por Noé Jitrik 

Fue hacia 1941 que por fin pudimos comprar un aparato de radio, no mucha gente en esa época disfrutaba de ese recién nacido, apenas tenía 20 Años en la Argentina: la época misma estaba naciendo y yo la contemplaba azorado y maravillado.

Era una RCA, creo, un mueble del que el ronco sonido salía a través de un paño al frente del cual dos columnitas parecían sostenerlo. De las temerarias emisoras, Radio Belgrano, Splendid, Rivadavia, del Pueblo, brotaban actuaciones que generaban oleadas de entusiasmo y de risas: los humoristas que entonces pasaban por encima de las penurias de la época, Augusto Codecá, que hacía de árabe, Pepe Arias, que hacía de Perón mucho antes de que Perón hablara, Fernando Ochoa, cuyo don Bildigerno se anticipaba al Inodoro Pereira de Fontanarrosa, Niní Marshall, que hacía maravillas, alegraban nuestra noches y, por las tardes, el conmovedor tránsito por la miseria de un hombre que lo había perdido todo, se había convertido en un “linyera” y, como música de fondo, alguien, Antonio Tormo quizás, cantaba “Linyera soy, lo que gano lo gasto, lo doy/ no tengo norte/ no tengo guía/ para mí todo es igual”. Pero no lo era al final de los episodios, para nuestra satisfacción se redimía y recuperaba su identidad y su fortuna, una especie de Edmundo Dantés criollo.

Además la música: las orquestas de tango en sus mejores épocas: Fresedo, D’Arienzo, Di Sarli, Canaro y, para lo que nunca he olvidado, la inmarcesible voz de Ángel Vargas, único: me sigue conmoviendo lo que percibí a través de la misteriosa tela que dejaba pasar los sonidos de ese rudimentario aparato.

En suma, una módica felicidad que nos era deparada sólo porque, gracias a no sé qué momento de tranquilidad económica, rarísima, habíamos podido comprar el aparato. Curiosa paradoja: pocos accedían pero lo que las radios irradiaban era para todos.

Más adelante, hacia 1945, mis gustos cambiaron: empecé a interesarme, como un neófito, en la llamada música clásica que empecé a buscar en la radio puesto que escaso acceso podía tener a los lugares en los que se ejecutaba: fue la radio llamada “del Estado”, LRA, quien me la deparaba. Si no hubiera sido por mis devaneos los miembros de mi familia habrían continuado en otro mundo, y no sólo ellos: lo que era para todos, si tenían radio, excluía lo que ofrecía esa hermética emisora, cuyos locutores presentaban las obras con voz cavernosa y modulando a la perfección, así me lo parecía, las palabras de otros idiomas; en suma, la radio del Estado era para pocos y yo sentía que era uno de ellos, pero nadie decía, en las laboriosas AM ni en la propia LRA, que la radio era “de pocos o de todos”, lo era y nada más.

Tan seductora fue esa apertura para mí que la voz del locutor estrella de LRA, Adolfo Sauze, me hizo creer, un par de años después, que yo mismo podría entrar en esa zona privilegiada: eso me permitiría escuchar música, aprender, salir del barrio e integrarme a un universo de otro orden; no me preocupaba que no llegaran a ese deseado lugar todos -noción que ahora mismo me parece de una abstracción absoluta y de una existencia imposible-; aspiraba, en vano, que fuera para mí aunque era obvio que por su mismo carácter de emisora era para todos, había simplemente que querer mover el dial y entrar en una existencia de otro orden que la radio no escatimaba. No lo logré, no fui locutor, tuve que perseguir la música en otros lugares.

Cuando Perón accedió al gobierno la radio, en parte, lo ayudó; me pareció que pensó que si no la tenía de su lado, apoyando sus iniciativas, le iba resultar difícil “combatir al capital”, como se empezó a cantar poco después entonando los fulgurantes versos que inspiradamente había compuesto el Dr. Ivanissevich. Tal vez esa idea inspiró la adquisición o expropiación de las emisoras y, no mucho después, la de La Prensa, no lo logró con La Naciónni con el recién creado Clarín, ambos diarios expertos en sobrevivir, fieles intérpretes, pero al revés, de la famosa consigna radical, Alem la debe haber imaginado o quizás Yrigoyen, “que se rompa pero que no se doble”.

