Por el chacho matthews

A María Elena, quien cobijó durante años, el corazón de niño del Kito Gerber.

La sala de arribos de Aeroparque es un hervidero, porque es víspera de Noche Buena y la gente que desciende de los aviones va al encuentro de sus seres queridos. En el corredor, un hombre de bigote espeso, que recién ha desembarcado, mira con ansiedad hacia el sur. De otro avión que acaba de aterrizar, desciende más gente que, en breve, repetirá el rito de besos y abrazos del reencuentro. El hombre de bigote espeso que espera y que sigue mirando con ansiedad al sur, ha puesto sus manos en los bolsillos, porque teme que los brazos se le salgan de las ganas de abrazar que tiene. La sala de arribos se ha llenado nuevamente. Los pasajeros retiran su equipaje y corren ansiosos al encuentro de los que esperan. Se abrazan, se besan y desaparecen. Al hombre de bigote espeso que sigue mirando hacia el sur y que ha puesto las manos en los bolsillos, se lo ve impaciente, sin saber que en dirección contraria otro hombre se desplaza hacia él, casi como corriendo.

 No estoy seguro, pero creo que la primera vez que lo vi al Kito fue la misma tarde que llegué a la pensión de doña Margarita frente al Paseo Sobremonte, en Córdoba, donde mis padres me habían enviado a estudiar.

Mientras merodeaba en el patio reconociendo la que sería mi morada durante un tiempo, lo vi llegar como una tromba abrazando libros y carpetas. Cuando estuvo frente a mí, se detuvo y dijo: «Hola, vos debés ser el nuevo pensionista del que me habló doña Marga. Me llamo Enrique, me dicen Kito. Vení, te invito a tomar unos mates. Estudio Bioquímica, mis viejos viven en un pueblo del sur de la provincia.  ¿Vos sos del norte?, ¿no? Se te nota en la tonada, ¡Ah!, de Jujuy; no conozco esa zona todavía». Mientras preparaba el mate siguió hablando sin parar. «¿Sabés tocar la guitarra? No importa, ya te enseñaré las posiciones de algunas canciones». De inmediato tomó la guitarra, ensayó unos acordes y comenzó a cantar la Felipe Varela. «Con esta posición comienza, ¿ves? Tomá, probá vos. No, así no. El índice aprieta la segunda cuerda en el primer traste, así, fíjate. Al principio te duelen un poco las puntas de los dedos, pero después se te hacen callos. Vos seguí ensayando que voy a traer agua».

Mientras trataba de poner los dedos como me había indicado, lo escuchaba hablar en la cocina. «Hola doña Marga, se la ve guapa hoy. ¿Qué está haciendo de rico para la cena?» Y así, al lado de ese torbellino, transcurrieron algo más de dos años hasta que doña Margarita cerró la pensión. En ese período el Kito fue el padre sustituto que mitigó mi orfandad en esa tierra extraña. Íbamos juntos al fútbol, al boxeo, al cine y formamos un dúo con un repertorio de dos zambas que llegamos a cantar en un club nocturno no apropiado para la Felipe Varela, pero así era él directo, franco, afectivo.

En un tiempo más, el hombre de bigote espeso y manos en los bolsillos, verá al hombre que corre con los brazos extendidos y una sonrisa del tamaño de una carcajada. En ese momento, sacará sus manos de los bolsillos, desplegará sus brazos y las arrugas de su cara expresarán la alegría del encuentro. En un tiempo más, los dos hombres sentirán palmadas en sus espaldas.

Cuando doña Margarita cerró la pensión, el Kito alquiló dos piezas a la vuelta de mi colegio. A una la usaba de dormitorio. En la otra armó su lugar de estudio en donde compartimos mucho tiempo. De a poco, entre bromas, canciones, goles y nockouts fui creciendo y afrontando la crueldad de la segregación al amparo de ese padre sustituto. Seguimos viéndonos durante un par de años más. Cuando se recibió, fue a trabajar en una usina láctea en el sur de Córdoba. Una vez más me quedé wajcho. Pasados los años, viviendo en Tucumán, me enteré que trabajaba en una empresa láctea de la provincia de Buenos Aires. Como irremediablemente ocurre, la vida sigue su curso y va creando callos que tapan ausencias, pero lo recordaba con mucho afecto preguntándome sobre qué habría sido de su vida.

El hombre que hasta hace un momento corría y el hombre de bigote espeso que esperaba, se abrazan y palmean sus espaldas. Luego se separan, se miran, se observan, como si en los pliegues de la cara del otro contaran los años transcurridos y vuelven a abrazarse.

Mucho tiempo después, viviendo en Salta, durante algo más de dos años estuve escribiendo un cuento de un niño y un tren. La historia se fue revelando de a poco. Fui descubriendo sus partes en cada intento, como si las esculpiera, pero al llegar al final, se desplomaba. La dejaba reposar. Al tiempo la retomaba y de nuevo el derrumbe.

Una madrugada, después de intentar toda la noche, encontré el final junto al niño que fui, describiendo una vieja estación de trenes abandonada.

Después de leer el cuento una y otra vez no sé por qué me acordé del Kito y decidí buscarlo. Me sumergí en intrincados laberintos telefónicos y de Internet. La búsqueda me llevó algo más de una semana. Encontré un número de una fábrica, pero tan sólo pude dejarle un mensaje. Como a los diez días, estando de viaje, me dieron la noticia de que había hablado el Kito. Lo llamé y en unos segundos rompimos el cerco impuesto por la ausencia de casi cuarenta años. Cuando volví a casa le envié el cuento del tren y seguimos hablándonos por teléfono, tratando de llenar los huecos del tiempo no compartido, pero me faltaba el contacto presencial, abrazarlo, mirarlo a los ojos… y me trepé a un avión. Era un 23 de diciembre.

Los dos hombres se alejan caminando. El más alto, ha cruzado su brazo paternal sobre los hombros del amigo que ha reaparecido en su vida como corolario de un cuento. Hablan, gesticulan, se los ve precipitados, impulsivos, apasionados. Antes de subir al auto, se miran y festejan el encuentro con un nuevo abrazo y una carcajada.