Por el chacho matthews

P’al Zuca Obeid

Estaba fría la mañana de aquel mes de junio cuando Eleuterio Lozano, sentado en un banco de la plaza de Tilcara, le contaba a Dionisio Machaqa sobre su viaje a España acompañando al Marqués de Yavi a recibir una distinción del rey.

Dionisio (un uru venido de la Isla del Sol) preguntaba por el mar y los galeones que imaginaba muy distintos a las balsas de totora de su Chucuito.

En ese ocio estaban cuando divisaron a un jinete que se aproximaba al galope.

-Por la forma de montar, debe ser el Mulato Flores -dijo, Eleuterio.

El Mulato era el chasqui que traía la correspondencia y encargos desde Buenos Aires. Cuando llegó a la pulpería desmontó de un salto y se dirigió hacia el mostrador. Nervioso y excitado pidió una ginebra.

-A juzgar por la cara i’ susto que trae el Mulato algo grave está pasando -dijo, Eleuterio.

Una vez que el chasqui recuperó el aliento, anotició sin hesitar:

«Los porteños se sublevaron, voltearon al virrey y dijeron que desde ahora los que mandan son ellos. Han formado una Junta y una partida viene marchando para llevar tranquilidad al virreinato, y reprimir a los españoles que resistan al nuevo gobierno».

Al escuchar la noticia, Eleuterio llamó a una asamblea para tratar la grave situación en vista a que en breve las tropas estarían en la Quebrada y, sin duda alguna, los godos se opondrían al nuevo orden establecido.

El primero en pedir la palabra fue el propio Eleuterio: -seguramente que los porteños ni siquiera habrán pensado en el Chucuito, es imperioso llevar un barco para tomar el control del lago, dijo.

Feliciano Fernández del Corral, un porteño que había vivido en el Callao, expuso sobre la inviabilidad del proyecto dada la inexistencia en toda la Quebrada y Puna, de cualquier tipo de nave con el agravante de carecer de mares o ríos navegables, sin los cuales, sería una locura, sino imposible, llevar un navío hasta el Chucuito. De inmediato se alzaron voces condenatorias y trataron a del Corral de sarraceno traidor.

Eleuterio retomó la palabra: -Si no hay barcos inventaremos uno y no sólo eso: lo construiremos y lo llevaremos hasta el Chucuito como sea, ¡qué carajo!

El Chili Gallardo pidió la palabra e informó:

-El cura tiene un cuadro con un dibujo de un barco con todos los detalles.

Ni bien terminó la frase, apareció el religioso trayendo una pintura de una carabela.

El entusiasmo y el fervor fueron creciendo. Un lugareño se animó a preguntar:

– ¿Y la madera?

-Lo haremos de cardones -contestó envalentonado, Fortunato Toconás.

– ¿Y los agujeros? -preguntó uno.

-Podemos rellenarlos con lana de llama ensopada en goma brea y harina de maíz -propuso otro.

Deuterio Alonso, el carpintero, solicitó la palabra y preguntó:

-Y las cuadernas, ¿de qué las haremos?

-De madera de palosanto, lo mismo que la arboladura, la quilla y el timón -dijo, exaltado, Francisco de Cisneros que en su juventud había prestado servicio en la Armada Real.

Terminada la deliberación, una partida de diez personas salió rumbo a Valle Grande en busca de goma brea y palo santo. Otro grupo se organizó para ir por cardones. Los más entendidos analizaron la pintura que había traído el cura. A los quince días se completó el acopio de materiales y comenzó la construcción de la nave. Los agujeros de la madera fueron calafateados con lo que se disponía en el momento: lana de oveja embebida con goma brea y harina de kiwicha. Una vez curadas las maderas se pusieron a secar al sol. El ceramista Nadalino, modeló el mascarón de proa que simbolizaba a la Pachamama. A las velas las confeccionaron las mujeres de Juella con awayo traído desde la Quiaca y los cabos se trenzaron con hilos de chaguar provisto por los wichies del Chaco Gualamba. Se organizaron tres turnos y la actividad durante el día y la noche fue febril. En dos meses de duro trabajo, la nave, de siete metros de eslora y dos de manga, estuvo lista para zarpar y se la bautizó como Virgen de Punta Corral.

Amarrado al palo mayor, un tonel hacía las veces de cofa. Tres pares de ruedas de carreta, con sus correspondientes ejes, se adosaron al casco. En un principio se decidió que la tirarían diez yuntas de mulas traídas de la feria de Sumalao pero, debido al peso, apenas intentaron iniciar la marcha tuvieron que agregar trece acémilas más que habían quedado del último arreo al Potosí.

Antes de partir, el cura bendijo la nave y ofició una misa. A su vez, los lugareños chayaron la embarcación. Bajo una lluvia de papel picado, serpentinas y humo del sahumerio, pidieron protección a la Pachamama ofrendándole chicha, coca, tabaco y alimentos. Al mismo tiempo una banda de sikuris improvisaba música para la ocasión. De esa manera, esperanzados e iluminados por el ardor patriótico, partieron rumbo al Chucuito. El tum tum de las cajas de los bagualeros marcaba el ritmo de marcha del cortejo. Antecediendo a la nave un grupo de teleras portaban ermitas con figuras alusivas a manera de estandartes. El único tripulante que viajaba en el navío era el vigía. A manera de guardia de honor, una veintena de diablos carnavaleros, con sus trajes espejados y polícromos, cerraba la procesión. En un inicio acompañaban al navío, unas ciento siete personas, pero a medida que la columna avanzaba se fue agregando gente. Al llegar a Tres Cruces ya eran trecientos trece, en Abra Pampa mil siete, y entrando a la Quiaca perdieron la cuenta.

Arribando a Tupiza, el vigía divisó un escuadrón de godos. Dio la alarma imitando el graznido de un flamenco rosado, y el escuadrón de diablos rodeó a los hispánicos azuzándolos con gritos, ruidos y levantando polvareda con ramas de tolas. Sorprendidos, aturdidos y sin entender de dónde provenía esa infernal caterva de demonios, los militares reales se rindieron. Amarrados, se los envió a Humahuaca vigilados por unas cholas basiliscas.

Luego de ese incidente marcharon con mayor cautela. En el salar de Uyuni las mulas enceguecidas por la reverberación del sol daban vueltas en un mismo lugar sin avanzar un palmo. Les vendaron los ojos y prosiguieron la marcha. Pasando Oruro, una comunidad de urus se sumó a la procesión de marinos mediterráneos. En Laja, pusieron proa a Huarina para evitar ser vistos por las tropas realistas acantonadas en el Desaguadero. Al aproximarse al Chucuito, el vigía, al ver el lago gritó: ¡Agua a la vista!

Tres días tardaron en botar el barco. Una vez que estuvo en el agua, la goma brea comenzó a diluirse y la nave fue hundiéndose lentamente. Desde la orilla, los frustrados marinos vieron cómo las aguas taparon por completo el palo mayor y la carabela desapareció para siempre. Compungidos, sentados en la playa del lago, quedaron con la mirada incrustada en las aguas de ese mar mediterráneo.

En esa tristeza estaban cuando comenzaron a llegar balsas de urus, quienes traían chicha, pescados y aves. A partir de ese momento, el tum tum de las cajas y el jallalla jallalla de las voces se expandió por cada rincón de los Andes y todos se olvidaron por un tiempo de la guerra en cierne.