Por Enrique Aicardi

El aroma de los perfumes femeninos predominaba en el ring-side. Se podía ver a mujeres elegantes, hermosas y distendidas acompañadas por hombres de trajes oscuros, corbatas luminosas y zapatos brillantes. El humo de los cigarrillos agonizaba al mismo tiempo que se escuchaban cánticos alegóricos que daban un sonido especial a la impresionante fiesta por comenzar.

El Luna, la catedral del boxeo, esperaba la magia de su elegido. Desde la calle se sentía el reclamo de los que no pudieron entrar “Entradas agotadas” decía el cartel. Ya sea por Corrientes o por Bouchard un centenar de aficionados elegían quedarse con sus radios portátiles para acompañar a su relator preferido y acariciar las exclamaciones de quienes habían llenado el estadio.

Locche fue distinto a todos los boxeadores de la historia. Lo llamaban el Intocable, nadie le podía pegar. Fue a raíz de un comentario escrito por Eduardo Maschwitz en La Nación “El boxeador mendocino pareció intocable”. El Gráfico en 1962 realizó una nota que decía “el intocable Nicolino Locche”.

No bailaba ni saltaba, Locche evitaba los golpes de sus rivales que partían a cincuenta centímetros de su frente, apoyaba su espalda en las cuerdas para elastizar el espacio hacia atrás, movía el torso, quitaba la cabeza del radio comprometido hacia ambos laterales y, tras veinte golpes lanzados al vacío por el adversario, lo palanqueaba con sus puños o antebrazos hasta amarrarlo y producir el clinch.

Rodolfo Braceli valiéndose de la cámara ligera lo vio como Chaplin, porque sus cuerpos en movimiento resultaban simétricos.

Chico Novarro con su canción “Un sábado más” en referencia a un sábado en Buenos Aires decía “total esta noche minga de yirar si hoy pelea Locche en el Luna Park”.

Para que llegara a enfrentar a Paul Fuji fue necesaria una enorme tarea  de Tito Lecture ante la Asociación Mundial de Box que siempre lo postergaba. Todos dudaban del espectáculo que pudiera brindar un boxeador no convencional, alguien a quien era imposible pegarle, que no atacaba, que generalmente pegaba y se iba.

La propuesta consistió en una bolsa de cinco mil dólares, que sumados a los mil quinientos que le pagó la Bodega Peñaflor, permitió que, Nicolino, su maestro Paco Bermúdez, Tito Lecture y Juan Aguilar como “sparring” viajaran a Tokio.

El 12 de diciembre de 1968 llegó al auge de su carrera deportiva consagrándose como titular de  la corona de los super ligeros, al vencer al campeón mundial Takeshi Fuji en Tokio, Japón. Era de noche y llovía a mares en la capital de Japón y por coincidencia en Argentina también. El evento se desarrollaría en el Estadio Kuranial Sumo. LS5 Radio Rivadavia había enviado un equipo integrado por Osvaldo Caffarelli como relator, Ernesto Cherquis Bialo como comentarista y Cacho Fontana como locutor comercial.

Fuji era terrible, extraordinariamente agresivo, hosco, su rostro no dibujaba nunca una sonrisa, de gran físico, experto en artes marciales, un auténtico samurái potente, listo para la batalla a grito de guerra.

Mientras, en el otro camarín, debieron despertar a Locche que estaba haciendo una siestita mendocina, se había acostado para relajarse y estaba profundamente dormido, todo esto, una hora antes de subir al ring.

Aquella histórica pelea por el campeonato mundial fue una clase de boxeo, una joya de la historia, Nicolino debía asumir el ataque como fórmula de persuasión, pasaban, perdiéndose en el espacio, los ganchos y los swings, los cross y los jabs de Fuji.

Round a round el castigo recibido iba descomponiendo los pómulos del campeón mundial, sus ojos se iban cerrando hasta que en el octavo Fuji intentó poner una mano salvadora, pero ya era un papelón, un Locche veloz y espectacular estaba por cumplir el sueño de ser el campeón mundial. En su banquito, ya sin visión, sangrante, Fuji movía su cabeza en señal de no continuar, el hombre no salió en el décimo asalto. Locche lo había logrado.

Trato de recordar la más hermosa obra de arte que un boxeador pudo haber realizado, su armonía, su plasticidad dieron un espectáculo imposible de repetir.

Fue campeón mundial sólo cuatro años (1968 a 1972) pero boxeó durante diez  años más. Muchos consideraban que su boxeo no era ortodoxo y lo vieron como el arte de lidiar toros con algo de sensualidad en los esquives, la presencia de un artista.

Siempre fue impredecible, cuenta la historia que un domingo Nico  salió de su casa a dar una vuelta por el centro. Su esposa, Ana María Corvalán, le recordó que no olvidara traer los ravioles para el almuerzo, sin embargo Locche se encontró con un par de amigos y en su Torino se fueron a Salta. Acostumbrada a estas fugas cuando Nico apareció al domingo siguiente le preguntó “¿TRAJISTE LOS RAVIOLES?”.

Bibliografía

Dottori Adrián- Notas

Cherquis Bialo, Ernesto- Notas