Por Silvio Randazzo

Cada 4 de julio, desde hace 20 años, en Argentina se celebra el “Día Nacional del Médico Rural”. El 4 de julio de 1895 nació el médico santafecino Esteban Laureano Maradona, de quien perdura el recuerdo (y se tributa su entrega) merced a su labor con las comunidades indígenas de Formosa, puntualmente de la localidad de Estanislao del Campo.

Valiéndose de la efeméride, Facundo Sinatra Soukoyan publicó, el domingo pasado, un informe en Página/12 donde recopila testimonios e historias de médicxs rurales de Salta. Se habla de la particular maravilla de brindarse en esos contextos socioculturales, pero también se denuncia la desatención estatal y las problemáticas que son su consecuencia.

Tujuayliya Gea Zamora –médica de origen wichí– es una de las médicas que forma parte del informe. Ella reafirma: “En Salta el sistema está muy basado en lo que el hospital propone. Todo sale del hospital (…). Y nosotros, desde la experiencia de la medicina rural, territorial, sabemos que el personal de salud tiene que estar desplegado en territorio. Necesitamos en salud procesos participativos donde la comunidad también pueda definir qué es acceso a la salud y si lo que el sistema sanitario propone o pone a mano, garantiza realmente acceso a la salud. Y también si eso satisface las necesidades sanitarias de las comunidades. El tema es que cuando empezás a poner en cuestión estas cosas que tienen que ver con las prácticas, con cuestionar el racismo institucional, entramos en conflicto”.

El informe y este testimonio me retrotrajeron a una experiencia periodística personal, basada en una experiencia de vida wichí. Corro el riesgo de parecer demasiado caprichoso en la conexión. Pero así surgió esta nota.

En 2020 tuve la posibilidad de entrevistar a Nancy López –cacica del pueblo wichí Weenhayek, ubicado a 5 kilómetros de Tartagal, Salta–. Se habían registrado, en un lapso corto de tiempo, algunas muertes por desnutrición en las poblaciones wichí, y los medios y comunicadorxs de todo el país parecíamos haber despertado a esa humillación. Claro que desde una perspectiva blanca, “civilizada”, y mayoritariamente católica. Creo que se puede empezar a naturalizar la relación con la savia de los dichos de la doctora Tujuayliya Gea Zamora: necesidades genuinas, respeto por la sabiduría ancestral, acceso a la salud, integración, racismo y la violencia en sus múltiples metamorfosis.

“Cuando nosotros éramos libres… porque consideramos que hoy ya no estamos libres, porque cada vez que queremos entrar al monte, buscar materiales para trabajar, la leña para cocinar, nos encontramos con un alambrado y nos encontramos con un dueño que nos apunta con un rifle, ¿no?, con una pistola. ¡Es terrible vivir así!”. Aún conservo en ese siempre curioso relicario de las voces ajenas, la de esta cacica: voz suave, de tranco lento, como si las palabras desconfiaran de salir de una boca (que es boca comunitaria) ya harta de gritar en el desierto hipócrita del status quo blanco. “Cuando nosotros éramos libres”: lapidaria confesión, angustiante constatación, una de las medallas deshonrosas de la barbárica civilización.

Nancy López es parte de la Comunidad Ahayu (en castellano, Mistol) KM 5 sobre la ruta 86, a lo largo de la cual hay 100 comunidades. Lo intuí entonces y ahora estoy más cerca de un convencimiento: esta artesana y tallerista habrá desconfiado de mi preocupación, de mi sensibilidad afectada –puesta de manifiesto al tiempo que lo hacía, se me ocurre, Telefe o radio Continental– por las ofensas a la que eran, y son, expuestas las comunidades originarias en el norte argentino. Mis preguntas, mis reflexiones, la ansiedad que insufló mi velamen mientras desgrababa aquella conversa, a los ojos de Nancy López puede que hayan significado un eslabón más en la coreografía mediática que hizo de ese flagelo, un atractivo de prime time. “Hoy me estás haciendo una entrevista y si me estás hablando y no me estás escuchando es un problema”. No la culpo.

“Al principio es comenzar desde la ruptura de nuestra cultura, ¿no? Antes no había mucha desnutrición, por ejemplo, nosotros teníamos el monte donde recolectar, donde sacar los frutos, también tierra para sembrar, para cultivar, teníamos todo”, me decía. En el informe ya citado, Gea Zamora plantea la imperiosa necesidad de discernir “qué es acceso a la salud” para las comunidades originarias y “si lo que el sistema sanitario propone o pone a mano garantiza realmente acceso a la salud”. Claro que esa utopía reclama (y es ahí cuando multiplica sus dotes utópicos) el cese del culturicidio. López me hizo comprender que “para saber más hay que tener conocimientos sobre las leyes que tenemos como pueblo. Si desconocen las costumbres, la cultura, entonces pasa lo que está pasando hoy”.

En aquella charla de comienzos del año pasado, dado aquello que para casi todos los medios nacionales era coyuntura y para las poblaciones indígenas norteñas todavía es lastimadura, las enfermedades y la medicina también formaron parte de la nota. Ante mis consultas, la referente wichí pintó con palabras su propio Guernica: “Si hablamos de si hay medicina, te digo que no hay. Tenemos salitas de primeros auxilios que no tienen ni medicamentos, no hay absolutamente nada en esas salas, me piden que compre los medicamentos. Remedios no hay. ¡Tampoco hay médicos!”.

Entonces, Nancy, ¿no hay alternativa? ¡Claro que la hay, estúpido muchacho blanco! (habrá pensado la cacica). Y no es una alternativa (habrá pensado después), es nuestra sabiduría ancestral, nuestra naturaleza, ésa que las fauces del negocio inmobiliario devoran sin que un atisbo de saciedad se imponga. “Pedimos que a nosotros nos permitan usar nuestras medicinas. ¡Si no hay remedios! Acudimos a nuestras medicinas, también tenemos conocimiento, tenemos medicinas ancestrales que conocemos todavía, y las seguimos usando. Hasta donde ellos tienen conocimiento, nuestras medicinas traen una intoxicación, cuando para nosotros no es así. Si yo acudo a la medicina ancestral, me meto en el monte, saco los yuyitos, me baño y en menos de 5 minutos ya me pasa la fiebre”.

A poco de entrevistar a Nancy López, hice lo propio con Rodolfo Franco, un médico que abandonó su vida porteña para instalarse en Misión Chaqueña, la comunidad wichí más grande en jurisdicción de Embarcación, en Salta. Tal como lo hiciera en cuanta oportunidad había tenido entonces, al hablar conmigo también soltó su sentencia distintiva: “Se trata de un plan sistemático de exterminio planificado para que los indígenas desalojen las tierras que son suyas hace 5000 años”. Cuando le pregunté a Nancy si, atendiendo a todo el estado de las cosas que ella relataba, la lucha indígena había devenido exclusivamente en una lucha por la supervivencia, amargando su tono, pero sin titubeos, la cacica contestó: “Así es…sí, es correcto”.