Por Eduardo Lalo Aibar

Allá por La Reconquista

de la Gran Ciudad del Plata,

(presagio de otras hazañas)

un Subteniente norteño,

cual Corsario de a Caballo,

abordaba una Goleta.

 

Mestizos, Pampas y Criollos

a la orden de ese joven,

galopan el turbio Río

para treparse a la nave,

que a chuzazo y boleadoras,

dejan fuera de combate.   

 

Al tiempo de romper cadenas

y dejar de ser Colonia

hombre de armas e ideas

emprende la “Guerra Gaucha”.

 

San Martín confía en él la tarea

de encarnar la vigilia Libertaria       

Frontera al Sur del Alto Perú.

 

En Tucumán está quieto,

el Ejército del Norte,

Armas, Jefes y Soldados

a otros planes responden.

 

Gobernador en sus Pagos

y defensor de la Patria,

con poca tropa y apoyo,

semeja la Tierra misma,

turbional, inatajable

al galope en sus Guerrillas.

 

Por proteger la Familia

de los que van a la lucha

y respetar sus derechos,

tiene el Pueblo de su lado

y a los ricos de enemigos.

 

En tanto el fiel Paisanaje,

todo deja y da la vida

por Cerros, Yungas, Quebradas,

entre citas y banquetes,

mezquindad, odio, temores,

la “decencia”, ruin, conspira.

 

En Cabildeo tramposo,

en su ausencia lo voltean

e intentan rendir la Ciudad

al mando de los Realistas.

 

Aunque el intento fracasa,

deja huevos la serpiente.

 

Con ser muy veloz su flete 

y cruzar a brincos el Río,

no puede alejarlo a tiempo

del disparo traicionero,

carga de infamia y veneno,

que entreteje la emboscada.    

 

El pie de un árbol añoso,

que en su raíz enrojece,

agoniza Martín Güemes

y empieza a frustrarse el sueño,

de una sola Patria Grande.

Eduardo Lalo Aibar