Por Rosana Herrera.

Las plazas siempre ejercieron una especial atracción en mí. De niña, esa en la que correteaba a la salida de la escuela, donde jugábamos a la estatua (con mi hermano, Oscarcito, Dani y Marquitos). Esa en la que cortábamos el pastito para dejarle a los reyes magos y donde se me quebraron las ilusiones de su existencia, por las verdades del odioso de Oscar (el diminutivo que lo acariciaba se perdió inmediatamente al oír sus horribles revelaciones: eran lxs padres).

Esa placita era la Irigoyen, la de Tribunales, un delicioso manchón verde que conserva el hermoso monumento del líder radical, y que por esos años era «la del frente de la heladería de Doña Aurora». La señora bajita y regordeta que nos vendía los cucuruchos repletos de limón y de frutilla (al agua) y de chocolate y dulce de leche, después del infaltable campeonato de patín. Sabores también infaltables a esa hora cuando el sol caía, («a la oración» como decía la abuela lna) y que se tiñeron de desconsuelo cuando la civilización la reemplazara por el aún sobreviviente bar ABC.

No había más nenas que yo en la «bandita de la cuadra de la kehilá», referencia con la que nos identificaban lxs envidiosxs de la 9 de julio al 500, así que mi reinado de «muchachera» era absoluto. Y me dijeron que no tuve reemplazo cuando nos mudamos más cerca de la otra, la misma que, por esas cosas de la vida, también disfrutaran mis hijxs.

Cambiamos de barrio, pero seguimos al amparo de los próceres, ahora le tocaba a la Belgrano y a sus senderos florecidos, escuchar el ruidaje de las rueditas de los cochecitos, de las bicis y de los andadores de la segunda generación. Y más tarde, ya crecidxs todos, recibirnos al Caballo y a mí, tres veces por semana en la obligada hora de caminata.                                   

El hecho es que siempre me las rebusco para encontrar alguna que me preste sus bancos y me reciba generosa, para calmar mi sed de recuerdos a solas. Como lo hiciera el año pasado el palermitano Parque Las Heras, el que durante muchos meses, todas las mañanas fue testigo de mi mirada perdida en los árboles, con el miedo colgando de la bolsa del pan, como al descuido.                                   

La última y tan ansiada mudanza a Yerba Buena no representó otras plazas cercanas a casa, así que se me quedaron los recuerdos aprisionados en esas dos de barrio sur, durante muchos años. Hasta que llegaron ellos. Y las de ellos. En otros paisajes, en distintas geografías, pero siendo de ellos y de sus infancias, cualquiera que cobije sus carcajadas, será mágica y sus canteros siempre derramarán amor, de ese que empalaga.

La de Tres Cerritos, en Salta, nos espera apenas cruzando la calle, se deja ver desde la ventana del living y sus juegos y sus chorros y sus luces, ejercen una tentación casi permanente a visitarla. Y con ellos a mi lado… ¿quién quiere resistirse a la tentación?         

Que lo parió… se me aparece a cada rato sin avisar, como recién, la imagen de los tres tendidos en esa interminable alfombra verde; se me representan sus risas; se me penetran los aromas de sus flores tan cuidadas.

Y, en definitiva, son esas postales urbanas la que me ayudan a sentir que la distancia entre ellos y yo no se mide en kilómetros, sino en besos melosos y en «yo también te amo, abu»