Por el chacho matthews

A Oreste Santochi y a Ana María Figueroa, in memoriam

  La batalla había comenzado.

«Hijo, ¿qué te pasa? ¿no vas a ir a trabajar?», preguntó mi padre.

«No, papá. Tengo fiaca».

«¿Por qué no vas a verlo a Sanmillán?»

«¿Qué te anda pasando?», me preguntó el facultativo.

«No lo sé doctor. Me agarró la fiaca, como a Norman Brisky en la película».

Luego de los análisis y estudios de rigor, Sanmillán dijo: «clínicamente estás bien, pero te sugeriría que lo veas a Montagna».

«Qué le anda pasando, amigo», me preguntó el psiquiatra.

«Tengo fiaca».

Después de conversar un rato, dijo:

«Su subconsciente se le está rebelando. ¿Tiene algún problema en su entorno?»

«Sí».

«¿Puede contármelo?»

«Estoy en medio de un fuego cruzado y juego de carne de cañón».

«Muy bien, amigo. Va a tener que poner un cable a tierra. Vaya a su casa, pinte, riegue las plantas o haga lo que más placer le cause».

«Bueno, muchas gracias. Buenas tardes».

«Espere, le hago el certificado para que no me lo maten en la batalla y venga cada vez que lo necesite. Le sugiero que busque otro trabajo».

«En eso ando», respondí.

Montagna me extendió un certificado médico del servicio psiquiátrico del hospital San Bernardo. Salí del consultorio y fui caminando hasta la Orillita del Canal. Me senté en un puesto de empanadas y pedí cuatro de carne, fritas, con un vaso de vino. Desde la vitrola Goyeneche cantaba “…sabe que la lucha es cruel y es mucha…”

 El lunes siguiente, viajé a Tucumán. Me presenté en el servicio médico de la universidad. Me acordaron una licencia por treinta días. Repetí la misma rutina durante seis meses. Pinté la casa de mis padres, le cuidaba las plantas a mi madre, los viernes iba de pesca y los sábados de parranda. En cada viaje a Tucumán, mis amigos no docentes, me asesoraban e informaban sobre las acciones de la Quica, a quien, por sus malos tratos al personal administrativo la tenían entre ceja y ceja. Era una partida de ajedrez. Cuando la Quica quería mover una pieza, con el asesoramiento de mis amigos, me le había adelantado.

A principios de diciembre, la directora del servicio médico de la Universidad me dijo:

«Cuentemé qué le pasa. Usted ha sido profesor de mi hijo y por él sé que es buen docente».

«Gracias doctora. Yo siento que estoy en condiciones de volver a trabajar, pero el doctor Montagna me dice que es prematuro todavía. Usted leyó su diagnóstico».

«Está bien, le extiendo la licencia, pero si está situación continúa, el próximo mes antes de venir por acá pase por el servicio de Inspección Médica de la Nación. El que está frente a la plazoleta Mitre».

«Gracias, doctora».

La situación siguió por tres meses más. En cada viaje a Tucumán, llegaba muy temprano al servicio de inspección médica. El edificio era una vetusta construcción de los años cuarenta, seguramente se habría construido en la época de Perón. Aparte del deterioro del tiempo se le habían sumado tabiques internos sin ningún tipo de planificación. Todo era apretado, desordenado y de estilo kafkiano, por lo edilicio y por el trato que recibían los pacientes. La mayoría de los que concurrían era gente pobre, excluidos. No se los consideraba humanos, sino seres molestos con los que tenían que lidiar. Para matar el tiempo de espera, leía a Kafka y me dediqué a observar con suma atención las conductas de ese conglomerado infrahumano.

A principio de febrero, tuve que someterme a una evaluación psicológica. El profesional a cargo era un joven que me formulaba preguntas ambiguas con doble o más interpretaciones, le contestaba con escuetos monosílabos. Así estuvimos un largo tiempo. Al final dijo:

«Mire, del análisis de la situación y después de esta conversación llego a la conclusión de que usted está en condiciones de regresar a su trabajo».

«Yo pienso lo mismo. Mi opinión es que no hay nada que me lo impida y tengo muchas ganas de regresar a mis tareas habituales».

«Muy bien, entonces redactaré el informe», expresó el profesional. La satisfacción por el logro se notaba en su rostro. De inmediato comenzó a tipiar el informe. Terminado el documento lo firmó y me lo extendió para que lo leyera. Lo leí detenidamente y le dije:

«Estoy de acuerdo»

«Bien, el procedimiento requiere que usted dé su conformidad con su firma».

Puse el papel sobre el escritorio y antes de suscribirlo hice un agregado de puño y letra: El que suscribe, Legajo N° 3327/71, en uso de mis plenas capacidades mentales, y en mi sano juicio, manifiesto estar en un todo de acuerdo con el resultado de la evaluación profesional realizada por el psicólogo Felipe Cantero, referida a la integridad de mis capacidades intelectuales, físicas y psíquicas para reintegrarme a mi cargo docente, haciendo la salvedad de que ante una eventual situación anormal que pudiere surgir en el ejercicio de mis funciones docentes y que de éstas pudieren derivar perjuicio a personas o daños de bienes materiales, la responsabilidad en un todo deberá ser asumida pura y exclusivamente por el referido profesional.

«Allí tiene», le dije y extendí el papel.

A medida que el psicólogo iba leyendo el escrito, la cara se le desencajaba.

«Usted está loco», me dijo

«Tiene usted razón, que tenga un muy buen día».

Mientras salía del consultorio alcancé a observar como el psicólogo destruía con furia el papel.

A mediados de ese mes se publicó un Llamado a Inscripción de Interesados para cubrir un cargo en la Universidad de Salta. Me inscribí y rendí el examen de admisión a mediados de marzo. No era mi especialidad. La exposición fue mala, pero dada la escasez de recursos humanos, me otorgaron el cargo. Mis tareas comenzarían el viernes primero de abril.

A fines de marzo, fui a verlo a Montagna.

«Buenas tardes. ¿Qué lo trae por aquí?»

«Quería contarle que conseguí un cargo y necesito que me dé el alta».

 

Realicé todos los trámites en los servicios médicos correspondientes y el jueves 31 de marzo de 1988 a las ocho en punto de la mañana, me presenté en el box de la titular de la Cátedra.

«Buen día, Quica».

«Buen día, que alegría verlo. ¿Cómo está de su salud?»

«Muy bien, justamente vengo a informarle que me dieron el alta a partir de hoy, motivo por el cual me reintegro a mis funciones».

«Excelente, lo felicito». Bueno, entonces voy a asignarle sus tareas y horarios», dijo y me abarrotó de trabajo docente. Lo espero el lunes entonces.

«A propósito, quería informarle que a partir del próximo lunes hago uso de mis vacaciones anuales». Muy buenos días, Quica.

Se quedó apretando los dientes de la bronca. No podía aceptar la derrota. Cumplidos los cuarenta y cinco días de la licencia anual, desde Salta, mediante carta documento dirigida al decano de la Facultad, renuncié al cargo.

Han pasado más de 30 años de los hechos y aun me pregunto: “qué grado de locura habré portado en ese entonces, ¿o será que aún la porto?, vayuno”.

En la radio suena De cuando estuve loco, interpretado por Serrat.