Por el chacho matthews

A María Elena, quien cobijó durante años, el corazón de niño del Kito Gerber.

En el viaje hacia San Isidro los hombres que acaban de reencontrarse en el corredor de Aeroparque, hablan a borbotones como queriendo contar sus vidas en un instante.

La familia se había quedado para conocerme. Después de almorzar partirían a General Rodríguez donde pasarían las fiestas. Kito iría al otro día. La charla y redescubrirnos se transformó en una fiesta.

La esposa y los hijos miran con curiosidad al hombre de bigote espeso que ha reaparecido en la vida del Kito. Disfrutan de la felicidad del reencuentro. Lo agasajan, le ofrecen cuidados platos y hospitalarios vinos. Intrigados preguntan, los hombres se disputan la respuesta. De esa manera transcurre el almuerzo y llega la hora de la partida.

Los dos hombres se han sentado en los sillones. Disfrutan del reencuentro, de la charla y el vino. Hablan pausadamente, como tratando de llenar el tiempo vacante que han dejado los años. Pero, al hombre que corría en Aeroparque, se le va dibujando un rictus de angustia: «Había noches que soñaba que fallaba el control de temperatura de la cámara donde se guardaban millones de kilos de manteca», cuenta compungido. «La temperatura comenzaba a subir. Reparaba la falla y aparecían otras, la manteca se derretía y salía por los intersticios. A medida que brotaba se transformaba en un lodo amarronado y nauseabundo. La cámara se hinchaba hasta que explotaba e inundaba de mierda toda la planta. Me despertaba con una angustia que me oprimía acá, en la boca del estómago, como si me lo estuvieran estrujando.

Con una plata que me dejaron mis viejos y con lo que pudimos ahorrar compramos el campito de General Rodríguez. Mi sueldo era más que decoroso y María Elena trabajaba muy bien en su consultorio. Después hicimos la casa y le fuimos poniendo, de a poco, las vacas. Muchos años nos llevó el proyecto».

De a pedazos, el Kito iba rearmando su historia. El relato, por un momento, se hizo esperanzado. Confiaba que en un tiempo más, vería correr el chorro blanco de las ubres y no enajenaría más el fruto de su trabajo, pero su voz sonaba a angustia. 

«Hace un año, al regresar de las vacaciones llegué a la planta y el portero me informó que don Pascual quería hablarme. Cuando entré a su oficina y me dijo que quería agradecerme personalmente por mi tarea durante treinta años en la empresa, percibí la misma opresión que sentía en las pesadillas. Después me comunicó que debido a un cambio organizacional, el directorio había decidido que no concurriera más a la planta y que durante los dos años que faltaban para jubilarme, el sueldo y demás haberes me lo depositarían en mi cuenta. Todavía me resuenan sus últimas palabras: “¡En hora buena Doctor, lo felicito! Ahora vaya a gozar de la vida. Dediquelé su tiempo a las vacas, que son buena plata”».

A medida que contaba, el Kito se iba hundiendo en el sillón, como si estuviera soportando el peso de la heladera que lo desveló durante más de treinta años. Volví a sentir la discriminación y la exclusión en cuero ajeno.

«¿Te das cuenta que te has pasao treinta años cuidando un artefacto de mierda?» le dije. «Aprovechá, recuperá el tiempo que perdiste soñando con esa puta heladera y, como dice Serrat, dedicate a jugar al juego que más te gusta».

Pero él siguió sumido en la angustia de sentirse desechable.

Al amanecer partimos. Él a General Rodríguez a encontrarse con su familia. De paso, me dejaría en el centro.

Buenos Aires va despertando disfrazada de navidad nórdica. En el interior del auto que avanza por la autopista, los dos hombres hacen planes. Cuando llegan a la bajada de la 9 de Julio el de bigote espeso desciende, saluda agitando los brazos y se queda parado en la banquina mirando el auto que se aleja. Luego vaga por las calles paquetas de Buenos Aires. El aroma a café recién molido inunda la esquina de Ortiz y Quintana. Amaga entrar a La Biela, pero sigue de largo hasta el Cementerio de la Recoleta.

Llegué sobre la hora a Aeroparque. Había caminado todo el día por una Buenos Aires inhóspita y ajena. La cabina del avión era un caos, la gente subía cargada con bolsas multicolores forcejando entre el apiñamiento de cuerpos sudados y el glacial «por favor señor, permitamé señora…», de las azafatas. «¡Qué hijos de puta!» pensé, leyendo a través de la ventanilla un afiche que deseaba “Merry Christmas” e imponía una cultura descartable. Entrando la noche llegué a Salta con un raro presentimiento.

En su casa, el hombre de bigote espeso, que hace un año y medio miraba al sur con las manos en los bolsillos, ha colgado el teléfono y se desploma sobre el sillón. Toma la frente entre sus manos y sacude la cabeza. Sale al patio, eleva los brazos y lanza un exabrupto a los dioses del universo.

Los pasillos del Hospital Italiano olían a inexorabilidad. Antes de ingresar a la habitación me acicalé emocionalmente ocultando que conocía la irreversible situación y entré con una falsa serenidad. «Vamos “Campeón”, alcancé a decir, emparedando el dolor y las lágrimas «¿No te da vergüenza hacer fiaca con el espléndido sol que hay? ¡No te imaginás cómo están las minas en la calle! ¿Vas a ver el partido?»

A la hora punzante de los hospitales, cuando el Sol comienza su ocaso, me despedí con un beso en la frente de quien fuera mi padre sustituto. Esa fue la última oportunidad que estuve y hablé con él. A partir de allí se enclaustró con su agonía a la espera del inapelable desenlace.

A los dos años del encuentro en Aeroparque, recibí la noticia de que, una vez más, había quedado huérfano.