Por el chacho matthews

A Oreste Santochi y Ana María Figueroa. In memoriam

 Era muy tarde cuando nos retiramos del laboratorio. Con un cartel pegado en la puerta informé que el Sarcófago funcionaba, ignorando que eso constituiría una declaración de guerra.

El lunes la Facultad comenzó a tomar el ritmo habitual de principio de año. Alborozados reencuentros, expresiones de alegría. Por otro lado, los ingresantes con sus caras atónitas y temerosas, pidiendo permiso para todo.

Estando en la reunión de cátedra, donde la Quica exponía sobre el plan anual, recibí un llamado de Santos.

«Bach irá a ver la placa. Busque un ordenanza para que limpie y acomode el laboratorio que debe estar hecho un chiquero», me dijo.

“¡El doctor Augusto Bach!, ¡quién lo creería!” pensé. Era uno de los popes de la institución. Aunque argentino, portaba además del apellido una postura y pensamiento de profesor alemán. Subido a un pedestal establecía una arrogante distancia con la plebe.

Durante mi carrera había sido testigo de la batalla campal entre los integrantes de esa comunidad de científicos que, en un espacio ficticio de racionalidad, exteriorizaban sus mezquinos arquetipos. Educados y corteses, los odios eran viscerales y la competencia sanguinaria. El panteón no era homogéneo y se conformaban alianzas estratégicas, aparte de las constituidas por la endogamia. Se sabía que la Quica, en su época de estudiante era la mujer más bella y apetecida de esa comunidad. Pertenecía a la misma promoción de Santos y éste, según comentaban los más viejos, cargaba con la frustración del enamoramiento eterno y su despreciativo rechazo.

A eso de las once, Bach entró al laboratorio acompañado por Santos. Se asemejaba a un oficial de la SS en visita de inspección. Miró a todos y eructó un seco buen día. Santos, le rendía pleitesías.

“Qué historia habrá entre estos hombres, para que Santos, un guerrero nato, se avenga a tratarlo a este viejo garca como a un superior. Los dos son titulares, ejercieron la dirección del Instituto y, sin embargo… ¿Qué habrá?”, pensaba, sentado en un rincón del laboratorio mientras los miraba.

Santos puso la placa sobre el vidrio esmerilado del atril, sacó la lupa y dijo:

«Observe»,

Bach, inspeccionó la placa:

«Sí, efectivamente, allí está. Lo felicito, expresó y salió presurosamente del laboratorio.

En aquellas épocas, viajaba todos los viernes a la ciudad de Salta a ver a mis padres. Salía en el lechero de La Veloz del Norte a las siete y media de la tarde. Llegaba a Tres Cerritos a eso de las dos de la mañana, mi padre me esperaba despierto y nos quedábamos conversando hasta la salida del Sol. Fueron las primeras y últimas conversaciones de hombre a hombre. El lunes, a las cuatro y media de la mañana, en el lechero regresaba a Tucumán, corriéndole al reloj para llegar a horario a la reunión de cátedra. A la una de la tarde salía hacia Catamarca, donde para yapar el sueldo daba clases en la universidad. Al cargo me lo había conseguido la Quica. El miércoles regresaba a Tucumán a las cinco y media de la mañana. Concentré los horarios de docencia en turnos matutinos, reservando las tardes para las tareas en el Sarcófago. Era una vida de locos. Intuía que duraría poco.

Después del receso de invierno, Quica me hizo llamar.

«Lo cité porque quería decirle que observo en usted, una actitud centrada en sus tareas de investigación y un cierto desinterés en la docencia».

«Disculpe Quica, debo aclararle que cumplo estrictamente con mi responsabilidad en docencia. Por otra parte, usted fue la que me propuso la tarea de investigación, recuerde cuando hizo las gestiones para que realice la pasantía de capacitación», le precisé.

«Sí, pero yo lo veo más interesado en la investigación que en la docencia. Creo que debería hablar con Santos para que le cree un cargo con dedicación exclusiva en investigación. Dispongo de algunos puntos y podría facilitárselos a préstamo, por un tiempo, para ese propósito».

«Quica, interpreto que lo que usted está haciendo es despedirme. Le recuerdo que estamos en un organismo del Estado y no en una empresa privada. Además, usted es consciente de que no es fácil conseguir trabajo a esta altura del año y menos en la universidad. Le propongo que hagamos una tregua hasta que consiga otro cargo y, logrado eso, renunciaré. Usted podrá entender que después de esta conversación, no tengo el mínimo ánimo de seguir en su cátedra. Que tenga un buen día».

Mientras caminaba hacia la dirección, pensaba: “Qué tiene esta mujer, qué mambo la acosa. Me forma como físico experimental, me consigue un cargo para que suplemente el sueldo, me envía a capacitarme para que trabaje con el Sarcófago y ahora, que lo pusimos en funcionamiento, me raja de su cátedra. ¿Es una resentida? ¿Una insatisfecha? Todo lo relaciona con Dios, llenó de imágenes y cruces el laboratorio, despotrica contra la teoría de la evolución con argumentaciones endebles. ¡Cuántas contradicciones! Lo que sí queda a las claras es que tiene un rencor muy profundo con Santos y que no se aguantó que fuera él, el que estuviera a cargo de la tarea de poner en funcionamiento al Sarcófago. Pero, vayuno a saber”.

Le comenté la novedad a Santos y éste, con asombro, dijo que hablaría con ella.

Algo no cerraba, un efrit extraño y denso flotaba en el ambiente.

«¿Usted es o se hace?, hablé con la Quica y dijo que no existió la oferta de los puntos que usted mencionó. Me hizo quedar como un pelotudo».

«Está bien, Santos. Me tengo que tragar el sapo, pero el ofrecimiento existió. No fue invento mío».

Por lo bajo, casi inaudible, Santos agregó: «Es detestable, y encima se casó con ese rengo i’ mierda…»

“Qué situación extraña, qué historias de celos, qué intereses intestinos indescifrables, qué amores no correspondidos mutados a odios juegan aquí”, me preguntaba.

Fueron dos meses de una situación muy tensa que los tres tratábamos de disimular. El proyecto se desvanecía. Santos se alejaba cada vez más de esa quimera.

La guerra estaba declarada. Dos popes se enfrentaban y el cabeza de turco era yo.

El último domingo de septiembre, mientras me duchaba en la casa de mis viejos, pensé: “¡Ésa es!: listo el pollo y pelada la gallina”.

«Hijito, ¿ésta es la camisa que querés que te asiente?», preguntó mi madre.

«Dejá no más mamá, mañana no voy a trabajar».

«¿Cómo? ¿Estás enfermo?».             

«No, me agarró la fiaca».

La guerra estaba declarada. Dos popes se enfrentaban y el cabeza de turco era yo.