Por el chacho matthews

A muchas personas, lugares, hechos, recuerdos, podría dedicarles este puñado de palabras porque se lo merecen. A la memoria de don Véliz, guardabarreras de Perico, por ejemplo. Pero no, no puedo, porque sólo existe un ser al que le pertenece esta historia.

Al niño que fui, a quien después de cincuenta y seis años pude cobijar y comprender.

Cuando llegué al paso nivel de Perico, frené en medio de las vías y me quedé mirando hacia la estación. Era la hora de la siesta. A esa hora don Véliz dejaba que mis primos se colgaran de la punta de la barrera del paso a nivel, luego los elevaba al cielo en esa nave de rayas blancas y coloradas. Yo no subía. Sentado sobre un durmiente me quedaba mirando al Sur, preguntándome si allá, donde se juntaban las vías, estaría Córdoba.

A la noche, la gente concurría a la estación a ver pasar el tren de pasajeros y con mis primos jugábamos a que viajábamos y despedíamos con euforia a seres que nunca habíamos visto. Cuando el convoy se ponía en marcha nuevamente, agitábamos los brazos hasta que la lucita roja del furgón de cola desaparecía en la oscuridad.

Mi madre solía decirme que en ese tren viajaríamos a Córdoba y que de allí volvería sano. Antes de dormir me contaba que Dios había mandado un ángel para que me cuide y acompañe siempre. Juntos repetíamos: Ángel de la Guarda, mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. «Cuando seas grande irás a estudiar para ser “alguien”, ganarás mucha plata y me llevarás a Europa a ver la nieve. No quiero morir sin conocerla», anhelaba.

Una noche de invierno partimos a Córdoba. Las tías y los primos fueron a despedirnos. El balido bronco de la locomotora anunció el inicio del viaje y arrancamos entre adioses y deseos esperanzados. Cuando el tren llegó a Güemes, subieron pasajeros con valijas de cartón y canastos cubiertos con manteles multicolores. Ansiosos acomodaron su equipaje y agitando sus manos saludaban a los del andén. Así estuvieron hasta que la oscuridad borró la estación y la última luz del pueblo. Un silencio melancólico acompañaba el golpeteo de las ruedas en las juntas de las vías. Disimuladamente alguien desató un envoltorio de repasador anudado y el vagón se saturó con vapores de comino y ají. Otros lo imitaron y el coche se transformó en una fonda frenética y bulliciosa como las que había frente a la estación de Perico.

Con las primeras luces del día llegamos a Tucumán. Me molestaban las paradas. Quería llegar rápido a Córdoba, pero a lo largo del viaje, el tren siguió deteniéndose en otras estaciones.

 Al salir de Tucumán, el campo era verde, los cerros azules y el aire dulce. Más tarde, la tierra se volvió pobre y seca. Paramos en estaciones rodeadas de ranchos mustios. Antes de que el tren se detuviera, niños harapientos y descalzos corrían a la par de los vagones por andenes de tierra cuarteados por el sol. Con los brazos en alto y voz de hambruna larga ofrecían pantallas, loros y tortugas. A la hora de la siesta la gente dormitaba desparramada sobre los asientos. De los baños salía un tufo ácido que se mezclaba con el hedor de restos de comida y cáscaras de frutas esparcidas por el piso.

Sobre el suelo yermo de la planicie aparecieron manchas blancas que crecían a medida que avanzábamos. Luego, todo fue una llanura albina. Un aire salobre se colaba por los intersticios de las ventanillas. Al rato de andar por esa pampa shalaca, el tren paró en un lugar donde sólo se veía una casilla con los herrajes mordisqueados por la sal y un cartel negro con letras blancas que mi madre me leyó: «Totoralejos». El único movimiento que se percibía en el paisaje era el cabrilleo del sol en los cristales de la sal. Como si de pronto hubiera terminado el invierno, el vagón comenzó a calentarse. El aire se puso denso. La gente se desperezaba con la modorra marcada en sus caras. Las guaguas lloraban y el tren no arrancaba. Así estuvimos hasta que, en sentido contrario al nuestro, llegó un pesado tren de carga que pasó por el apeadero sin detenerse. Cuando sólo fue un punto oscuro en la inmensidad blanca, volvimos a andar. Durante un largo trecho sólo vimos las salinas. A media tarde aparecieron lamparones pardos sobre el salar. Más adelante, el paisaje se volvió marrón escarcha. Entrada la noche llegamos a Córdoba. Las luces de los carteles luminosos reflejándose en los adoquines húmedos, me deslumbraron. Un coche de alquiler nos dejó en una casa grande y gris donde nos alojamos.

Al día siguiente, muy temprano, fuimos al hospital. El edificio era parecido al de la pensión. Cuando entramos metí la mano en el bolsillo de mi abrigo, apretujé el pañuelo y, haciendo como si me sonara la nariz, disimuladamente sequé las lágrimas. Mi madre me abrazó. Recorrimos pasillos oscuros, a los costados había gente sentada en bancos de madera, como si estuvieran esperando un tren. Luego me acostaron. Vinieron enfermeras y médicos con sus batas impregnadas con ese olor a angustia e incertidumbre de los hospitales. Me auscultaban, hablaban con mi madre y seguían su camino. Después, siguió el flagelo de pinchazos, enemas e indiferencia a mi espanto.

Al otro día, por la mañana, un enfermero me llevó en una camilla por unos pasillos de techos altos y ventanas que corrían como si fueran las de un tren. Al final del corredor encontramos dos puertas con ojos de vidrio. El esmerilado no dejaba ver lo que ocurría adentro. Las puertas batieron y entramos en una sala fría de olor lacerante. Entre los rostros cubiertos busqué una mirada amiga. Entre los ojos asépticos y graves una cara compañera. Cerré los míos y le pedí al Ángel de la Guarda que no me abandonara, pero el ángel no estaba. Me cambiaron de camilla. Ataron mis brazos y mis piernas. Una luz punzante me encegueció. Una máscara acre cayó sobre mi rostro. «Contá», ordenó una voz: uno, dos, tres… Y me escapé corriendo como el viento, por un mundo largo y ancho y me trepé a la barrera de don Veliz. En lo alto sentí que caía una nieve tibia con la que mi madre hacía flores que pintaba con la luz de sus manos.

Los viajes se repitieron durante años. En cada entrada al quirófano disminuían las esperanzas. Cuando terminé la primaria me enviaron a estudiar a Córdoba. En esa época percibí que el bisturí no era mágico. La barba y el bigote camuflaron las cicatrices y una coraza impenetrable encadenó la sonrisa del niño. Mi madre alcanzó a conocer la nieve en un crudo invierno de Salta y se llevó con ella al Ángel de la Guarda. La estación del tren ahora está vacía, en el andén ya no se escuchan las voces de los niños ni se los ve agitar los brazos… Porque ya no pasan más los trenes por Perico.

Ilustración: Cuadro “Ya no pasan más los trenes por Perico”, de Liliana Matthews