Por Rosana Herrera

Yo tendría 9 años. Cine Edison. Antes de entrar, mi abuela Isolina religiosamente nos compraba los Sugus en paquetitos largos (uno de limón y otro de menta para mí y el de frutilla y el azul para mi hermano) en el kiosco de Doña Aurora que quedaba al frente. Por aquel entonces, daban tres funciones diarias con dos películas cada una. Ese domingo fuimos los tres a matiné.

La abuela adoraba las “rubias tontas” y su elección de la película estaba sujeta a la presencia de alguna de ellas. De ésta, lo único que recuerdo era el nombre de su personaje: Gladys Glover. Porque ella podría haber sido Sandra Dee, Debbie Reynolds, Doris Day… El guión merodeó siempre en mi memoria, sobre todo durante mi lejano paso por la función pública, cuando comprobé cómo sucumbían seres muy cercanos a mis afectos, a las mieles del poder. Y cómo uno puede retirarse a tiempo, dejando sus valores a resguardo.

La película se trataba de una peluquera de barrio que soñaba con ser famosa a toda costa. Que compraba compulsivamente revistas de actualidad, que asistía a todos los eventos donde hubiera celebridades y que se devoraba los reportajes a los personajes notorios de la farándula. Y que en su desesperación, decide encargar uno de esos letreros gigantes sólo con su nombre: GLADYS GLOVER y comprar el espacio de la zona más concurrida del centro de Nueva York. Pasa el tiempo y compra otro luego otro y otro y otro, hasta que la prensa empieza a indagar quién era esa misteriosa mujer que sonreía desde todas las esquinas de la ciudad. Y por ese asedio infernal que la instala en todos los medios, finalmente se hace famosa sin hacer nada más que poner su nombre en espacios públicos.

Viniendo hoy por la avenida Solano Vera con mis nietos, vi dos gigantografías del PLAN BELGRANO. Me acordé de Gladys Glover.