Por chacho matthews

La tarde que llegué a Medinas era como es esta pieza: pegajosa, caliente y húmeda. Ese día se me apareció por primera vez el moro montado en una mula albina. Ahora lo hace todos los días, cabalgando por la humedad verde que chorrea de las paredes de este cuarto, adonde me trajeron los delantales blancos al otro día de la muerte.

Venía desde San Miguel de Tucumán a determinar la traza definitiva del ferrocarril. Una mula carguera transportaba el equipo topográfico, la cámara y el whisky Bowmore de la Isle of Islay que traía ese día. No como ahora, en esta pieza, donde sólo me dan agua los delantales blancos. Al poniente vi el rancherío de la Ramada.

Luego de vadear el Gastona, donde los animales abrevaron, me senté debajo de un algarrobo a tomar respiro y unos tragos de la cantimplora. Mansamente me dejé transportar por el milenario misterio del lugar, como me transporta ahora, en este cuarto, el silencio viejo de las rejas.

Un resoplido me sacó de las cavilaciones. Me di vuelta y me encontré con el moro que me vigilaba desde un par de cuencos oscuros como el Averno. Nos saludamos parcamente. Le pregunté qué dirección debía seguir para llegar a Medinas. Cuando volví la cabeza, luego de mirar la dirección señalada, había desaparecido. Conmovido, sin entender, reinicié la marcha. Con las primeras sombras y con la resaca a cuestas llegué a Medinas.

En una esquina de la plaza y en diagonal con la iglesia, estaba la fonda con cinco aberturas rematadas en arcos. Las de los costados, enrejadas, oficiaban de ventanas. Por la del centro accedí a un gran salón donde los diferentes sectores se distribuían de acuerdo con el uso. En uno de los extremos un mostrador se extendía a sus anchas de pared a pared. Allí acordé el alquiler de una habitación con pensión completa. Con gesto pétreo el dueño ordenó a una vieja criada que me acompañara hasta mi pieza y luego llevara los animales a la acemilería. Guiado por la mujer traspuse el corredor que desembocaba en un patio empedrado. El milagro del flamante verdor de una añosa parra y el aljibe me refrescaron. Enfilados a ambos lados estaban los cuartos, como están éstos, cuyos techos, alfombrados con musgo, lloran en silencio sobre helechos carnosos.

Luego de desempacar quise desprenderme del amasijo de sudor y tierra que me cubría. En un cuchitril de tablas, con techo de paja, una bordelesa cortada a lo largo oficiaba de tina. Después del baño me quedé disfrutando de la frescura del agua y a través de la ventanita del cuartucho vi pasar, una vez más, al moro, como lo hace a menudo, por esta pieza.

Me vestí rápidamente y me dirigí a la fonda donde después de cenar me quedé pensando en la tarea que debía realizar al otro día. Necesitaba un lugar lo suficientemente alto para tomar las fotografías, la torre del campanario de la iglesia parecía el sitio adecuado. Con esos pensamientos me fui adormilando en la silla. La silueta del moro, montado en una mula alada, me sobrevolaba el sueño, como ahora, que se pasea por el aire verde y húmedo de esta pieza. Un estruendoso carcajeo me despertó y me fui a mi cuarto.

A la mañana siguiente, luego de asearme, alisté el equipo para iniciar la tarea. En las primeras horas hice una recorrida por los alrededores del pueblo. Cerca del mediodía ingresé a la Iglesia llevando la cámara, las placas sensibles y el equipo topográfico. El cura del pueblo salió a recibirme. Le dije que era el topógrafo de la Railway Company y debía determinar el trazado definitivo de las vías. Para ello necesitaba tomar algunas fotografías desde el campanario de su Iglesia. El cura, alisándose las canas y moviendo la cabeza, me hizo saber que había llegado en un momento inoportuno. Que los aprestos que podía observar eran para la boda del hijo de don Saturnino Lobo, dueño de las tierras de muchas leguas a la redonda y obstinado opositor al paso del ferrocarril por sus feudos y dispuesto a impedirlo aún a costa de su vida, según lo expresaba a los cuatro vientos. El casamiento uniría a las familias más importantes de la zona: a los Lobo de Medinas y a los Saracho de Gastona. De todas maneras, el cura accedió a acompañarme hasta el campanario y se ofreció a llevar algunos bártulos. Subimos lentamente por las empinadas escaleras haciendo varios altos para tomar resuello. En todo el trayecto el preste no paró de preguntar sobre el funcionamiento de la cámara y cómo se sacaba una foto. Al llegar, resoplando, nos liberamos del incómodo equipaje.

Me asomé por la ojiva del campanario que daba a la plaza y, luego de admirar las flores de los tarcos, me dispuse a montar la cámara fotográfica y el equipo. El cura consultó su reloj y, rogándome que no dejara de mostrarle las fotos, desapareció por la escalera.

Luego de armar la cámara comencé la tarea. Con el catalejo analizaba la topografía de los alrededores y con el telémetro medía las distancias que luego anotaba cuidadosamente en mi cuaderno. Cuando descubría algún detalle interesante de la plaza, tomaba una foto. A menudo, los preparativos de la boda me distraían. De pronto, en la esquina opuesta a la iglesia, vi al moro con su mula albina y sentí un pestilente vaho a azufre. Tomé el catalejo y me estremecí al comprobar que el moruno se había esfumado. La resaca no me permitía reparar si lo ocurrido era producto del whisky o de la realidad, como en esta pieza sin alcohol, en la que tampoco puedo discriminar la realidad del sueño.

Al finalizar la ceremonia una multitud ajena y alegre pugnaba por acercarse a los novios. Por las copas de los árboles vi cruzar un rayo. Otra vez la maldita resaca, pensé.

El cortejo montó a caballo y comenzó a girar alrededor de la plaza. El novio llevaba la cabecera y un clavel rojo en el ojal de su solapa. En dirección opuesta, de cara al campanario, venía el moro. Desenvainar y describir el círculo cercenador de su espada fue una sola acción. En ese instante abrí el obturador. La cabeza del desposado rodó por el empedrado y quedó al pie de un laurel con el espanto pegado a la tierra. Cuando revelé la fotografía, sólo se veía al novio con la muerte pegada al ojal de su chaqué y, en la esquina opuesta a la iglesia, al moro con su mula albina.

La foto va completándose con cada uno de aquellos habitantes del pueblo que muere. Así van apareciendo, de a uno, todos, impecables, con las galas de ese día y, además, van revelándose los edificios del pueblo con el esplendor de aquellos tiempos. Y aquí la tengo, viva, junto a mis vagos recuerdos, sobre la selva verde que chorrea desde las paredes, calientes y húmedas, de este lugar incierto donde me trajeron, hace tiempo, los delantales blancos.