Por Chacho Matthews

Al Negro Alarcón

In memoriam

Conocí al Negro Alarcón, a través del Coco Quintero, en el fragoso año sesenta y seis después del golpe de Onganía. Fue en uno de los actos relámpagos que realizábamos por aquellos tiempos, cuando su mano amiga nos salvó –al Coco y a mí- de caer engayolaos.

Cerrada la universidad, nuestra principal preocupación era ocupar nuestro tiempo de la mejor y más barata manera posible, cosa más que importante para nuestros magros bolsillos de estudiantes.  En ciertas tardes el Bar El Molino oficiaba de aguantadero hasta que, llegada la oración, salíamos a caminar como inocentes ciudadanos por las calles céntricas. De sotamanga al pasar, una voz batía el lugar del primer acto, que repetíamos cuando reconocíamos a uno de los nuestros y la información se expandía como el Universo después del Big Bang. Realizada la primera expresión de protesta y pasado un tiempo prudencial, una nueva consigna, dicha con la jeta torcida al costao, nos informaba del lugar de un nuevo encuentro, por ejemplo:¡córdoba veinticinco! y confluíamos hacia ese punto neurálgico de la ciudad.

En esa esquina, de Córdoba y Veinticinco, una noche ocurrió algo mágico. Por esos entonces, se encontraban en esa encrucijada el Correo Argentino, el Bar el Central, la tienda Gath & Chaves y en la otra ochava ya ni me acuerdo. Por Córdoba, vecino al Central estaba Candy: El lugar del chocolate con churros. A la par de la tienda, subsistía aún, un bodegón al estilo de los del bajo, donde la gente del campo iba a esperar a que pasara el tiempo.  

De acuerdo a lo establecido, el acto se desarrollaba con toda normalidad. El orador de turno, subido a los hombros de otros compañeros, desplegaba el discurso que le permitía el breve lapso que iba desde que comenzaba la arenga hasta que llegaba la cana con una cantidad de efectivos como para   a la barra de Atlético y San Martín juntas.

En ese metiér estábamos con el Coco, cuando por el rabillo del ojo alcancé a ver los jeeps azules que se acercaban por la Córdoba, era el momento de rajar. Pero esta vez la canoa, apiolada, nos iba cercando por las cuatro calzadas que confluían a la esquina.

Trataba de buscar un escondite, o algún medio que nos librara de la cafúa, como aquella vez que en la San Martín y Maipú pude zafar subiéndome al once, pero esta vez eso no era posible. Estaba librado a mi suerte esperando que en cualquier momento me detuvieran cuando alguien me agarró del brazo -«cagamos», pensé en el momento-  al tiempo que nos empujaba al interior de la borrachería a la vez que la cortina bajaba y se cerraba a nuestras espaldas. La mano salvadora era la del Negro Alarcón.

Una vez adentro, nerviosos, tratábamos de adaptarnos al nuevo ámbito poblado de parroquianos de costumbres simples, como es la gente humilde de la zona rural de Tucumán. Solidarios nos arrimaron unas sillas junto a unos vasos de un tinto espeso.

Totalmente ajenos a la batahola que se desarrollaba afuera, los parroquianos proseguían con su tertulia de guitarra y alcohol, entonando sus tangos, tonadas y valsecitos criollos. Así transcurrió un buen tiempo y unos cuantos vinos, hasta que el Coco se puso de pie y todo solemne se dirigió a la concurrencia diciendo: «Si me permiten caballeros, quisiera agradecerles vuestra hospitalidad entonado el valse intitulado Dende el alma».

«Ahora nos sacan a puntanos en el orto», pensé. Conocía muy bien la versión que era una imitación jocosa de cómo cantaba la gente del campo que se reunía en los bodegones circundantes a la vieja terminal.

La interpretación incluía las desafinaciones en el canto y la guitarra que el Coco, con su talento musical, remedaba magistralmente. Cuando terminó de entonar el valse, los parroquianos entre aplausos y gritos de aprobación se acercaron y le pidieron «otra maestro». Un sombrero que pusieron sobre la mesa fue recibiendo el aporte de monedas y billetes. El Quintero, sin proponérselo, les había tocado vaya a saber qué parte del alma de esa gente de modestas aspiraciones y apetencias simples.

Turnándose con otros parroquianos, nuestro cantor no paró de cantar en toda la noche. El final de cada canción era acompañado por gritos de aprobación y propuestas de ¡Salú, por el cantor! sanguches de milanesa nos atendían el hambre y así estuvimos hasta que los concurrentes fueron raleándose y llegaron otros. Del vino se pasó al café con leche con tortillas. Salimos del bodegón con lo producido por el talento del Coco y con el Sol bastante alto. De improviso, como si alguien lo hubiera iluminado, el Negro dijo: «che con lo que recaudamos podemos ir a desayunar chocolate con churros en el Candy» y hacia allí fuimos.