Por Silvio Randazzo

Me gusta pensarlo como un protector de la belleza. De la belleza que él mismo generaba. Hacedor y guardián. Una belleza que, si la estoy refiriendo, es porque la atestigüé. ¡Sin privilegios, eh! Fui alguien más entre centenas de millones. Entonces, él fue hacedor, guardián y dador (¿proveedor?).

Lo fue en su terruño –allí donde pisara– y de igual forma donde pisaba yo, que pasaba a ser su piso, su pasto, su casa. ¿Por qué? Porque si bien yo pisaba a miles de kilómetros de donde él pisaba, yo soñaba con ser él. Mis escasos dones no, pero mi emoción convocaba su excelencia. Con pudor, porque tenías que ser un botija muy descarado para siquiera soñar ser cómo él. Porque más allá de un talento inusitado –debe haber birlado la clave de la caja fuerte de alguna divinidad–, más allá de la intuición y la valentía, su juego era un talismán de belleza, con un poder de estremecimiento que parecía impropio de ese deporte. Entonces, abrigar las propias fantasías con su belleza te hacía un insolente.

Ahora bien, me pregunto hoy: Si no soñás con encarnar algo de ese arte, ¿con qué vas a soñar?

El arte y la belleza del juego de Diego Maradona.

Impuso belleza en un deporte donde, en su malformación profesional, no anidan condiciones que la envalentonen. Las consignas “ganar” (o “no perder”), “matarte dentro de la cancha”, “que no nos roben la guita”, “los códigos”, “¡lo tenés que pisar!”, “ellos o nosotros”. Un refranero que atenta contra la belleza, se legitima como antítesis. Un buitre que espera avistar el cadáver de la belleza para acecharlo.

Y Diego no hacía otra cosa que espantar esos buitres. Él, que no aprendió de belleza hasta que empezó a esculpirla con sus pies. La belleza de la que fue hacedor ha sido ese desmedido milagro que floreció en la putrefacción de flashes, palmadas de cotillón, millones de dólares, gramos, fama. Tan hercúleo el don de su juego que lograba pulsear contra todo ese otro ecosistema de daños que el propio Diego concentraba. Pero nosotros y nosotras –los y las que nunca podíamos comprar la boleta del “Loto de la Vida Resuelta”– sentíamos que la belleza de su juego era su regalo y su abrazo. Y nuestro amuleto.

El sistema todo nos decía que para ser alguien había que poseer (claro que, detalle, se trataba del mismo sistema que nos impedía tener lo mismo que imponía tener), en tanto Diego nos ofrecía belleza. No estoy seguro de que, entonces, pudiéramos dimensionar esta diferencia, pero lo cierto es que así era. Él nos regalaba belleza y espantaba los buitres de un mundo afeado. Más luego, en su caverna de cristal y con el síndrome del terremoto permanente bajo sus pies, no conseguía rechazar a los vampiros –“mercaderes, traficantes, más que náusea dan tristeza, no rozaron ni un instante la belleza”, en palabras de Aute–.

La pelota sigue siendo hoy la única testigo íntegra de la forma en que Diego lo embellecía todo en un campo. Una belleza tal que lo transformó en artista y artífice de una revolución. Revolucionaria belleza: por la capacidad de conmoción, por ser inextinguible, por tratarse de la mejilla que le reclamaban a Diego poner cuando pagaba los platos rotos de su vida, donde era vulnerable, menos talentoso, artífice de miserias imposibles de asimilar con su dote futbolística. La pelota sabe bien que la belleza del juego de Diego no se mancha. Ni la pobreza, ni la riqueza, ni la falopa, ni los Coppola, ni la FIFA (ni otras mafias), ni su endiosamiento, ni su ostentación, ni su vanidad, ni su violencia, ni su enfermedad, ni sus doctores, ni la muerte podrán manchar esa belleza.

El vampirismo que lo cercó podrá sentar (como escribió Rimbaud) a la belleza en su falda y la encontrará rancia, acerba, y no tardará un pestañeo en injuriarla. En cambio, Diego, que tuvo tantos tesoros, pero una sola riqueza, no necesitó jamás esperar por la belleza. La belleza estaba en él, en su juego inigualable. Y esa belleza me invitó a soñar.

Diego es único por el tipo de belleza que pudo concebir. Una belleza cósmica. Su pie izquierdo fue un Aleph que nos permitió ver todas las bellezas de las que es posible el fútbol.

Hoy escribo estas líneas de manera arrebatada y muy poco bella. Injustas por insignificantes para la belleza que quiero tributar. Seis meses que te moriste, Diego. La Parca no es estúpida. ¿Turra? Seguro. Pero estúpida no me parece. No debe haber tenido opción (quizá hasta la hayan amenazado de muerte). ¡Cómo no va a saber que por mucho corazón que apague, la belleza de tu juego es inmortal! Si no hace falta –y así te lo cantó Alorsa– “más que entrecerrar los ojos para verte gambetear”.