Por Georgina di Gennaro

A poco más de 100 días de la asunción de la gestión del Frente de Todos, la aparición en escena del COVID-19 en nuestro país impuso a las autoridades el desafío de preparar la estructura sanitaria local para enfrentar una catástrofe que había demostrado capacidad de saturación de los sistemas sanitarios mejor preparados del mundo, con postales de personas muriendo en sus hogares, de fosas comunes y de médicos  llorando por enfrentarse al dilema ético de tener que elegir a quien darle la  chance de sobrevivir.

Una enfermedad desconocida, de alta penetración y de muy baja mortalidad vino a transformar el mundo tal cual lo conocíamos. El 80% de los casos cursa como una gripe leve, 15% como gripe complicada y 5% son los enfermos de riesgo. Aunque ínfimo en proporción, el porcentaje de personas que requiere atención colapsa el sistema sanitario en un lapso breve de tiempo. Es por eso que, mientras los avances científicos no permitan acceder a medidas de prevención o tratamiento eficaz, el distanciamiento social se impuso como la única estrategia viable para garantizar la atención médica de quienes la requieran. Es decir, sin la solidaridad de las mayorías, las minorías en riesgo no tendrán opción de tratamiento y/o muerte dignos.

La experiencia europea trasladada a nuestro país, con un sistema de salud fragmentado y desfinanciado, con autoridades de salud que acababan de recuperar rango de Ministerio, con urbes con alto nivel de hacinamiento, pobreza y falta de acceso a servicios, vaticinaba un colapso aún más abrupto que el del hemisferio norte.

Partiendo de la premisa de cuidar la vida, la decisión del gobierno argentino buscó achatar la curva de contagios para preparar al sistema para hacer frente a la pandemia. La cuarentena como herramienta permitió contar con la variable más difícil de obtener en una pandemia: tiempo.

Tiempo que se invirtió en finalizar las obras paralizadas por la gestión anterior de cuatro hospitales de alta y mediana complejidad en la provincia más densamente poblada, la construcción de 12 hospitales modulares en todo el país, acondicionar centros de aislamiento para pacientes leves, proveer insumos médicos que estaban en falta en todo el mundo por la demanda inusitada de los mismos (equipos de protección personal para el personal de salud, respiradores, kits de diagnóstico) y capacitar al personal de salud en las medidas de bioseguridad que evitaran su propio contagio.

En el ámbito científico tecnológico se destinaron fondos públicos que eran utilizados en la agencia federal de inteligencia (otrora secretos) al desarrollo de un programa destinado a la investigación relacionada a la pandemia. Además, se articuló el sistema público privado logrando avances científicos reconocidos a nivel mundial: secuenciación del genoma viral de circulación local, fabricación nacional de kits de diagnóstico directo y serológico, proyecto de una vacuna nacional, puesta en marcha de estudios para la utilización de plasma de convalecientes y de suero equino de producción nacional como posibles tratamientos, y se promovió el acuerdo de una empresa nacional de gestión privada con el laboratorio AztraZéneca para la producción de una de las vacunas que ya se encuentra en fase 3, con el objetivo de garantizar la vacuna a bajo costo y con relativa rapidez.

La pandemia produjo a nivel mundial una drástica caída de la actividad económica con una repercusión muy importante en el empleo y en la producción de bienes y servicios, tanto en los países que adoptaron el aislamiento en forma temprana, como en aquellos que no lo hicieron. Argentina no fue la excepción. Por lo que se instrumentaron además medidas económicas orientadas a paliar estas consecuencias: financiamiento para las pequeñas y medianas empresas, subsidios para los sectores más vulnerables que alcanzaron a 9 millones de personas, mayor presupuesto para las provincias y los hospitales, el estado además se hizo cargo de pagar parte de los salarios de trabajadores privados, y otorgó préstamos a tasa cero para monotributistas y trabajadores autónomos.

