Por el chacho matthews

A mi mejor hermana.

Esto de contar la carrera laboral es como narrar la vida de una. Lo de carrera es un decir, porque el único empleo que tuve fue este. Lo tengo desde que tomé la primera decisión que no estuvo regida por los mandatos maternos y digo materno porque nací y me crie en el matriarcado de cuatro hermanas descendientes de un capitan español que llegó por el oeste catamarqueño, allá por el 1650. No conocí a ninguno de mis abuelos, sé que el materno era de Tinogasta, pero emigró a Jujuy y allí trabajó como administrador de una finca que estaba a la vera de la vieja Ruta 34, esa que tenía una hilera de lapachos amarillos que eran una fiesta cuando florecían en agosto. Mi abuela Enriqueta era hija de un matrimonio oriundo de Milán que se estableció en Monte Rico. Tocaba la guitarra, lo sé por una foto que conservo. Murió muy joven en el parto de su segundo hijo varón dejando wajchos al recién nacido, a las cuatro hermanas y al otro hijo. Todos llevaron el sino de la orfandad hasta su muerte, sobre todo mi mamá y el menor de los hermanos que acarreó toda su vida la pesada carga de haber nacido el mismo día en que murió su madre. Mi abuelo paterno, era un marino de la US Navy que vino a montar la usina de Salta y se afincó hasta su muerte en el ingenio San Isidro. De mi abuela paterna sólo sabemos que se llamaba Trinidad y que murió en el hospicio de Oliva.

Desde antes de nacer quise tomar mis determinaciones. Mi madre, que había llevado a mi hermano a operarse a Córdoba, tenía pasaje de regreso en avión justo el día que se me ocurrió que quería conocer la Docta desde afuera de la placenta. Y así lo hice a las siete de la mañana en esa ciudad. De no haber sido así, quizá habría nacido en un viaje de cabotaje. ¿Será por eso que me gustan tanto los vuelos? Si por mí fuera viviría trepada a los aviones, al lugar que sea, por supuesto que prefiero Europa, pero si se presenta la oportunidad de ir al lago Tanganica allá voy. Algo interesante habrá para conocer y comprar, aunque después venga cargada como ekeko. Hasta aquí la memoria que me fuera transmitida ocultando defectos y magnificando virtudes de la familia. Mis recuerdos comienzan en el ingenio La Esperanza: El jardín de infantes, la primaria, mis amores juveniles, el secundario en el Santa Bárbara de Jujuy. Al finalizar el colegio, decidí estudiar arquitectura y partí a Tucumán. En la Facultad, la matemática me mató. «Cuantas veces me mataron, cuantas veces me morí, sin embargo estoy aquí resucitada», como la cigarra de la Walsh. Eran años duros para mí y esta bendita Argentina. Ese verano lo conocí a Juan (con quien años después nos casamos y tuvimos a Lucía).

Al año siguiente, seguí padeciendo la matemática. Mis amigas estudiaban en Buenos Aires y el clima de Tucumán estaba denso. En esa época conocí a Elsita y a Lucho. Con los años la Elsi tuvo que exiliarse en México. Hoy nos visitamos con frecuencia, pero Lucho no tuvo la misma suerte. Murió de un tiro en la nuca al borde de una fosa común ¡Cómo quisiera encontrar su tumba para llevarle una flor y mis lágrimas!

Decidí dejar Tucumán e irme a Buenos Aires. El viejo me cortó los víveres, vendí algunas cosas y buscaría trabajo. Salí desde la vieja terminal de ómnibus. Lo recuerdo como si fuera hoy. Era el 2 de Julio de 1974. De la estación del Bajo salían trenes con gente hasta en los techos y, a lo largo del camino, marchaban ómnibus, camiones y autos. Todos iban al entierro de Perón.

Al día siguiente, por la noche, llegué a Buenos Aires. El micro me dejó en Once donde me esperaba Juan. En las calles se veían rostros mustios con los ojos estrujados por el llanto. Me abracé a Juan con el corazón oprimido. Tuvimos que ir caminando hasta mi primer refugio en Buenos Aires: el departamento de mi amiga Sheila en Belgrano.

Apenas desperté, me asomé a la ventana y comencé a gozar del “corazón de tejas” del barrio de Belgrano. Desde el balcón podía ver el tránsito nervioso de Cabildo. Al mediodía pasó a buscarme Juan y salimos a caminar por Juramento, creo que ese día me enamoré de él y de Belgrano. Me gustaba ese Buenos Aires.

«Bueno chiquita, todo está muy lindo, pero hay que salir a conseguir laburo» me dije al otro día, así que comencé a recorrer las callecitas de “ese qué sé yo”, bien empilchada y con el “Clarín” en la cartera. Pasaron treinta días y minga de laburo. Un día, al anochecer, volvía caminando a casa. Corría un viento helado que calaba hasta los huesos. Los fondos se estaban esfumando y tenía pavor que mi decisión terminara siendo “una travesura de la nena”. Me sentía como la mina del tango: “con su sombrerito pobre y el tapado marrón” y, peor aún, vestida de percal. Cuando hurgué la cartera buscando las llaves, las lágrimas empujaban, pero no quería llorar. Cuando fui a abrir vi un papelito doblado pegado en la puerta que decía: Liliana – 3º C. Lo desdoblé y: «Prima: esta noche a las nueve te espero en el Hotel Crillón. Quique». Entré a los tropezones al depto, me bañé y me vestí con la mejor pilcha, maquillada como para una fiesta, no quería que mi pariente notara mi angustia. Luego del encuentro y contarnos nuestras cuitas me invitó a cenar a Pedemonte. «Esto te mandan tus padres», dijo y me dió un sobre. Me restituían los víveres. Cuando leí la misiva de papá me brotaron las lágrimas: «Querida hija, siempre estaremos a tu lado, papá y mamá». Era muy de ella eso.

«Atendeme, prima. Estoy como asesor de la Cámara. Hablé con el Chiquito y anda necesitando una secretaria acá en Buenos Aires y prefiere que sea de una familia conocida de Jujuy. Andá a verlo, pero el laburo es a prueba, sin compromiso. Si no servís vas a tener que buscarte otra cosa. Vos sabés cómo es esto». «Sí, por supuesto», le contesté, sin saber un pito de que se trataba el “esto”. Así comencé. Chiquito tuvo la paciencia de enseñarme todos los secretos del manejo de la Cámara, pero lo más importante que aprendí de él, fue el amor por esta ciudad. Si a veces me parece verlo rondar con su figura de dandy por las callecitas de Buenos Aires, ¿vistes? La cuestión es que el “esto” y la prueba ya llevan cuarenta años. Hice mi casa en Pilar, a imagen y semejanza de esas casas viejas de la Quebrada de Humahuaca. Lucía vive y trabaja en una empresa de informática en Buenos Aires, pero viaja por todo el mundo. Los fines de semana que está en Argentina me visita.

Por las mañanas, cuando me miro en el espejo, se me hace que mis arrugas son el código de barra del inventario de la Cámara.