Por el chacho matthews

A nuestros paisanos: los primeros habitantes  de estas tierras, mal llamados indios.

Al mando de ciento cincuenta hidalgos, Diego de Mágarah transita por el Qhapaq Ñan en busca de las tierras de la Nueva Toledo que le fueran otorgadas. Arrogantes y prepotentes los españoles marchan en impetuosas cabalgaduras. Tras de ellos, una fila de yanaconas transporta la pesada carga y su sometimiento. Una ristra de negros engrillados a una cadena cierra el séquito. Se internan en el País de los Diaguitas y llegan al tanpu de Kiri Kiri. Allí descansan y se reabastecen. Reinician la marcha en busca de la Sierra Nevada. Escalan montañas y descienden a los valles. Cruzan salares y desiertos. Transitan por cañadas tenebrosas. Bordeando cursos de agua trepan pendientes. Descienden por estrechos senderos hasta que, al superar un abra, encuentran el porvenir inmediato materializado en una mole blanca que les produce una sensación de gélida orfandad. Cuando el Sol se esconde, descansan. Diego de Mágarah imagina el oro al alcance de su mano, pero le preocupa el hambre y la escasez de agua. La manceba María Patawa duerme acurrucada entre sus brazos. Al amanecer reinician el viaje trepando por helados desfiladeros. Marchan de día y descansan al caer la tarde.

 Al tercer día, el Huayra Yurac los azota soplando con fuerza glacial. Congela caballos, llamas, cristianos, negros, indios y todo aquello que pueda momificarse. El cielo ha ennegrecido. Los primeros en morir son los esclavos convertidos en estatuas de hielo negro, de un hachazo cortan sus cabezas para liberar la cadena del lastre. Indios congelados se llevan con ellos el alimento al fondo del abismo. La ventisca no deja avanzar, tratan de guarecerse en las salientes de la ladera. Los españoles comen caballos. Apenas el jamelgo comienza a flojear se abalanzan sobre él, hunden las espadas y se disputan con ferocidad animal el pedazo de alimento que separa la vida de la muerte. Beben la sangre, devoran el corazón y las entrañas todavía calientes. Negros y yanacones comen restos humanos.

 María Patawa repta con la cara pegada al piso, la nieve le castiga el rostro, la ciega. Intuye que debe estar cerca. Busca la señal que indica la entrada, la tenacidad de su raza la empuja. Sabe que debe encontrar el tanpu sagrado o todos morirán. Sus manos tantean el hielo que cubre la pared del desfiladero. De pronto, toca una extraña saliente. Con su tumi pica el hielo y descubre la marca que indica la entrada. Toma la espada del manchego. Con desesperación abre un agujero y descubre el interior de un domo gigante. Corre a buscar a su hombre. Lo ve acurrucado en posición fetal, lo arrastra hasta el interior del recinto.

«¡Don Diego despierte, despierte!», clama. 

Le saca la armadura y lo abriga con su puyo. A los costados de la enorme sala encuentra fardos de tolas. De la chuspa extrae un yesquero con el que enciende un fuego. Sacude al manchego, lo besa, lo abraza tratando de transmitirle su calor y grita: ¡Despierte, don Diego! ¡Despierte, no sea malito!

En medio de la cueva se alzan trojes de gran porte. María se acerca y observa puyos de lana de llama acomodados en anaqueles de cardón, petacas de caña conteniendo frutas secas y bolsas con charqui de llama y cuises. En el interior de unas pirwas encuentra maíz, quinua, amaranto, chuño y algarroba. También odres de piel de guanacos con un destilado de chicha. Unas tinajas contienen arrope de tuna y chañar. De una grieta del domo, un agua mansa gotea en una fuente socavada en la roca que deja fluir el sobrante hacia las profundidades de la montaña.

 Lentamente, Diego de Mágarah reacciona en los brazos de María. Abre los ojos y pregunta:

– ¿Dónde estoy?

– En un tanpu sagrado, don Diego.

La nativa le da pequeñas porciones de arrope que el español traga con dificultad, le pone en su boca trocitos de charqui y algunas frutas secas. Los colores regresan a sus mejillas. Recobrado, el castellano bebe un trago del destilado de chicha. Se pone de pie. Recorre el lugar con su mirada y exclama:

-Acá entra un ejército.

-Sí, don Diego, para eso lo hicieron las wakas cuando construyeron el Qhapac Ñan, dice María.

-Tiene como cien varas castellanas, evalúa el español observando los detalles del misterioso lugar. No se explica cómo se pudo montar semejante bodega en los intestinos de la montaña, pero lo que más le intriga son unos cordones, coloreados y anudados, colgados en cada uno de los elementos del recinto.  Le pregunta a la india por los extraños objetos y ésta le responde:

-Son quipus, don Diego.

-Y para qué sirven, interroga él.

-Son adornos, miente ella.

El Adelantado sale de la cueva y da la orden para que la gente que sigue viva entre al tanpu. Que traigan a los animales y a los pocos yanaconas que han sobrevivido. Los negros han muerto congelados. Todos se refugian en la cueva mientras dura la tormenta.

Después de un tiempo, el castellano sale del refugio. Al ver que la tempestad ha amainado ordena continuar la marcha. El Sol ha resucitado y la columna reinicia su andar. La manceba sigue al manchego, siempre un paso atrás. En sus ojos se le ha instalado la tristeza.

Al final de la hilera, dos yanaconas hablan en aymara, rapidito y entre dientes, para que los españoles no les entiendan.

-La Patawa le ha mostrado al español el escondite del tanpu sagrado, dice uno.

-No tenga pena cumpita, le contesta el otro.

-Cómo que no, pronto vendrán extraños a deshonrar a nuestras wakas.

-No se aflija, en breve pasaremos por la cañada del viento “borra recuerdos” y nadie se acordará de nada. Usted no se olvide de ponerse el chulo para que no se vuelen los suyos.

-Pero de seguro que le van a castigar y usted sabe cuál es el escarmiento.

¡También! ¡Quién le manda a hacer lo que ha hecho!

-El amor, cumpita, el amor.

Un rosario de momias humanas y de animales ha quedado atrás. Siguen la marcha y encuentran un estrecho sendero que serpentea entre paredes empinadas y blancas, la huella desciende hasta un llano que se ve a lo lejos. Al final del desfiladero, en el medio de una pampa, el perfil triangular de una kallanca les retorna la esperanza de encontrar alimentos y agua. Un viento cálido comienza a soplar y les dificulta la marcha, de pronto cesa. Todos recuerdan y hablan del paso por Kiri Kiri. Cuando llegan a la llanura, una flecha inapelable perfora el pecho de la María, que se desploma y muere en brazos del castellano, quien grita desaforado anunciando la represalia y el castigo de Dios que llegará con su espada.

El cuerpo de la María ha quedado bajo un pequeño montículo de piedras señalado por una mísera cruz de palo. Luego de rezar un breve responso, Diego de Mágarah ordena al pequeño grupo que ha quedado con vida, reiniciar la marcha. Guiados por el delirio sin rumbo del invasor, parten hacia un destino incierto.