Por el chacho matthews

A la memoria del Chonga Vargas, el Pepe Núñez y don Ángel Tula

Compañeros de navegación en un mar de ausencias

“Voy a cantar esta copla

Por si acaso muera yo    

Porque nosotros los hombres

Hoy somos, mañana no”

Copla popular del NOA

Me toca a mí contar una historia que ocurrió arriba de un bote, hace ya algo más de cincuenta años. Y me toca no porque posea mérito alguno, sino por la sencilla razón de que soy el único tripulante de aquella travesía que queda con vida.

«¡Ay! quién lo puede al destino. ¡Ay! qué suerte es esta suerte, de andar remando en la tierra con un barco en medio ‘el monte».

Recuerdo como si fuera hoy cuando el Chonga Vargas me dijo como al pasar:

-Este viernes vamos a Escaba. ¡Ah! Y lo invité al Pepe para que nos acompañe.

– ¿Y para qué? El Pepe es un entrañable amigo, compañero de la vida y un magnífico compositor, pero sus habilidades pesqueriles deben ser nulas -le alcancé a decir, mientras se alejaba presuroso.

Con el Chonga solíamos ir de pesca a Escaba. Parábamos en el Club Náutico Embalse Escaba. La edificación era una de esas típicas y austeras construcciones que construyen los pescadores deportivos. Contaba con una amplia galería que oficiaba de comedor y estar. En una esquina tenía un fogón de dimensiones importantes. Dos dormitorios con cuchetas nos permitían pernoctar. Don Ángel Tula era el cuidador del club, ejercía la función de guardapesca y, a su vez, por gusto y generosidad, nos oficiaba de remero y guía. Oriundo de Río Chico, en su juventud había trabajado en la zafra. Intuyo que al Pepe, por las referencias que seguramente le habría dado el Chonga, lo atraía el personaje y quería conocerlo.

Solíamos ir a Escaba el primer viernes después de cobrar. Partíamos luego del almuerzo. Cuando llegábamos al dique y luego de los saludos de rigor, el Chonga le daba a don Tula las noticias y mensajes de su hija “La Valle”, que estudiaba en la Ciudad. Después de armar las cañas y obtener la carnada, hacíamos unos lances desde la costa. Llegada la noche, después de la cena, compartíamos la sobremesa con Tula, su mujer y algún eventual visitante. Al otro día, embarcados en un bote salíamos a pescar en el embalse.

 De manera inapelable llegó el viernes de la partida de pesca con el Pepe, quien había comprado en el viejo Canigó de la calle 24 un equipo apropiado para la ocasión. Llegados a Escaba y realizados los saludos y presentaciones correspondientes, el Chonga, a la orilla del lago, tomó a su cargo la tarea de explicarle al debutante todo lo referente al armado de la caña y de cómo efectuar el lanzamiento. Cuando el Pepe quiso realizar el primer lance, la plomada le golpeó el pie y, sin amilanarse, dijo: – ¡Pucha, che! Me vendieron un anzuelo costero.

Durante la cena, el Pepe comenzó de manera sutil a indagar a don Tula, éste le respondía de manera cordial, con justeza. Disimuladamente se observaban, como estudiándose. Esa misma noche establecieron un contacto fluido y franco, se cayeron bien de entrada.

A la mañana siguiente, salimos los cuatro en un bote. Tula era un ser muy especial, inteligente, muy orgulloso de sus saberes, habilidades y oficio. En esa oportunidad, luego de realizar con destreza una maniobra en el bote, exclamó: – ¡Ay, Tulita!, si fueras ajeno te compraba. -Frase que Pepe sintetizó en una línea de la zamba de don Tula: «Ajeno y propio por siempre».

Con el Chonga tratábamos de pescar, mientras los otros tripulantes seguían con su charla. Allí, «el hombre del Río Chico» le fue contando al Pepe algunos pasajes de su vida: de su trabajo en el ingenio. De cómo se enamoró del mar cuando hizo el servicio militar en la Marina. Contó también su deseo de quedarse después de la baja, pero que el destino no lo quiso «¡Ay! Quién lo puede al destino».

Lo que quedaba en claro en el relato era la frustración de don Tula. Hablaba con mucha nostalgia del mar. Al mediodía regresamos al club para almorzar. Mientras esperábamos que nos sirvieran la comida el Pepe, en una mesa aparte, ansiosamente escribía en unas servilletas de papel como queriendo que no se le escapasen las palabras. Por la tarde, salimos de nuevo y se repitió la misma situación, nosotros tratando de pescar y el Pepe con don Tula en una charla muy cordial, entrecruzada con chanzas ingeniosas y osadas, pero a la vez, muy respetuosas.

A la oración volvimos al club. Mientras alistábamos los petates para regresar al otro día a la Ciudad, vimos que el Pepe había tomado la guitarra y, de vez en cuando, hacía sonar algunos acordes. Luego dejaba el instrumento, tomaba la birome y escribía en las servilletas. Así estuvo hasta que sirvieron la cena.

Luego de comer, mientras hacíamos la sobremesa, Pepe sacó nuevamente la guitarra y nos sorprendió a todos cantando la zamba que acababa de crear.

El domingo volvímos a la Ciudad sin haber pescado ni siquiera un pejerrey, pero el Pepe, en su sarta, traía la zamba «Don Tula».