muestrario de tecnología y conexiones. Un televisor sobrenaturalmente grande domina su living adornado con muñecos de El Guasón, Superman, Darth Vader y Tin Tin. La PlayStation, las computadoras, la tecnología de punta Mac only terminan de decorar su espacio. Si no fuera porque es sensible como pocos, podría ser un nabo de esos jóvenes ejecutivos de publicidad. Pero como es un tierno, entonces me empiezo a sentir cómoda. Mohammad, por el contrario, está lejos de ser tierno, pero tiene una sensibilidad un tanto más disparatada. Así un día nos pasamos más de una hora tratando de ayudar a un señor que no se podía parar y comimos unos muffins con él. Arash, en cambio, mira con cara de asco a todos los personajes que se acercan a pedirle plata, incluidos los niños. Discuto, se enoja y entonces me llamo a silencio. Arash me lleva a los lugares más glamorosos de la ciudad, los restaurantes caros, los vegetarianos de la urbe, los cafés, los shoppings. Mohammad me propone tirarnos en el pasto a mirar la torre Milad y los lásers que salen de ahí. Con Mohammad me movilizo en taxis compartidos, con Arash en auto puerta a puerta. Mohammad mira las flores, Arash a veces también.

Mohammad no tiene absolutamente nada, dejó todo en Estados Unidos, incluso su plata que no puede sacar en Irán por las sanciones. Arash, en cambio, es un exitoso y talentoso ejecutivo de una empresa de publicidad y marketing. Dos maridos, dos historias completamente diferentes. Con Mohammad me siento más cómoda, pero ya no podía quedarme en su casa, un hotel me estaba vedado y bueno, con Arash la comunicación se va agilizando, me cuenta de su vida, sus historias, sus tristezas. Le pregunto por su papá, porque al pasar comentó que estaba muerto. Empieza a hablar, “Bueno, él estaba en la cárcel”. No me sorprende, para los iraníes estar en la cárcel es algo bastante común, pero sigue. ¿Se enfermó? Pregunto. Hace un silencio y me dice, “No, lo ejecutaron” ……No supe qué decir. Me empecé a reír de los nervios. Momento tenso. “Y nunca nos dieron el cuerpo” agrega. Pido disculpas por mi reacción, pero a él tampoco le llama la atención. “Trabajaba para el Shá y lo metieron preso varias veces, pero en 1989 no supimos más de él y luego nos enteramos de que lo habían ejecutado. Tratamos de recuperar el cuerpo, pero nos dijeron que no sigamos buscando. Está bien, vamos a una tumba colectiva donde nos dijeron que probablemente esté.” Yo sigo en silencio, cada tanto pido disculpas por no saber qué decir. El sigue hablando y yo ya no entiendo mucho nada. Me contó las cosas más oscuras y más tristes, charlamos horas de horas sobre la nada misma. Yo lo adoré. Mohammad, en cambio, solo quiere que todo le importe un carajo, busca un equilibrio maníaco entre la abstracción del mundo real, sus deseos de muerte y la necesidad de no sentir absolutamente nada, por nadie ni por nada. Pero puedo adivinar que es más bien un discurso defensivo de un sujeto que tomó la decisión de cambiar absolutamente de vida y volver a Irán después de 16 años de vivir afuera. No entiende muy bien los cambios del país y, cada tanto, me ruega que me vista de negro o intenta persuadirme sobre lo inconveniente de mis pantalones coloridos. Está, como un desconocido, adaptándose de nuevo a un país que cambia día a día. Por eso a veces me siento incómoda, abatida, tengo ganas de matarlo, pero al final me vuelve a guiñar sus dos ojos y me muero de ternura.

Pivoteo entre lo de Arash y lo de Mohammad durante la semana. Conozco los mejores restaurantes vegetarianos, paseo por todas partes, me tiro en el pasto a ver el cielo, voy a los cafés de la bohemia, voy camino a otra ciudad, me invitan a una fiesta, fumo la shisha (pipa de agua), miro películas, visito galerías de arte, acompaño a Mohammad a su nuevo trabajo en las afueras y voy a un mercado de pulgas. Vida de turista afortunada.

Finalmente tengo que partir. Salgo con Arash a almorzar, voy a saludar a Davoud y parto a lo de Mohammad. Me quedo toda la tarde haciendo nada, mirando el cielo, el techo, tomando chai. Como despedida me prepara una cena increíble y su papá viene a saludarme. Fuman marihuana mientras yo espero el taxi y cuando me tengo que ir los miro con tristeza. Estaban los porteros del edificio, la seguridad y nosotros. Intuyo que no me iba a poder despedir como un ser humano. Todavía no puedo entender decir chau con la mano, no me sale así, me frustra, pero me contengo, bajo la cabeza, hago una reverencia y agradezco. Pero por suerte, cuando estoy por subir al auto Mohammad me arrastra hasta la esquina donde no hay nadie y me da un abrazo largo y lindo. Yo no me quería soltar, pero tampoco hay que abusar de la tolerancia. Me subo al taxi y parto de ahí llorando. Ya saben, en fin, no me cuesta tanto. Me voy a lo de Arash, Malu y Turaj me esperan con un kilo de los mejores pistachos para mí. Me despido y tomo unos chais con Arash. Llega el taxi, sin testigos por la madrugada lo abrazo y me voy. Qué me podían hacer, ya me estaba yendo, métanme en la cárcel por abrazar que seguro es una causa muy justa.

Mi avión salía a las 5, sin dormir en toda la noche, no sé bien qué emociones encontradas tengo en ese instante. Lo único que puedo descifrar en ese estado de cansancio es que este viaje fue una experiencia personal intensa e inolvidable. Que me descubrí a mí misma en espacios desconocidos, incómodos y perturbadores y que, sin embargo, sobreviví con dignidad y con felicidad a cada uno de ellos. Me sentí cuidada, querida, mimada. Los iraníes son apasionados, cabrones, tiernos, educados, amables, hospitalarios. Son sobrevivientes de una historia compleja de pérdidas y constantes desengaños. Eso los hace especialmente adorables, sensibles, nostálgicos.

Me enamoré de ese país, pienso volver mientras pueda, mientras me dejen, mientras tenga ganas de emocionarme con cada historia de vida, con cada gesto de amabilidad, con su hospitalidad y con sus deseos de alimentarme. Una experiencia nutritiva en todo aspecto. Ahora en Ámsterdam extraño ese caos, ese desorden, esa calidez.