Al momento de escribir estas líneas se contabilizan en Argentina 6114 personas fallecidas por COVID-19 (130 muertos por millón de habitantes). Las camas de terapia intensiva ocupadas en el que aún es el epicentro de  contagios a nivel nacional, el AMBA, superan en número a las que estaban disponibles al momento de la detección del primer caso en el país. La primera conclusión es que de no haber contado con esas camas hoy contaríamos muertos en las casas o en las calles. Se evitó el colapso inmediato.

Cuando una política sanitaria preventiva es exitosa, los que se benefician de ella no lo saben porque simplemente no enfermaron o no murieron. Tanto quienes no se contagiaron como los que se salvaron porque lograron acceder al sistema de salud deberían contarse como VIDAS GANADAS. Son la contracara de haber logrado una de las mortalidades más bajas del continente en relación a la magnitud de la población y la pandemia.

El horizonte promisorio de una vacuna o un tratamiento eficaz es aún lejano, nos toca seguir conviviendo con la incertidumbre de no haber resuelto el problema. Y la limitante hoy por hoy no es el recurso físico, sino el humano. En el mundo, los profesionales de la salud cargan con las tasas de mortalidad más altas por la enfermedad y están sometidos a condiciones de stress laboral inéditas con grados preocupantes de desgaste físico y psicológico.

En este contexto, con fines políticos, se esgrimen por estos días argumentos relacionados a la salud mental de la población para desgastar el apoyo a las medidas de aislamiento. Puntualmente se intenta separar los efectos psicológicos de la pandemia de los de la cuarentena. Al respecto, la titular de la cátedra de Salud Pública y Salud Mental de la Facultad de Psicología de la UBA, Alicia Stolkiner, aseguró que: “No se puede analizar el impacto psicológico de la cuarentena sin analizar el de la pandemia. Estamos en una situación de catástrofe mundial. La medida que se tomó para bajar la mortalidad debida al virus, preservar la capacidad de respuesta del sistema de salud y evitar los contagios masivos simultáneos se tomó en todas partes del mundo y en donde no se tomó, la mortalidad se ha disparado de una manera incontrolable. Se han utilizado conceptos psicológicos para confrontar con la cuarentena y no es que estamos optando por los daños psicológicos, sino que la otra opción (la no cuarentena) es ver morir a personas sin atención médica.

Para todo el mundo se produjo una abismal transformación de la vida cotidiana. La especialista lo pone en tres categorías: el esfuerzo adaptativo, es decir, se generó un estrés de transformar la realidad y transformarse a uno mismo para adaptarse. Luego, que todos estamos atravesando un duelo de una perspectiva de futuro que ya no va a ser. Y también la empatía más profunda, que se produjo en un proceso colectivo de cuidado.

No hay cuidado individual en esta circunstancia, el paradigma de esto es el uso del barbijo, que no protege a uno mismo sino a los demás de uno. No es menor que a mucha gente se le generó un conflicto entre la articulación de la vida familiar y la vida laboral, y otros cuyo trabajo e ingresos se derrumbaron. Esos son los casos más graves. Es importante reconocer el nivel de sufrimiento notable que produce esta situación, pero eso no significa que necesariamente tenga que producir daños psíquicos permanentes. Ante semejante situación, la ausencia de malestar es un signo de algún problema de salud mental. El dolor del duelo, la angustia y la incertidumbre nos atraviesan a todos porque no hay nadie que lo pueda evitar.”

Son tiempos de comprender que aplicar la lógica del individualismo frente a la frustración de vivir una pandemia es incompatible con un escenario que demanda conciencia colectiva y solidaria. Quizá la lección más importante que aprenderán nuestros hijos en estos meses sin escuelas, sin amigos, sin deportes, es que sólo el esfuerzo colectivo del que fueron parte logró salvar las vidas de miles de semejantes.

La autora es médica pediatra e integrante de la Comisión de Salud del I.E.F.I.