Por Miguel Núñez Cortés

“El orgullo es la respuesta política de una sociedad

que nos educa para la vergüenza”

Carlos Jáuregui, ARGENTINA

La bandera arcoíris es la principal insignia del movimiento LGBTQ (+) en la actualidad. Fue popularizada en 1978 como símbolo del orgullo gay por su creador, Gilbert Baker. Su significado está asociado (hay muchos y variados, aunque tomaremos uno de ellos) con cada uno de los colores que la componen y que se reproducen en el mismo orden que los colores del arcoíris.

o    Rojo: vida

o    Naranja: salud

o    Amarillo: luz solar

o    Verde: naturaleza

o    Azul: serenidad

o    Morado: espíritu

o    ………………….

o    NEGRO: silencio, ocultamiento y complicidad. No, la bandera no tiene el color negro.

La bandera arcoíris muestra la diversidad dentro de la comunidad LGBTQ (+). Es un símbolo internacional y una muestra de tolerancia y respeto.

Se distingue de la bandera de la paz porque los colores aparecen invertidos.

Le falta un color: el NEGRO. ¿por qué?  Porqué la bandera arcoíris es ¡tan ciudadana!, ¡tan desarrollada!, ¡tan europea!, pero carece del color NEGRO.

El NEGRO representaría a les menores de edad, avasallados, violados, vejados, lastimados, humillados, asesinados. Pero ¿dónde están? Seguro en la América del Sur, en pueblos y en explotaciones naturales. Es sólo cuestión de acercarse a una plaza de pueblo, o a las cercanías de un bar cuando ya el sol se ha retirado.  Los hay en todos los continentes.

En la República Argentina la explotación sexual infantil está en aumento, en especial en regiones de turismo, y donde la mal llamada masculinidad abunde.

Una niña de 12 años

Dos de la madrugada y Teresa se pone la escasa ropa que trajo, una encima de otra. Tiene tan solo 12 años y no sabe dónde está. Espera un par de horas y cuando comprueba que todos duermen sale disparada por la entrada del burdel sin mirar atrás.

Hacía tres días que la habían traído engañada a este lugar, una miserable choza cubierta de lona verde, descarte de algún camión de transporte de ganado, con un jergón maloliente en una esquina y dos tachos en la opuesta: uno vacío y el otro con agua de río.

“Corrí, corrí, corrí hasta que encontré un señor que me sacó de allá. Gracias a Dios me salvé. Estaba perdida, además de noche todo es oscuro, no hay lámparas ni nada”

El policía después me felicitó, me dijo que era un milagro que hubiera salido viva porque allí nadie se salva, te violan y te tiran al monte, donde comen tu cuerpo los animales”, comentó la niña.

Se estima que son miles las niñas de entre 12 y 17 años que llegan cada año a los burdeles y casa de citas, tan menesterosas y paupérrimas, unas como otras.

“A las niñas las traen desde otras zonas del país con la promesa de trabajos simples, bien remunerados que resultan ser falsos. Les ofrecen cuidar bebés, trabajar en una tienda de ropa, acompañar a niños a la escuela y ayudar a ancianas en los quehaceres de la casa.

Dice la OIT que “el término trabajo infantil se refiere a cualquier trabajo que es física, mental, social o moralmente perjudicial para el niño, afecta su escolaridad y le impide jugar. Se les niega la oportunidad de ser niños. Más de la mitad de estos niños están expuestos a las peores formas de trabajo infantil, como trabajo en ambientes peligrosos, esclavitud y otras formas de trabajo forzoso, actividades ilícitas incluyendo el tráfico de drogas y la prostitución”.

No digo que el desasosiego invada los corazones de tantas jóvenes que, distinguiéndose con colores de pertenencia y referencia, se manifiesten por aquelles menores tan olvidados.

No, sería imposible que lo internalizaran pues para elles el mundo es pequeño y asfaltado, sin barro ni oscuridades. Carcajadas cómplices y saludes sexuales protegidas y aceptación deseada y consentida.

A “contrario sensu” todos es distinto en aquellos lugares: los embarazos, tan frecuentes, se solucionan con agujas de tejer y no en clínicas pulcras, guardapolvos blancos, anestesias y bocas sonrientes, con todos los dientes.

Y se cuenta que una pequeña niña dijo una vez:

“Quiero que me saquen esto                                                                                     

que el viejo me puso adentro”

Estaba tan, pero tan lejos que su grito nunca se escuchó en la Plaza del Congreso.

Fuentes consultadas:                                                                           

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