Por el chacho matthews

Cuando las mieses doraron se las segó aplicando el sistema de la minga. Por turno, todos se ocupaban de la recolección de una chácara. Al final de la cosecha, Adelaida cobró en granos el valor de las semillas, el arriendo de la tierra, el alquiler de las herramientas y, aunque no correspondía, también un tributo por el uso del método de cosecha. De esa manera fue apropiándose del excedente de granos.

Años después, en dirección del camino del Tucumán, apareció una estela de polvo en el horizonte. Los vecinos y estantes se reunieron en el límite noroeste de la ciudad. Rodrigo Córdova apantallando sus ojos miró y dijo: «Son carretas». Un raro temor se apoderó de la mayoría. Un poco más alejados, un grupo de indígenas montados en sus potros observaban atentos. Cuando la caravana estuvo cerca se pudo divisar que cada uno de los carromatos era tirado por veinte mulas albinas. «¡Ave María Purísima! Esos animales son el mismo Diablo», exclamó el cura y corrió hacia la iglesia donde comenzó a repicar la campana hasta que cayó exhausto, sacudiéndose con fuertes espasmos y echando espuma por la boca. «Tiene el mal de la rabia», diagnosticó un vecino. Sor de la Santa Cruz tomó el Rosario y comenzó a suplicar por el preste.  «Traigan la imagen e imploremos para que Satanás libere su alma», dijo.

Mientras los vecinos marchaban en procesión elevando cánticos y ruegos, el lonko de los aborígenes se aproximó cautelosamente al cura, puso rodilla en tierra y observó atentamente al preste. Clavó su chuza en el piso y con su chaleco de corambre improvisó una almohada. Del morral sacó un paño y limpió la boca del cura. Luego extrajo un yesquero, juntó un poco de chamiza seca, hizo un fuego y quemó unos yuyos verdes de donde emanaba un humo rosado. Cuando el cura inhaló la humeada, tosió y volvió en sí. Al ver al indio a su lado, comenzó a gritar: «¡Hereje!, ¡hereje!, vete de aquí salvaje» El lonko se puso de pie, tomó su pica y, señalando con el dedo la Cruz de palo que las monjas sostenían sobre sus hombros, le dijo al cura: «Los yuyos sanan, ese palo no».

Después del conjuro del autóctono, la gente de la caravana (que al escuchar las campanadas habían colocado sus carretas formando un círculo) comenzó a bajar. De la más lujosa, descendió un hombre vestido con un traje de seda roja ornamentado con plata y lapislázuli. En su cabeza lucía un alto sombrero de copa de terciopelo azul. Calzaba unas botas de cuero de lampalagua. Los anillos y pulseras de oro, engarzados con piedras preciosas, no dejaban ver sus manos. De otras carretas descendió un séquito de doncellas y un hato de sirvientes. Unos lo apantallaban, otros barrían el lugar por donde caminaría esa especie de jeque estrafalario.

Cuando el extraño personaje se paró frente al cura, éste, tomándo con sus dos manos la cara del indiano exclamó:

«¡Tadeo, dichosos los ojos que te ven!»

«Ahora no me harás callar, cura de mierda. En Charcas compré las seis varas del Cabildo», contestó el indiano, sacándose violentamente las manos del clérigo de su cara.

De inmediato ordenó a los esclavos que bajaran la plata de los carromatos al tiempo que unos navíos ingleses atracaban en el puerto. Al escuchar lo que Tadeo le había dicho al cura, Adelaida Castillo se le acercó y dirigiéndose al indiano dijo:

«¿Cuánto por tus varas?»

«No se venden», contestó, Tadeo.

«Tengo trigo, harina, sebo, huesos, crines y cueros», dijo la mujer.

«No me interesa, tengo bayetas de Cochabamba, muebles del Tucumán, aguardiente de Cuyo, mulas, cien carretas, acllas incas y plata en pasta», replicó Tadeo.

Mientras se desarrollaba el diálogo y a una señal de la viuda, Conchita Vega, la hija casamentera de Adelaida, fue acercándose a su madre. Al verla, Tadeo Vergara no pudo sustraerse a esa belleza, mezcla de ángel y demonio voluptuoso y preguntó:

«Cuánto por la moza».

«No se vende», contestó Adelaida.

«Una vara», retrucó Tadeo.

«Venga, acompáñeme», propuso la viuda.

Pasadas cuatro horas, la viuda, en voz alta anunció que su hija se casaría con Tadeo Vergara y que la dote consistiría en dos varas del Cabildo y cincuentas mulas. Un tiempo después se supo, por boca del cura, que el precio del acuerdo consistió en dos varas por la joven y cincuenta mulas de sobreprecio para conservar las doncellas de la Casa de las Escogidas, donde la púber sería la favorita.

Al mes de celebrado el acuerdo, los cabildantes se reunieron para elegir a los nuevos regidores. Por contar con los dos tercios de las varas Tadeo Vergara fue nombrado Alcalde de Primer Voto y, entre él y Adelaida, se repartieron todos los puestos

Los preparativos de la boda llevaron dos años largos. Tadeo hizo empedrar las calles con adoquines fabricados con granito de la banda oriental, burilados por picapedreros del Potosí y compró una cuadra frente a la plaza, donde construyó la casa que habitaría el matrimonio. La ropa de la novia, del novio, de la suegra y los padrinos, fue confeccionada en Paris con telas de Flandes, la cristalería se trajo de Murano. Para la comida se importaron animales vivos de Europa. Adelaida hizo preparar los tablones donde se cultivaron hortalizas. Desde el Brasil se trajeron frutas exóticas conservadas en alcohol. La bebida espirituosa se importó de Escocia. El vino se compró en Cuyo. Casi todo era importado, incluso, muchos de los invitados.

La ceremonia se celebró en un altar que se montó en la plaza y la fiesta se desarrolló en el patio de la casona del flamante matrimonio. Duró una semana. Al final del primer día, los novios se retiraron al tálamo nupcial. A la madrugada, Tadeo Vergara salió al balcón y mostró la mancha roja de la sábana. La muchedumbre estalló en una estruendosa ovación festejando el sometimiento de la púber a las reglas del matrimonio.

El comercio se hizo fluido. Al puerto de la Santísima Trinidad llegaban numerosas naves de distintos tipos y procedencias, las de la Corona española traían objetos de Castilla y llevaban la plata del Potosí. Los barcos de Inglaterra y Portugal venían cargados de negros del África destinados a los socavones del Sumaq Urquy y manufacturas del viejo mundo que cambiaban a los trinitarios por plata, harina, charqui, sebo, cuero y crines. A los artículos de Castilla los compraban y vendían los comerciantes monopólicos. A los otros, se los contrabandeaba.

Adelaida y Tadeo se adueñaron de la ciudad que había crecido por la llegada de portugueses dedicados a la actividad negrera y al contrabando. Al tiempo, al morir Adelaida y Conchita, el ahora alcalde vitalicio se apropió de las dos varas del Cabildo y la fortuna de ambas, con lo que concentró toda la autoridad y el poder en sus manos.

Tadeo Vergara disfrutó por muchos años de los bienes y el poder absoluto que llegó a poseer. Falleció muy anciano, pero su espíritu infractor marcó para siempre el hado de esa ciudad con nombre de santa y alma de contrabandista.