Por Rosana Herrera 

Parece que no se quiere ir… ¿Será que sabe que, sobre todo por mis pagos, son los tiempos de mandarinas compartidas bajo tímidas sombras del mango, de atardeceres en galerías con saquitos de media estación –como decía la abuela-, de lapachos que exhibiendo la prepotencia de su desnudez compiten con el exceso de ropaje de las veredas?. Las veredas angostas de mi cuadra, esas que crujen debajo de mis suelas y me obligan a caminar despacio, contando los pasos, para prolongar el disfrute de oír sus ruiditos.

Los tiempos de estos azules a pleno sol parecen anunciarnos que se resiste a  abandonarnos hasta el año que viene.  Y que no se va, como no queriendo darle paso al frío de los inviernos, como no queriendo dejarnos aún más desprotegidos frente a un virus monárquico –de armas llevar- en medio de mocos, anginas y pies y manos entumecidas. Y entonces se detiene en el ocre rabioso de su estampa, demorando la despedida.

Cada uno vive las cuatro estaciones que marca el calendario de acuerdo a cómo lo decide su pajarito de cabecera. Uno de esos que le contaron a Galeano que estamos hechos de historias y no de átomos. Y a mí, mi pajarito me dijo que la mía se regodea desde muy niña con la nostalgia otoñal. Y que por eso sus paisajes y sus climas y sus olores me llevan a esos rincones donde la vida siempre duró algo más que noventa días. Porque siempre los vivimos con la intensidad y la longitud de noventa siglos, mucho más que los cinco iguales del León. Ese Gieco que describe que nada cambia, el mismo que tal vez no se animaría a contar las transformaciones de mis propios otoños, que son tan  distantes a sus cantares.

A varios de los que habitamos mi universo tan personal como amado, se nos dio por nacer entre abril y junio. Y aunque esa sola circunstancia ya convierte a la época en algo especial, a lo largo de los años la centralidad familiar, incendiada de pasiones, como una paradoja, se ubicó siempre en la estación más tibia del año.

Pero este año, inolvidable para un planeta entero, los otoños de estas latitudes se encerraron junto con nosotros y nos invitaron, como nunca, a encuarentenar los recuerdos. Para que no se escapen ni sucumban al olvido. Para que nos sostengan y para que nos llenen de futuro.

En unos días se viene la próxima posta y les diremos adiós a nuestros otoños hasta el año próximo, cuando los recibamos otra vez ya sanados y dispuestos a recorrerlos de nuevo. Apapachados, con las puertas abiertas, los miedos clausurados y sin alcoholes que desinfecten ganas y entusiasmos. Y mientras eso pasa y yo me entretengo por aquí podando los helechos, la spica y sus transistores, a grito pelado, me regalan  las canzonetas de la nona y la Santa Rita me recuerda que ella no se va, porque elige quedarse conmigo con su racimo de barbijos carmesí  y a un metro de mi ventana.

Y de repente mis cielos se llenan de nubes que desalojan al sol matinal y es cuando cierro todo, pongo llave y me voy a buscar el saquito de media estación y a reposar por un rato, acurrucada en los otros recovecos de la memoria…