Colaboración: Marta Santore

“Inventamos o erramos” 
Simón Rodríguez

Descolonizar la educación se nos impone desde hace dos siglos. Solo lo intentamos en el siglo XIX y XX con menor o mayor eficacia pero lamentablemente la estrategia de la dominación triunfó.

El final de la segunda década de este siglo nos pone en la escena de un vacío cultural sin precedentes y nos muestra, tal vez una verdad que siempre estuvo, pero que como diría Walter Benjamin, se evidencia al final.

La Gran Civilización Occidental del Progreso promueve deculturación, aislamiento y encierro en los pueblos que domina y en los propios. Se instala como soberana imponiendo sus valores como universales.

Nuestro trabajo actual es salir de la opresión de esta miseria cultural.Las grandes transformaciones coinciden con los movimientos migratorios. Al final de la segunda década del siglo es necesario pensar la posibilidad de que los andares de una cultura, como los pasos de cada uno al encuentro con otro, sean para aprender de las diferencias, para intercambiar sin avasallar.

Es urgente, hay que inventar. Si las ideas no nos ponen en riesgo, andamos a la saga de los hechos. El pensamiento interesa si anticipa, si genera acontecimientos futuros.

Si nos defendemos de los desafíos pidiendo seguridad por fuera de nosotros, en lugar de cuidarnos mutuamente, no hay soluciones sociales, hay mercaderes y gendarmes.

Asistimos a hechos que se “naturalizaron” aceptándolos, cuando en realidad evidenciaban el propósito de dejar a la Argentina como un territorio despojado de historia social y con recursos a disposición de bandas saquedoras.

Un ciudadano argentino asume la presidencia de la nación por voto en el año 2015 haciendo un chiste en la primera escena de lo que vendrá; pone en el sillón presidencial a un perro. En otro momento se decide cambiar las figuras históricas representadas en billetes, por animales. Un jefe de gabinete elogia la decisión porque según él, “el pasado, la historia representan muerte…” Un ministro de educación dice que se emprenderá “la segunda campaña al desierto”. A corto plazo esto se expresa en un acto tan canalla que se podría pensar que supera aquella campaña. Matan por la espalda a Rafael Nahuel, joven mapuche en Bariloche y conducen a la muerte a Santiago Maldonado, para terminar de despojar de sus tierras a comunidades mapuches de nuestra Patagonia, vendidas a capitales extranjeros y custodiadas por una gendarmería que desplazó su función a la defensa de terrenos privados. Los colonizadores criollos nunca soportaron que un “blanco” considere en igualdad de derechos a los nativos de esta tierra; indios, cabecitas negras, grasas…

Para coronar el estallido de toda institución un submarino “desaparece” y ni la Marina, ni el Ministerio de Defensa, ni el presidente asumen responsabilidad alguna, ni investigación a la altura de las circunstancias y en el colmo de la impunidad y desvergüenza los familiares de la tripulación llegaron a tener que hacer huelga de hambre y encadenarse para manifestar el derecho a información y justicia para sus muertos.

Lamentablemente la abundancia de estos hechos es extrema. En nuestro país las instituciones han estallados. Está suspendido el Estado de Derecho. La impunidad ha sido aceptada sin necesidad de fuerzas militares y más aún la de efecto más perdurable y por ello más peligrosa, la impunidad de la palabra. Un vacío de sentido impuesto por los medios de difusión y sostenido por una educación descolocada.

Hay vacío en las barrigas y simultáneamente hay un hambre más difícil de saciar en lo cultural. Se expresa en el intento de borrar la historia, la identidad cultural de un pueblo, la pertenencia a una comunidad con sus diferencias. Cuando se burla el contrato social, no se respeta ley alguna, se puede decir y hacer cualquier cosa, la dignidad humana que es su condición cultural, en este caso de los argentinos, desaparece.

Se impone que pensemos cómo se llega a este vacío extremo. Es tarea imprescindible de los educadores. Hay un proceso histórico colonizador que dominó después del intento emancipador. La independencia a pesar de esfuerzos notables que dejaron huella, no se logró.

La institucionalización de 1880, después de largas y profundas luchas civiles y militares, instala una neocolonización que se logró y sigue a partir de una clara estrategia educativa.

La educación garantizó la dominación cultural con sus más y sus menos y las transformaciones de cada contexto.

Si verdaderamente se quiere lograr la dignidad, la justicia social, y la independencia político-económica hay que pensar otra estrategia educativa.

Desde esta lectura planteo y comparto con otros, el efecto de humillación cultural y social manifiesto en los colonizados.

La explotación está connotada económicamente. El sometimiento, la opresión dan cuenta de la hegemonía de un poder civilizatorio y su aceptación humillante que hoy la tecnología torna planetaria.

En lo contemporáneo la sociedad tecnológica en su expresión mediática hace a esta expansión más peligrosa que cualquier otra que haya ocurrido, justamente porque propone uniformidad y los medios técnicos la posibilitan. Una destrucción que ha puesto en riesgo la vida en el planeta.

La humillación es efecto de un modelo civilizatorio que aparece “donando” todo: los otros pueblos no tienen dioses, ni idioma, ni creencias, ni derechos, todo es dado, como bien señaló un miembro de Forja, Homero Manzi: “Si doy todo, el otro no es, no está. No es casual que los pueblos colonizados estén endeudados en forma permanente”. 

En esto de “lo dado” en la civilización se aniquilaron las historias planteándose una única universal. Importa abrir preguntas a la nuestra. Nosotros tenemos una impronta o por lo menos una tendencia colonizada a buscar marcos teóricos, fundamentaciones en otros. Me parece que en este momento más que nunca hará diferencia, pensar lo propio…Dejar de ser repetidores u opositores.

Articular la trasmisión tiene que ver con esto. Recuperar los mecanismos de trasmisión de una generación a otra.

Para que sea eficaz en la socialización de los adolescentes no sirve contar la otra cara de la historia oficial, hay que promover que los adolescentes investiguen, hagan preguntas, a los padres y abuelos. Qué pregunten qué les pasó, donde viven, en los lugares de trabajo, en las instituciones, en la escuela, en su barrio o pueblo, en su casa…Si esto no sucede le estaremos contando otra versión de la historia y ellos seguirán estando afuera… como objetos de la historia y no cómo sujetos protagonistas…

Un punto de partida posible para evitar la mortandad cultural que trae la globalización es partir desde la infancia de lo local y no solo desde lo nacional, sino provincial, regional, barrial, familiar…

Los adolescentes tienen que interrogar al pasado desde los mayores vivos, para hacer historia y recrear con sus puntos de mira. De esto se trata la trasmisión, la educación.Civilización y educación aparecen entre nosotros como sinónimos. Educado y civilizado es lo mismo y aunque no esté explícito, hay una sola manera de serlo porque habría una sola civilización.

En este sentido conviene empezar a pensar la educación culturalmente y esto va, reitero, de lo local a lo universal.Esta es función de trabajadores en educación, no de “empleados burocráticos”, seriados repetidores. Este es el sentido profundo que tiene que un educador se reconozca como trabajador, su tarea es poner en movimiento los mecanismos de transformación entre lo que antecede y lo que sigue.

Si hoy seguimos aceptando“lo dado”que por internet serácopiando y pegando, sin preguntas, no estamos formando parte de una red de intercambio, sino atrapados en la red. Empecemos por hablar en lengua propia.Quien está en función de educador deberá pensar cómo intervenir en lo dado, en lugar de sostener lo mismo o ponerse en contra.

Más que nunca, inventamos o erramos, como dijo Simón Rodríguez.