Por el chacho matthews

A la memoria de Flash Gordon, Tarzán y Misterix. A los piratas Francis Drake, Morgan e Hipólito Bouchard. Al hombre de la Bolsa. Al Cuco. A las lagartijas: esos animalitos que “vuelan bajito”. Al gol de Maturana. Al Bar y Billares de Bertelli. A la tabla del uno. Al Cine de Villa la Trinidad. Al Sportivo Trinidad y al pretérito pluscuamperfecto del verbo soñar.

Me asomé a través del vidrio de la puerta y vi a Adela Pérez Tartta con sus adiposidades rebalsando por los costados de la silla. Honorio Romero, parado junto a la pesada mesa del Claustro, examinaba con ansiedad el expediente. Juan Rojas caminaba de extremo a extremo por la sala portando el rictus de una sonrisa obsecuente. Presentí que la espera sería larga. Un banco de algarrobo hizo menos agotadora la espera. Los visillos del Decanato dejaban traslucir la figura de L.V. Mansilla, ocupado en su añeja rutina de enhebrar abalorios moriscos. La tarea de L.V. había generado la creación de grupos de investigación. Uno de ellos era el de Técnicas de Unión de Piolín de Collares, cuyos servicios usaba el decano cada vez que terminaba un carretel. El grupo se encargaba de unir la ristra nueva al resto del enhebrado. Era asombroso ver cómo empalmaban una a una las hebras de los piolines y lograban una unión perfecta. Periódicamente publicaban los resultados en revistas escritas en inglés.

Otro grupo se había especializado en la construcción de recipientes adecuados para guardar la hilera. Primero se diseñaron cajas, luego anaqueles para poner las cajas, después se hicieron estructuras de varios pisos para los anaqueles y, por último, silos subterráneos donde se lo guardaba a granel. Pero el grupo de investigación más importante era el que buscaba el principio de la sarta. Todos conocían dónde podían encontrar el último abalorio enhebrado, bastaba con llegarse al Decanato, pero nadie sabía dónde estaba el primero. En todos los ámbitos se comenzó a hablar del síndrome del abalorio perdido. Sin él nunca se podría cerrar el círculo y, así, la ristra nunca sería collar. A partir de esa situación, se creó el Grupo de Investigación de Búsqueda del Abalorio Perdido.

Al comienzo se lo buscó en el ámbito de la Facultad, luego en todo el Campus. Ante los resultados adversos, la búsqueda se extendió a los edificios de otras dependencias universitarias. A partir de allí se comenzó a conjeturar que podría estar en terrenos ajenos a la casa de altos estudios y se llamó a concurso para proveer un cargo de Profesor, con dedicación exclusiva, que ejerciera la función de vinculación con el exterior. Y allí estaba yo, sentado en un banco que las horas iban endureciendo. De pronto se abrió la puerta. Me dispuse a entrar al recinto pero Juan Rojas, sonriendo, me detuvo diciéndome que la entrevista sería más tarde, que me pedía las disculpas correspondientes por la espera pero que, a solicitud de Adela, tenían que seguir estudiando los antecedentes y los planes de trabajo. Regresé al inmutable banco. A partir de allí descubrí un cometa en el barro en uno de mis zapatos y monstruos marinos librando formidables batallas en la humedad de las paredes. Me agaché y miré debajo del banco. Al fondo, en un hueco del zócalo, entre pelusas, descubrí un abalorio morisco que había logrado escapar de la escoba. Con disimulo miré alrededor, me arrodillé, alcé la cuenta y la guardé en el bolsillo.

Pasado un rato, saqué el abalorio y con una hilacha del ruedo del pantalón me entretuve enhebrando y desenhebrando la cuenta.

Después de un largo tiempo salió Juan y dijo:

-Podés pasar.

Entré y saludé a cada uno de los otros miembros.

-Por qué no nos cuentas tu experiencia específica en la disciplina para la cual se sustancia el concurso -propuso Honorio.

-Soy buscador de tapaos -contesté.

– ¿Cómo? -dijeron los tres al unísono.

– ¿Desde hace cuánto? -preguntó extrañado Juan.

-Desde que era chico.

– ¿Y cómo es eso? -husmeó Honorio.

Sí, allá en el sur de Tucumán, el día que decidí zarpar por esos mares cenicientos de tierra y carbonilla de ingenio azucarero. Era la hora de la siesta, momento adecuado para realizar incursiones exploratorias que aproveché para escapar de la tortura de memorizar las tablas de multiplicar, salvo la del uno, que hasta el día de hoy es mi preferida. Ese día descubrí las lagartijas y encontré innumerables tesoros en los fierros y cosas abandonadas a la vera del camino. Así empecé.

-El ejercicio del cargo implica la formación de alumnos del Ciclo Básico. Describimos la metodología -exigió Adela.

-Como primera y única medida, aboliría las clases magistrales. Les propondría a los alumnos que aprendan con el método de la prueba y el error, como el que usan para aprender a jugar con sus celulares y lo hacen tan bien. Les sugeriría que jueguen, que siempre jueguen. Que nunca pierdan la esencia lúdica de la vida. Que rescaten su parte irracional, la fantasía y los sueños. Que no maten al niño.

– ¿Y entonces?, ¿cómo harían para encontrar el abalorio perdido? -interrogó Honorio.

-El primer abalorio está aquí adentro, nunca salió. Algunos tramos pueden estar desparramados por afuera, pero el primigenio está en este recinto.

– ¿Y cómo lo sabés vos? -dijo, molesta, Adela.

-Porque soy buen buscador de “tapaos” y conozco la historia de L.V., a los alumnos hay que alertarlos, porque si no aparece pronto el abalorio perdido, los perdidos serán ellos y la única manera de encontrarlo es jugando.

-No me parece el ámbito ni momento adecuado de la carrera para enfrentarlos con la realidad, si casi son unos niños -sentenció Adela.

-Sí, y en corto tiempo serán el excremento de los hipermercados -contesté.

-Propongo un cuarto intermedio para comer y tomar algo -dijo Juan. La aceptación fue unánime. Adela le pidió a Honorio que la acompañara a la biblioteca. Por el pasillo se movía lentamente. A cada paso los glúteos le temblaban como coliflores gigantes de gelatina. Con Juan nos quedamos en la cafetería.

-Todo lo que has dicho es cierto, pero no era el lugar ni el momento para decirlo. Vos sabés cómo es esto de los concursos -me recriminó Juan.

-Sí, tenés razón, pero cuánto pagarías vos por tener la oportunidad que tuve hoy. Juan se quedó en silencio un momento y luego agregó:

-Como podrás imaginar, el resultado está cantado. Esto es como un traje de confección: ya está hecho, te lo ponés o lo dejás -lo miré y dije:

-Se te enfría el café y gracias por el consejo.

Lo que siguió después fue solo un formalismo.

 Cuando salí, vi a L.V. a través de los visillos, envejecido y encorvado enhebrando su ristra, sin importarle el abalorio perdido. Me detuve a observarlo. Sólo unos pocos sabíamos que el primer abalorio lo había enhebrado sentado en el banco de algarrobo, esperando su turno de exposición en el concurso que le permitió el ingreso, como docente, a esta Facultad.

El pasillo se hizo estrecho y oscuro. Me sentí embadurnado con una melaza viscosa y nauseabunda. En la calle saqué el abalorio del bolsillo y me fui feliz, enhebrándolo y desenhebrándolo. Jugando a inventar poemas circulares.