Por Silvio Randazzo.

“Desde un póster viejo me veo gritar”, canta. El esfuerzo de producción por tonarlo presente da resultado, Indio Solari está ahí, está con su banda, con su público, está conmigo. Rezando solo se titula la canción, (así se la menciona en su canal oficial de YouTube) aunque, cuando Gaspar Benegas la anuncia, utiliza el mismo título con que la conocimos hace 8 años, cuando Indio se la cedió a la Orquesta Típica Ciudad Baigón: Las ventajas de rezar solo. Son aproximadamente las 2.20 de la madrugada del domingo y miro A los pájaros totalmente conmovido: Indio está presentando canciones nuevas.

La letra me hace pensar en mis pósters de Indio, de los que comenzó a bajarse hace algunos años. La idea de póster excede a la lámina sostenida sobre la pared: póster es ese lugar cristalizado, antibalas, donde es relativamente fácil colocar a artistas que admiramos con frenesí. En términos sartreanos, el póster es un en sí, no será nada distinto de lo que es. En este caso, un músico sin pasos artísticos en falso, sin contradicciones, sin bajezas, sin vejez, sin Parkinson. Invulnerable. En algún punto, un póster es imbatible y así fue Indio para mí durante décadas.

Cuando digo que Indio comenzó a bajarse del sitial en que lo había idealizado, hay que buscar los motivos de esa terrenalización en sus problemas de salud, en su vulnerabilidad. Cuando en el hipódromo de Tandil, el 12 de marzo de 2016, a falta de 15 minutos para el inicio del concierto, Indio salió solo al escenario, liberó su cabeza de la capucha y confesó que “Mr. Parkinson me anda pisando los talones”, en ese instante el póster cayó al piso. Definitivamente. El en sí se proyectó, devino en para sí y en el camino halló la enfermedad, el achaque físico, la proximidad de la muerte.

Escribo con alguna licencia, pero sin malversación de los sentimientos de entonces. Claro que la biología de Carlos Alberto Solari ha sido tan propensa como la mía a ver corroído su esplendor. Desde ya. Pero la admiración desbocada, tal vez torpe pero jamás vacía, me convencía de que ese alquimista de mis emociones no podía marchitarse –o incluso morir– como cualquiera. Como yo.

En aquella presentación pública de Mr. Parkinson se laceró algo más que el espíritu de una noche serrana en que Los Fundamentalistas ofrecieron un grandísimo show (por performance, por la ensoñada lista de temas), el primero de Indio con Macri en la presidencia. Y cuando comprendí qué era lo que se había afectado tanto, entendí también que con el póster había estado tributando algo más que la figura de mi artista predilecto. En Tandil y por patológico que parezca, el reconocimiento que hizo Indio dañó un refugio y, por ello, bajó del póster mi seguridad.

Quiero poder explicar esto con nitidez.

En los ’90, cuando ser adolescente de clase media baja implicaba –con muy pocas excepciones en mi experiencia– encarnar el desencanto con la clase política, con las generaciones precedentes por el mundo legado y advertir que nos habían estado preparando para que lubriquemos con nuestras entrañas la máquina de picar carne, en mi circunstancia únicamente Los Redondos hacían posible disipar el humo para ver el bello fiero fuego. Al menemato, a la angustiante y precaria lucha de mi familia y al opaco porvenir, yo les anteponía las letras de Indio, la épica Redonda, la pertenencia a la que elegí sujetarme cuando el neoliberalismo, cual Moloch, lo engullía todo con fauces imposibles de enternecer.

Entonces, en el póster desde donde aquel Solari le grita a éste, que canta en una pantalla instalada en el paisaje ciberpunk de Epecuén, que lo que yo veneraba era un abrazo y una certeza: la de no sentirse solo. La fragilidad de la salud de Indio hizo caer del póster todo aquello que tranquilizaba mis miedos. Ahora, en el streaming grabado en el pueblo muerto, él canta: “Yo ya no puedo cumplir hazañas que prometí”. Se siente como si Atila les dijera a los Hunos “vayan ustedes que yo los miro”. Orfandad. Pero no merece Solari que le cargue mochila alguna, no debe contemplar ni una astilla de responsabilidad asignada. Compuso, grabó, editó y cantó en vivo. ¡Se trata de mí! De haberme sentido arrollado por tantas tempestades personales y sociales y de haber dado con sus canciones, donde siempre estuvieron diferenciados los malvados de los desangelados tiranizados, la macrolocura (pergeñada con maldad) de los corazones que se vieron empujados a deambular por las cornisas, el amor del mercado fruslero que lo falsifica. En ese asilo nunca me sentí subestimado ni convidado al confort, mucho menos un hámster al que distraen y anestesian: allí te protegen, te abrazan y alimentan, pero hay que pelear, porque vivir cuesta vida, porque los hijos de puta no descansan nunca y porque el que abandona no tiene premio.

La madrugada sigue ratificándose en el albor dominguero. La imagen HD de Indio se agiganta en la desolación de Epecuén. La canción es bellísima, muy. “Un ángel sonso amateur me condenó al Paraíso/ Sólo me falta saber la fecha y el lugar, y allí iré cantando…”. Indio querido: hasta que debas desvestirte de esta vida, que tu marcha no impida que sigas cantando. Mi orfandad y yo prometemos acompañarte.