Por el chacho matthews

Frente al hambre que flagelaba la aldea, Tadeo Vergara construyó precarias herramientas de labranza con los pocos elementos que disponía. De esa manera, los pobladores del caserío pudieron sembrar las escasas semillas de trigo que les quedaban. Observando cómo los indios atrapaban baguales, aprendió a realizar la tarea y pudo obtener carne, cuero, crines y huesos con los que logró que los vecinos pudieran comer y cubrirse. Con hueso de potro construyó un arpón que ataba a una línea que confeccionó trenzando crines. Por las tardes, marchaba al río y pescaba hasta el anochecer. De regreso cocinaba los pescados con frutos silvestres que recogía durante el día. Los otros pobladores lo imitaron.

Una tarde, mientras pescaba, vio pasar rumbo al norte, una hilera de navíos y se le ocurrió construir un muelle para que los barcos no siguiesen de largo e hicieran escala en la aldea. Con la ayuda de unos vecinos, construyó un precario espigón y un atracadero. Por cada barco que arribara cobraría una tasa de amarre que trocaría por mercancías que, seguramente, traerían las naves.

Pasado un tiempo, unas carabelas arribaron al modesto puerto. Tadeo vio las embarcaciones atracando en su muelle y pensó cambiar el derecho de amarre por herramientas, clavos, ropas y otras mercancías. De las naves bajaron algunos hombres armados con espadas, lanzas y arcabuces quienes fueron seguidos por una hilera de negros engrillados a una larga cadena. Después de los esclavos, descendió un hato de mujeres que bailaban al son de tamboriles africanos una danza que acompañaban con el vibrar de sus humanidades. Los pobladores fueron aproximándose embelesados por el repiquetear vehemente de los parches y el trepidar ardoroso de las mujeres. Del grupo de recién llegados se separó un hombre que se dirigió hacia los vecinos con los brazos en alto mostrando las palmas de sus manos. Cuando llegó al sitio donde lo esperaba el grupo de cristianos, habló en un dialecto que éstos no entendían, salvo un oriundo de Galicia que ofició de traductor. “Son negreros de Portugal”, dijo el gallego. “Pregúntale qué desean”, ordenó el cura. “Quieren ir al Potosí llevando a los negros y a las mujeres, pero necesitan que alguien los guíe”. “Yo podría” dijo Ruano Mosqueira que había trabajado en esa ciudad. “Pero, eso tiene un precio”, le dijo, a través del traductor, el religioso al portugués. “De acuerdo, a nuestro regreso pagaremos el servicio con plata potosina”, propuso el lusitano.

“Y yo? ¿Qué recibo por el amarre?”, inquirió Tadeo. “Tú te callas y obedeces”,  gritó el cura y agregó dirigiéndose al luso: “Además de la plata que abonarán a vuestro regreso, ahora deberían adelantar algo”. “Sólo llevamos telas de Flandes“ dijo, el lusitano. “Además de las telas llevan mujeres y negros”. “Pero son putas para los burdeles del Potosí, contestó el portugués. “No nos importa, dejen la mitad de las mujeres y unos cincuenta negros para que trabajen la tierra. A vuestro regreso, además de abonar el derecho de amarre y el servicio de guía, nos comprarán sebo, crines y corambre de potros que pagarán con plata potosina”.

Acordado el trato, y a manera de sellar el acuerdo, el cura ofició una misa a la que asistieron los vecinos, las mujeres y, a pesar de su fe mosaica, también los negreros. Al término de la ceremonia, los trinitarios se abalanzaron sobre las mujeres y liberaron sus apetencias mientras los lusitanos, sin pérdida de tiempo, recorrían el Yermo tratando de cazar baguales para cuerearlos y tusarles las crines. Al amanecer del día siguiente una larga caravana partió rumbo al norte por el camino de Ibatín. En ese lugar se proveerían de carretas y mulas para transportar las mercancías hasta el Alto Perú y de allí regresar al puerto del Mar Dulce con plata en pasta del Cerro Rico.

Tadeo Vergara, muy contrariado por la actitud del cura de apropiarse de su amarradero, se sumó a la partida con la intensión de instalarse en el Sumaq Urqu. Las naves que habían transportado al cortejo, conducidas por los pocos negreros que quedaron en el modesto puerto, remontaron el río rumbo al Guayrá. Llevaban unos pocos esclavos que venderían aguas arriba.

 

Tiempo después regresaron a la Santísima Trinidad. De los bajeles descendieron una cincuentena de mujeres con sus críos y algunas monjas. De inmediato las damas se pusieron en la tarea de buscar a sus maridos, quienes habían venido a fundar una ciudad al sur del Mar Dulce con la promesa de buscarlas al poco tiempo. Como eso no había ocurrido decidieron intervenir y viajar con los negreros para encontrarse con sus cónyuges. Al ver llegar a sus esposas, los maridos que vivían amancebados con las meretrices huyeron al Yermo. El cura, que cohabitaba con dos de las furcias y que, según él, oficiaban de asistentes, recibió a las consortes y trató con ellas la situación. Acordó el regreso de los hombres, el desembarco de la carga y el perdón de los pecados.

El tema más espinoso de la ardua negociación fue el relativo a las criaturas que habían sido concebidas en la Santísima Trinidad, algunas ya paridas y otras por nacer. Luego de dos días con sus correspondientes noches de tratativas, el preste logró el acuerdo. Por esta única vez y como caso excepcional se aceptaría la bigamia como hecho consumado. Las putas no toleraron el trato y, con sus críos, se marcharon hacia las tolderías mapuches.

Al término del trabajoso pacto, los marineros bajaron azadas, palas, picos, arados de madera, bolsas con semillas y todo lo necesario para la labranza. Los hombres regresaron del Yermo y el cura ofició la misa del perdón. Al final de la ceremonia religiosa todos se saludaron deseándose paz y prosperidad. A su vez, los negreros que habían regresado en los barcos, decidieron aquerenciarse definitivamente en la Santísima Trinidad emplazando una casa de juego en un solar que les alquiló el cura eludiendo así la prohibición, por parte del Cabildo, de vender tierras a quienes no fuesen vecinos fundadores.

Adelaida Castillo, esposa de Diego de la Vera, el fundador del caserío, luego de llorar desconsoladamente por la muerte de su marido, entre sollozos, reclamó las parcelas que le correspondían por ser la viuda del fundador más las de su hija casadera de doce años.

Ya en posesión de las tierras comenzó a organizar la producción. Hizo trazar los tablones, distribuyó las herramientas y arados de su propiedad. Cuando las eras estuvieron asignadas, repartió las semillas para la siembra y organizó los turnos del agua de riego. El marrano Bernardo Sánchez, al percatarse de la iniciativa, cruzó con su navío a la banda oriental del río. De allí vino trayendo un bloque de granito para fabricar una tahona con la que molería el trigo que produciría Adelaida con quien, unos meses después, contrajo matrimonio. De esa manera, el negocio de la harina quedaría en la familia que acababan de fundar y pudo esquivar la ordenanza sobre la venta de tierras comprando, a nombre de Adelaida, varias parcelas en la ciudad y grandes extensiones en el yermo.