Por Enrique Aicardi

La diputada Gabriela Estévez celebró la publicación en el Boletín Oficial del Decreto 721/2020, decisión del gobierno que define como “transformadora y reparatoria”. La iniciativa fue presentada en el Congreso y apunta a ampliar derechos.

Dicho DNU amplía derechos para algunas de las minorías más agredidas y desprotegidas del país. La medida que tomó el gobierno nacional establece un cupo laboral en el sector público nacional para personas travestis, transexuales y transgénero y es respuesta a muchos años de lucha y discusiones para visibilizar cómo viven las estas personas. En este instrumento el gobierno estableció que los cargos en el sector público deben ser ocupados por elles en una proporción no inferior al 1%.

Estévez reveló que nueve de cada diez personas trans y travestis no tienen acceso a un trabajo formal y hace seis meses que no pueden llevar adelante sus trabajos. La mayoría de ellos, sexuales.

No tienen ingresos, la mayoría vive en pensiones y su situación es dramática.

Es un colectivo que siempre vivió con el NO puesto y tenían pocas posibilidades de vivir más de cuarenta años, salían a trabajar y no sabían si volvían a sus casas. Hoy pueden tener un sueldo a fin de mes. Con cincuenta y cinco votos positivos, uno negativo y seis abstenciones, es Ley.

Ellas recibieron siempre el rechazo familiar, la sentencia patriarcal, la condena social, la persecución policial, el dolor.

La diputada Gabriela Estévez (FdeT), presentó un proyecto de ley denominado Pensión Reparatoria para personas mayores travestis y trans, que propone una pensión vitalicia para todas las personas travestis de más de cuarenta años. El monto a percibir equivaldría a la pensión universal para adultos mayores. Todavía no fue presentado en comisión.

Estudiando este tema me acerqué a la vida de Camila Sosa Villada que nació en Córdoba, estudió cuatro años comunicación social y otros cuatro la licenciatura de teatro en la Universidad Nacional de Córdoba. Fue prostituta, mucama y vendedora ambulante. Escribió varios libros y en el que me detuve fue “Las Malas” (Editorial Tusquets, con prólogo de Juan Forn) un relato de su vida.

Las Malas es un rito de imaginación, un cuento de hadas y de terror, un retrato del cuerpo, un manifiesto explosivo, una visita guiada a la fantasía de su autora y una crónica distinta de todas.

Ella me trasmite lo que sería la Inquisición de las travestis. Construye una mística poderosa, un realismo mágico. Describe su enojo con Dios, ella y sus compañeras sin horizonte, se consideran seres invisibles, “irse de todos los lugares”, eso es travesti.

Como cuenta nuestro querido Juan Forn “a los cuatro años cuando Camila Sosa Villada era todavía Cristian Omar aprendió a escribir su nombre, pero se negaba a hacer pis de parado”.

Nos cuenta que Camila fue a espiar una noche a las travestis de la legendaria zona roja del Parque Sarmiento en Córdoba Capital. Fue a espiar muerta de miedo, la adoptaron y con ellas, dice Camila, “aprendí cuánto valía mi cuerpo y cuál era el precio que debía ponerle. Con ellas aprendí a defenderme y a mirar dos veces a una persona antes de emitir un juicio. Yo no estaría acá hoy si ellas no me hubieran defendido de policías y de clientes de mierda. Estaría en una zanja, seguramente”

El personaje más importante de Las Malas es la Tía Encarna, era la madre de todas, piensa que la Tía Encarna tenía ciento setenta y ocho años, con cortaduras de todo tipo, hechas por ella misma en la cárcel (“siempre es mejor estar en enfermería que en el corazón de la violencia”) o fruto de peleas callejeras, clientes miserables y ataques sorpresivos. Sus tetas y sus caderas cargaban moretones eternos.

Ellas han vivido años los insultos, las burlas, las avivadas criollas, la falta de respeto, las estafas, la soledad, el sida, las muertas, las asesinadas.

Estos golpes que les da el mundo, hoy hay una esperanza y quizás comience un atisbo de felicidad para quienes no la conocieron todavía.