Por Juan Carlos Di Lullo

La entrega de los premios Oscar siempre pone en la consideración del gran público un conjunto de películas estrenadas recientemente; este año, debido a las restricciones que a nivel global impuso la pandemia de Covid 19, la tradicional ceremonia de la industria cinematográfica no sólo tuvo una apreciable demora en el calendario, sino que incluyó una gran mayoría de producciones estrenadas exclusivamente a través de plataformas virtuales. Hasta el año anterior, era requisito casi excluyente la proyección (aún por breve tiempo) en las salas de exhibición tradicionales.

Las películas en competencia suelen mostrar las tendencias del momento en cuanto a los temas que abordan los argumentos; y, en este caso, no son pocas las producciones que desarrollan o recrean hechos (recientes o remotos) ocurridos en la realidad. La leyenda “basado en hechos reales” que prologa o concluye la proyección se está viendo con mayor frecuencia en las pantallas de todo el mundo.

Veamos dos de los títulos seleccionados para buscar la estatuilla este año (en el momento de la lectura de esta nota, tal vez las incógnitas ya se hayan despejado): “Mank” y “El juicio de los siete de Chicago”.

La primera toma como personaje central al escritor y guionista Herman Mankiewicz (soberbiamente interpretado por Gary Oldman, en una de las caracterizaciones más brillantes de su carrera actoral) y lo muestra en una conflictiva interacción con el peculiar ambiente del Hollywood de los años 30, en plena hegemonía de los grandes estudios cinematográficos, fuertemente afectados por la crisis económica. Una época glamorosa y brillante pero, al mismo tiempo, signada por las miserias y las pasiones personales. Mankiewicz, libra una batalla personal contra su adicción al alcohol y debe lidiar, al mismo tiempo, con las imposiciones de los productores y con los caprichos del coloso Orson Welles: está trabajando en el libreto de “Citizen Kane” (El ciudadano), que será, a la vuelta de los años, uno de los títulos fundamentales de la historia del cine. Además de los méritos cinematográficos que no sorprenden por tratarse de un talentoso director, (David Fincher), “Mank” atrapa por la extraordinaria recreación de la época (aunque en algunos tramos la narración pierda el ritmo) y por la inteligente adopción del blanco y negro para la realización. El dramatismo que agrega la paleta de grises es el mejor marco visual para el desarrollo de una historia dura, violenta, sorprendente por su extraordinaria vigencia. Mankiewicz nunca terminó de acordar el guión con Welles a punto tal, que no participó de la entrega de los Oscar de ese año, en el que la película obtuvo el galardón en ese rubro. Y la actualidad de los conflictos que narra Fincher se vuelve sorprendente al mostrarse con crudeza las presiones, amenazas y hasta extorsiones que lleva adelante el magnate de las comunicaciones William Randolph Hearst para impedir, primero el rodaje y después, el estreno y la proyección de la película, ya que el ciudadano Kane del título pensado por Welles no era otra cosa que su vívido retrato. El argumento de la película mostraba sin metáforas su influencia política para favorecer sus propios intereses económicos y empresariales.

Otro de los filmes nominados es “El juicio de los siete de Chicago”, que hace referencia al proceso judicial al que fue sometido un grupo de personas de distintas etnias, clases sociales, ocupaciones y orientaciones políticas. Fueron acusados de conspiración para provocar disturbios y manifestaciones en contra de la guerra en Vietnam, mientras se desarrollaba la Convención Nacional del Partido Demócrata en Chicago, a fines de la década del 60. Las películas que incluyen escenas desarrolladas ante los estrados judiciales tienen una audiencia garantizada, porque los juicios son intrínsecamente teatrales y dramáticos. Ésta no es la excepción porque, a la natural intriga que propone una trama intensa y cambiante, se suma la variedad que aporta la pintura de personajes singulares. Cada uno de los acusados tiene una historia propia y llega ante el escritorio del juez por distintos motivos. Son estigmatizados con una variedad de excusas; orientación política, raza, posición social, rango etario y, además, se les inventa una actividad conspirativa…  pero, en realidad, sólo comparten el triste destino de haber sido declarados culpables antes de ser sometidos a juicio. El magistrado (Frank Langella, un especialista que agrega, en esta película, un villano más a su ilustre galería personal) es un monumento al prejuicio, a la pertenencia al establishment, y a la interpretación caprichosa y personal de los códigos procesales en vigencia. El juicio no es otra cosa que una farsa, sólo sirve para mostrar cómo un poder del Estado puede ser distorsionado por la intromisión de la política partidaria en su funcionamiento, hasta convertirse en un mero instrumento de los poderes fácticos.

Hollywood, 1930; Chicago, 1968.

Como si no hubiera pasado el tiempo y como si las distancias no existieran.