Por Chacho Matthews

Como todas las tardes a la hora de la siesta, salvo los domingos y fiestas de guardar, Serafín de la Vega conversa con su compadre Estanislao Becerra mientras toman un café en el Bar Español de la ciudad de Cruz del Eje.

-Esta mañana vinieron dos mujeres a encargarme un trabajo que me dejó preocupado. Una es de acá cerca, se llama Francisca Díaz. La otra es Dora Monteros, que tiene un puesto en la feria de artesanos de San Marcos Sierra. Seguro que usted las conoce, compadre -dijo Serafín.

-¡Ah, sí! Francisca, la tejedora. ¡Pobre mujer! -exclamó Becerra.

-Usted la conoce, entonces…

-Sí, todos en Quilpo y en San Marcos Sierra la conocen. Es de una familia de tejedoras artesanales. Crían ovejas que ellas mismas esquilan, hacen el hilado con husos de huesos a la manera antigua, como sus antepasados aborígenes. Según se cuenta en Quilpo, la madre mató a su pareja porque violaba a la Francisca desde que era pequeña. Dicen que una mañana de invierno apareció muerto, asfixiado por las emanaciones de un bracero mal encendido. Cuando la Francisca cumplió los trece, su madre la mandó a estudiar para maestra en la Normal de Deán Funes y de allí vino juntada con el Froilán Moreno, sin el título y con dos hijos a cuesta. Ahora teje ponchos y mantas que vende en el puesto de la feria de su comadre Dora. Pero, qué encargo le han hecho, compadre.

-Me pidieron que les haga un huso silencioso -Serafín quedó en silencio un momento, como tomando impulso, y luego continuó con el relato.

 -Cuando llegué esta mañana al taller estaban esperándome sentadas en el umbral del portón de entrada, se les notaba la angustia y tenían los ojos enrojecidos, como si hubieran llorado toda la noche. Después de los saludos las hice pasar y les pregunté en qué podía ayudarlas, entonces la Francisca me preguntó si podía hacerle un huso que hilara sin hacer ruido. Le expliqué que soy herrero y no sé nada sobre hilados. Le consulté por qué la quería silenciosa y me contestó: «Porque el huso hace mucho ruido al golpear en el piso». Alcancé a decirle que eso lo sabía, pero no pude terminar la frase, porque su llanto tapó mis palabras y salió corriendo hacia la calle. Sorprendido, le pregunté a la otra mujer, qué le pasaba.  «Disculpelá, señor, yo le voy a explicar», y me contó que la Francisca tiene cuatro niños, cobra la Asignación, pero no le alcanza. Es por ello que, además de atender la casa, cría unas ovejas para tener lana que ella misma hila y teje prendas que su comadre Dora, para ayudarla, vende en el puesto de la feria. Aparte de eso, tres días a la semana trabaja por hora en la casa del médico de San Marcos Sierra. El marido se pasa todas las noches jugando a las cartas y chupando en el boliche, cuando vuelve a la casa no quiere que la Francisca hile porque dice que el huso hace ruido al chocar en el piso y no lo deja dormir. Pero como ella lo mismo hila porque tiene que darle de comer a los críos, él la golpea y después duerme la borrachera. Además, le saca plata para la timba y el chupe y si ella no le da, la castiga hasta dejarla tirada en el piso. Por eso es que la Francisca quiere que el huso no haga ruido. Esa es la triste situación, compadre. -Terminó diciendo Serafín.

-¿Y qué va a hacer? -indagó Becerra

-Y no sé… A usted, ¿qué se le ocurre?

-Como ocurrirme no se me ocurre nada, apenas si sé llevar las planillas de la contaduría de la Municipalidad, pero se me viene a la cabeza que el viernes que es feriado municipal, podríamos ir a Capilla y plantearle el tema a mi amigo Daniel Baggio que trabaja en el Instituto Tecnológico.

El viernes muy temprano los dos hombres, ni bien llegaron a Capilla del Monte, buscaron al funcionario y le expusieron el problema. Este, luego de meditar un rato, dijo:

-No se me ocurre nada, pero hablemos al Centro de Córdoba y preguntemos.

Luego de hablar por teléfono, Daniel comentó:

-¡Qué lo tiró! Me contestó que ellos sólo se ocupan de las grandes empresas, que para la economía social no tienen nada.

-¿Y si preguntás a los de Buenos Aires? -preguntó Becerra

-Peor, vos sabés cómo son los porteños. Para ellos todo lo que está más allá de la General Paz no existe, pero se me ocurre que podríamos ver qué hay en Internet.

Daniel tipeó: “maquina hilar lana” y aparecieron múltiples artefactos. Después de mirar y analizar un rato las páginas dijo:

-Pareciera que la solución viene por el lado de una rueca, miren este modelo.

-Sí, está bueno, pero habría que adaptarlo a nuestros recursos -acotó Serafín.

-Acá hay un plano con la lista de materiales, lo imprimiré así se lo llevan -dijo el técnico.

Durante todo el sábado y parte del domingo Serafín y Estanislao estudiaron los planos y plantearon las modificaciones para adecuar la máquina a la realidad de la zona. Los días que siguieron, sacrificaron el café de la siesta enfrascados en la tarea de fabricar un prototipo. Becerra había conseguido algunas maderas de la Municipalidad. El herrero encontró algunos retazos de hierro y unos rulemanes en buen estado que, luego de limpiarlos y engrasarlos, giraban a la perfección. Al sábado siguiente habían logrado armar algo que parecía que iba a funcionar.

-Al menos es silenciosa –dijo, el municipal.

-Sí, ahora hay que ver si hila. Tendríamos que probarla. Mientras yo sueldo una reja que tengo que entregar, por qué no se llega hasta la feria y busca a la comadre Dora para que traiga un vellón -propuso Serafín.

Transcurrida una hora, Becerra regresó acompañado por la mujer que en una bolsa de mercado traía la lana. El primer intento fue desastroso. Aparte de cortar las hebras, la máquina enredaba el hilo y se trababa. Menguada la frustración inicial, Serafín con suma paciencia fue ajustando y modificando algunas partes, mientras la mujer y Becerra aportaban opiniones.

Después de varios intentos, fracasos, ajustes y modificaciones, la rueca comenzó a hilar parejito con el beneficio adicional de que lo hacía a mayor velocidad que el huso de la Francisca. Al ver el ovillo que había formado la máquina, la comadre Dora exclamó alborozada: «¡Qué silenciosa es y qué hermoso hila!».

Serafín sacó la pava del brasero, cebó un mate y elevando el porongo, con orgullosa satisfacción, dijo: «¡Salud, por la Francisca!» y bautizó con ese nombre a la máquina.

Unos meses después, Francisca, en la paz y el silencio de la galería de su casa en Quilpo, hila con su homónima de hierro y madera un vellón que luego transformará en hermosas prendas. Al mismo tiempo, el médico forense de la Policía de Cruz del Eje le entrega al comisario el informe sobre la muerte de Froilán Moreno por asfixia con monóxido de carbono.