Nuestras columnistas invitadas, Eugenia Douek y Olga Pérez del Bello -una porteñísima del barrio de Núñez y una muy bonaerense de Coronel Suárez- nos regalan, a modo de despedida del año, textos que son capaces de conmovernos por estos tiempos de lágrimas fáciles y de esperanzas difíciles, en que el tiempo parece no tener más tiempo. La Barraca les agradece, las abraza y las espera en febrero

 

SEGUIR AMANDO

Por Eugenia Douek

 

Qué pena ver tante gente transitando sin destino.

Sin sentido de la vida, sin abrazos, sin amor.

Con el alma aprisionada, por cuerdas de la razón.

Con brazos que no se juegan a entregar el corazón.

Como cuerdas de guitarra cortadas por la mitad,

ya no vibran sus entrañas dentro de la realidad.

Qué sucede con el arte de sentir amaneceres,

que da vergüenza mostrarse sensible y emocionado

ante la naturaleza que a nuestro lado aparece.

Que se despierten las almas, que reciban las estrellas,

que iluminen los caminos sin finales conocidos.

Que cuando toque partir, cargando nuestra mochila

haya exceso de equipaje por amores recorridos.

Recibidos y entregadas que, aunque no correspondidos,

la vida siempre se encarga que vuelvan más encendidos.

¡que así sea!

 

 

PANDEMIA EN CLAVE DE AMOR

Por Eugenia Douek

 

Recuperar la confianza

en nuestra fuerza del alma.

Llenar de luz los recuerdos

que ocupan nuestra memoria.

Reparar esos agujeros

de enrulados caracoles

de dolor desconocido.

Desempolvar a los sueños

que arrinconados quedaron

aburridos y esperando

que alguna voz los convoque

a cantar un canto nuevo.

¡No tocar las telarañas!

que atraparán los amores

que pasan inadvertidos

en nuestros ojos dormidos.

Y a las heridas, bordarlas

con lanas de mil colores.

Desechar lo que nos daña.

Abrazar los afectos que valen la pena

y despedir a los que no la valen.

Abrir las ventanas a la vida.

Prepararse para seguir amando.

¡Listo!

Ya está el alma ordenada, dispuesta y curiosa.

Esperándote, 2022.

 

 

                      INSTRUCCIONES PARA HACER UN DÍA FELIZ II

 A mi enamorado de siempre, Julio Cortázar (gracias por llevarme de la mano)

 

Por Olga Pérez del Bello

     Abra los ojos lentamente. Sonría. (Si no tiene ganas, no importa, sonría igual).

Si durmió sola, decídase a cortar la racha ya mismo. Si durmió acompañada, bésele la espalda.

Póngase de pie, enderece la columna vertebral antes de dar el primer paso. Camine con actitud hasta la ventana y levante las persianas hasta que el sol le dé en la cara. Si no hay sol, imagíneselo.

Póngase la bata o cualquier cosa que esté a su alcance para cubrir la espalda y siga sonriendo, aunque sienta frío.

Vaya a la cocina y encienda la pava eléctrica. Tueste el pan (que sea de salvado, por favor), unte la tostada con lo que más le guste y muerda pedacitos pequeños. Mordisqué lentamente mientras da gracias al cielo por estar haciéndolo. Observe el jardín, piérdase en él (pero no demasiado, no sea cosa que no volvamos a encontrarla). Beba su cortado disfrutando de cada sorbo.

Prenda el celular. Chequee si tiene algún mensaje. Si lo tiene, léalo tranquila, como deletreando. Imagínese el rostro del que se lo envió, personalice el acto. Si no tiene mensajes, no desfallezca, ya llegarán.

Abra las páginas de los diarios. Infórmese sin sobresaltos. Salté: robos, asesinatos, muertes por accidentes o por Covid, desapariciones, enfermedades, incendios, separaciones. Es decir, quédese con lo que realmente importa: música, literatura, educación y arte en general. (Puede mechar leyendo la vida en Finlandia).

Pase a la otra fase: envíe algún whatsapp:

¿Cómo estás? ¿Dormiste bien anoche? (Espere la respuesta como agua de charco, ya llegará).

Llame a la panadería y encargue una tarta de verduras para el mediodía.

Dúchese sin apuro, sienta el agua caliente que le recorre el cuerpo y de gracias por tenerla, tarde más, tarde mucho. Es conveniente cantar algo para que los demás sepa que aún está con vida. Cante cualquier cosa menos el payaso Plinplín. “O sole mío” estará bien.

 Vuelva a su cuarto desnuda, ríase de sus kilos de más (Si ya sé que joden, pero la vida es bella). Elija la ropa evitando los tonos grises o negros. Prefiera el azul, algún rojo o amarillo; incluso el blanco, que siempre queda bien. Póngase abundante perfume, un collar o aros (si usted usa lentes, no conviene ponerse las dos cosas; pero si no los usa, métale no más). Busque el barbijo más coqueto que tenga y salga.

Salga con ganas, pisando fuerte, diciendo “aquí voy”, “aquí estoy”, (trate de no tropezar. Caerse ahora sería romper la magia iniciada).

Vaya al centro, siéntese a tomar algo en un café. Mire pasar la gente, sonríale. Si su pueblo es pequeño y se conocen todos, (como me pasa a mí) aproveche a derramar abundantes saludos. (Abrazos todavía no. La Ómicon está apretando)

Devuelva esa mirada esquiva del muchacho que está en la otra mesa (muchacho es una manera de decir, puede ser muchacha también, aunque no es mi caso) y que la mira cada vez que la ve. Salúdelo (aunque sea a la fuerza, una nunca sabe).

Llame a su hija e invítela a encontrarse son ella a la tarde para charlar, esta vez sin sus nietas.

Más tarde, ahí sí…llame a sus nietas por teléfono.