Por Rosana Forgas

…Escribo para no olvidarte, padre, y para que siempre me recuerdes, hijo…

Patricia Salazar

(de un ejercicio del taller literario El Refugio de la Palabra)

Una pregunta disparadora de un refugio literario puede, ¿por qué no? transmutar en una nota barraca. Aunque hacerlo requiera de toda una preparación, abandonar la comodidad de entrecasa, sacarse las pantuflas calentitas y ponerse los tacos altos, dejar la cara lavada en el baño para pintarse como una puerta, agarrar la cartera, las llaves, los anteojos de sol y salir. Porque es tutocaca salir a mostrar lo que se escribe, fuera del contexto en el que se lo hace, con ropa de diario

Una cosa es un poema o un texto literario, y otra muy distinta, una columna en una revista que pretende contagiar pensamiento crítico, porque los escribidores en uso semanal de la palabra tenemos la obligación de vestirlo al impulso con ropas de gala. No disimularlo ni disfrazarlo, mucho menos esconderlo, pero sí buscarle el atuendo acorde a la ocasión.

Esto que señalo es, en realidad, una perogrullada para todos los que queremos respetar al lector y/o al oyente y no inundarlos de las palabras agresivas con que nuestro enojo -por distintas situaciones personales o de la realidad nacional y provincial- nos tienta a menudo; o instalar medias verdades; o largar primicias sin chequear y todos los horribles etcéteras que generen.

Y es cuando observo que la palabra apabullada pareciera no tener sustantivo, se hace uso de ella -y abuso- en adjetivo y en verbo. Porque nos apabullan los extremos a los que llegan cuando, haciendo un uso profesional del lenguaje, nos hieren o nos acarician a los compulsivos de la lectura. Porque apabullar -y todos los sinónimos que convierte en válidos la prensa canalla- pareciera ser el objetivo a alcanzar, sobre todo en momentos tan críticos como los que atraviesa nuestra Patria. Entonces me acuerdo de los dos últimos encuentros de mi taller literario, ese espacio que nos refugiara toda la pandemia y que hoy nos ayuda a sanar con la palabra propia y ajena, y me digo: Gracias, Natalia Zanotta, gracias compañeras y Pablo, ya tengo los temas de mi columna de hoy, transmutados y sin perder el misterio ni la intimidad, sólo haciendo un uso inconsulto de la inspiración, tan esquiva por estos tiempos.

Con un espíritu transgresor por naturaleza -perfeccionado permanentemente con los años, a veces e doy maña para dar vueltas las consignas -las del taller y de la vida- y me pongo a pensar por qué motivo, los más lanzados, no aprovechamos los pocos sitios independientes que tenemos para expresarnos y mostrar lo bueno que nos pasa como sociedad. Así, simplemente, sin eufemismos ni metáforas ni analogías, sin masturbarnos con una dialéctica elitista que sólo sirve para sacar a pasear el ego y mostrarnos superiores a los demás. Porque cuando lo único superior que tenemos es la autoestima que vive en la terraza; cuando no tenemos empatía con el de al lado; cuando no sentimos su dolor compartiendo hasta ese ¡ay! que sale de las tripas, es muy difícil pensar que nos hace bien saber que pasan cosas buenas todos los días. Chiquitas, insignificantes, pero suficientes como advertir que se puede volver a caminar, sobre todo a turucuto de las utopías, como diría el maestro Galeano en tucumano básico. (Hay palabras que por vulgares y trilladas siguen siendo irremplazables: ¿de qué otra manera puedo definir las cualidades morales de una persona sino es diciendo qué buen tipo que es Fulano. ¿O Menganita es una muy buena mina?)

Pero tal vez en ese descabellado intento de llenar de vocablos y de oraciones únicas (recontra polimembres) las redes, los libros y los videos, sucumbimos a la tentación de mostrarnos eruditos, ocurrentes, perspicaces, mentalmente ágiles y bajamos al barro que nos proponen quiénes hacen de la provocación un estado de ánimo permanente. (Mierda, Rosana, estás haciendo lo que criticás, decilo como se debe: les hacemos el juego a los hijos de puta -a sueldo o ad-honorem- que pululan por ahí)

Y voy llegando al punto: escuchando a Casciari, leyendo a Neruda y a Galeano, disfrutando a Calle 13 y a Mereces Sosa, en la semana de la diversidad cultural y…no puedo dejar de pensar en la construcción del idioma, en lo maravilloso que es el lenguaje como herramienta de comunicación y en el gigantesco privilegio que tenemos los más audaces por atrevernos a usarlo. La prensa hegemónica en nuestro país, y en el mundo entero, cumple un rol capital que es el de DES informar. Que no es no sólo su tarea cotidiana: es su meta. Un pueblo desinformado es un pueblo débil, frágil e indefenso, fácilmente manipulable; la historia de la humanidad nos demuestra que la comunicación es una de las armas más letales para la dominación o la liberación de los pueblos, entonces me pregunto, si la Argentina tiene al monopolio periodístico cooptado por el poder real ¿por qué no usamos los medios de los que disponemos -no importa el tamaño ni la cantidad- exclusivamente para contar buenas noticias? ¿por qué canales y diarios y revistas y radios, que se suponen independientes o alternativos, se hacen eco de toda la basura que publican los medios hegemónicos y les dan difusión? ¿por qué marcan la agenda siempre los poderosos? Porque estamos recién DEcolonizándonos, porque no somos libres ni siquiera de pensar, porque nos piensan. Pero si todos los que tenemos ganas reales, deseos mayores de edad de contribuir a que se lleven a cabo las grandes transformaciones con las que soñamos desde que éramos adolescentes, hagamos un esfuerzo. Nos sentemos en una compu, agarremos un teléfono, escribamos las paredes del baldío de la esquina. Gritemos, nos animemos. A mí me animó un ser de luz que se fue primero para esperarnos en la otra dimensión: Mercedes Chenaut, a ustedes pretendo animarlos yo. (¡chupate esa mandarina! ¡se me agrandó la vaguita!  dirá mi editor cuando me lea, ¡posta!) Pero yo sigo pretenciosa, les ofrezco esta trinchera barraca mientras les cuento que, para comunicar una idea, no es necesario ser un experto en gramática ni un master en sintaxis, sólo son imprescindibles las ganas adultas, las convicciones y tener muy claro a quiénes queremos ayudar. Y entonces sí, gritando juntos, meterle duro y parejo a la resurrección.

Nos vemos el próximo viernes.