Por Miguel Núñez Cortés

Hace ya varios años un alud de lodo agua y rocas se abatió, en noche oscura, sobre una pequeña población serrana del Noroeste de nuestro país. Murieron más de 10 personas y el cuerpo de una joven nunca fue hallado. Nunca pudieron llorar sus padres junto al féretro a su hija amada. En aquel momento escribí esto – que resume mis sentires por los desaparecidos – y lo recuerdo precisamente en este 24 de marzo.

Te llevaron una noche oscura de verano el lodo, las piedras, el río.

Nadie pudo defenderte. Para ti esta poesía.

Me gustaría estar donde estuvieras

sembrada en una noche de luz y torbellinos

caminando llegar, solo y a pie, como Ignacio,

hasta ese espacio misterioso y frío

donde nunca se pierden los perdidos.

Eres una más, en una larga lista,

que abandonaron su lugar, su casa, sus amigos,

no por una decisión consulta de interiores sombríos,

sino por voluntad de incontrolables otros,

que también te prohibieran que alcanzaras plena,

el campo inmenso de verdes sembradíos.

De ti sabrán más que de aquellos,

que muchas veces partieron

sin dejar siquiera rastro alguno.

Nunca habrá consuelo sereno,

ni los venidos de cielos estrellados,

mientras no podamos

alcanzar la esperanza, tal vez la gracia,

de llegar algún día a encontrarlos.

Este no estar donde siempre estuviste

ese no saber a qué sitio te mudaste,

cual fue la última palabra de tu boca,

nos hizo recurrir a otros espantos.

Empezamos a comprender lo que otros sienten,

ese no saber jamás donde está oculto

aquél que sin renuncias es buscado

con el amor profundo por el siempre amado.

No pudiste ser más de lo que eras,

por ser tanto, entero Ser humano.

Pero sí érate propio, escalar cielos más altos,

¿acaso no te lloran sin consuelo

aquellos que en “capillas” de mil pruebas

tus noches de estudiante palpitaron? 

Si nadie te extrañara,

si nadie añorara tu presencia,

nadie podría vaticinar ningún encuentro.

Pero el amor de tantos, que ahora entienden,

lo que es tener un no hallado tan lejano,

estos, te aseguro, no bajarán sus brazos,

Ni por las luces sombrías de la noche,

ni por las aguas turbulentas de ese río,

que un día se convirtió en olvidado amigo

de niñeces felices y de estíos soleados,

esos, que te fueran por instantes añorados.

No serán escollos insalvables,

ni las rocas, ni el lodo, ni el río

en este recurrir y volver con persistencia,

para terminar aquella reunión que en una tarde

de risas y de ensueños cercanos pergeñaron

sin imaginar jamás

lo que en tinieblas se vendría, aciaga noche,

nubarrón extraño.