Supongo que habrá quien explique esa política de Perón en cuanto a las radios y diarios: una cosa es lo que uno podía sentir cuando se manifestaba y otra cómo se la puede ver históricamente, o sea ahora. Lo que quiero destacar es que dentro de la marejada propagandística de esos años, de la presencia ensordecedora del peronismo, LRA siguió siendo la misma, incólume transmitía la mejor música, le debo mi poca información y mi escasísima formación musical: jamás habría podido invocar en un examen en la Facultad el Cuarteto Nº131, de Beethoven, para sorpresa de mi profesor, si LRA no me lo hubiera hecho conocer.

Las cosas siguieron así, del mismo modo, LRA no fue tocada en su función divulgadora pese a los sucesivos gobiernos que quisieron arreglar las cosas hasta el momento en que las dictaduras militares suspiraron por recuperar a la fuerza la identidad nacional amenazada sin duda por la antipatria de los científicos, artistas, músicos, políticos, gremialistas, gente pensante, amigos de las artes y las ciencias y ese tipo de seres que sostiene que el mundo podría ser un poco mejor. No sé lo que hicieron con la LRA: en algún momento le cambiaron el nombre, la llamaron “Nacional”, como si las demás no lo fueran, pero no me consta que le hayan alterado la estrategia que consistía en divulgar las mejores manifestaciones de la música.

Así, en esta breve historia, al regreso del exilio y cuando Alfonsín trataba denodadamente de volver atrás de la noche de la dictadura, la radio, ahora llamada “Nacional Clásica, en el 96.7, del dial, era un remanso, no había ninguna otra válida, el ruido que empezaba a imperar en las demás ondas sólo en ésta, que seguía enseñando, faltaba. La innovación tecnológica que permitió distinguir entre AM y FM, amplió la calidad de la escucha, escuchar la 96.7 defendía de la cháchara y la estupidez cuando no de las encubiertas y disfrazadas nostalgias de la máquina de destrucción apenas detenida por un presidente a quien le querían torcer el brazo, los mismos que ahora sostienen el brazo del conjunto, o banda de depositantes de capitales en diversos lugares de ese discreto mundo liberal que no hace preguntas.

Nada estaba cambiando en mi relación con la radio, salvo que lo que yo podía pedirle, y que suponía que muchos otros podían pedirle, se consolidaba y ampliaba en el período que termina a fines del 2015: discurso más flexible, voces más explicativas y audaces, música propalada, y escuchada, por primera vez, gente inteligente y con evidente amor por lo que estaban haciendo, todo eso configuraba una especie de reparo, de protección contra los asedios de la vulgaridad y la oleada de publicidad cuando no del griterío que se fue imponiendo en los mal llamados “debates”.

No es ninguna novedad decir que muchas cosas cambiaron a partir de diciembre de 2015: nos desgañitamos denunciándolas pero siguen atropellando a la razón y a la decencia a diario siempre diciendo, cuando articulan algún sonido, que hablan en nombre de “todos”. También lo hacen en relación con la radio en general pero no con la que escucho, la Nacional clásica, la del 96.7, que sigue haciendo en general lo que hacía siempre, esforzándose por no ceder, como un islote en un océano de chatura. Atropellaron a la otra onda, la de noticias pero a ésta la respetaron; quiero creer que lo hicieron no porque pensaran, los Lombardi y sus secuaces, que escuchar buena música es un derecho “humano”, sino porque qué importancia tiene que se otorgue un pequeño regalo para que un pequeño grupo de votantes se quede tranquilo, les bastaba la cadena clarinetística, que está en todo el país y a la que no le resulta problemático confundir información con mentira.

Sin embargo, no han podido evitar las ganas de señalar que ahí están, parece poco pero en realidad es una especie de recordatorio, indica algo así como “ustedes creen que todo es como antaño pero no, nosotros estamos presentes y vigilantes”. Se trata de un sonsonete que emite una sacrificada voz a cada rato: “Radio Nacional clásica, la 96.7, argentina y de todos”. Fatigosa repetición que, en principio, parece innecesaria y obvia, basta con decir, pero no a cada rato, “Radio Nacional Clásica, 96.7”, como quien informa un domicilio. ¿Y qué? ¿Antes no era de todos? Y ¿todos? ¿quiénes son?: ¿los habitantes de este país o los que “antes” no eran kirchneristas?

La frase repiquetea y zumba y entibia el gusto que se tiene al escuchar gran música y grandes intérpretes pero no es sólo un aditamento inútil sino un intento de disciplinarnos, de que no creamos que “todos” podemos integrarnos libremente, sin mensajitos perversos, a una atmósfera cultural sin pagar los peajes de una voz susurrante  que nos recuerde que, gracias a este gobierno “cambiatutti”, en particular dólares por deudas, ya no es como antes, cuando “no todos” accedían a lo que ahora acceden y que es exactamente lo mismo a lo que accedían antes.