por Sergio Corinaldesi

[Después de descender por una escalera y de atravesar pasadizos subterráneos y salas de tormentos, dos frailes dominicos ‒uno de ellos lleva una antorcha‒ se detienen delante de la puerta de un oscuro calabozo. Aquel que no lleva la antorcha la abre y ambos, parados en el umbral, observan, iluminada por el fuego, a una niña sentada, con grilletes en sus pies y con la espalda apoyada contra la pared del fondo. Uno de los frailes cruza palabras con el otro. (Puede tratarse de un falso diálogo o sólo habla uno. No hay diferencia. Entre ellos no puede haberla.)]

–Ahí está la última marrana de la familia. Ayer quemamos a sus padres después de detenerlos y torturarlos. Nuestro devotísimo pueblo lo exigía a gritos. Vox populi, vox Dei.

–Mírala, en comparación con la resignada actitud asumida por otros de su raza, raza de víboras, la suya sigue siendo una actitud desafiante. Sin duda, además, está poseída. Permanece siempre igual, muda, inmóvil, ensimismada.

–Es preciso, antes de conducirla a la hoguera, forzarla a hablar, a confesar. Así traicionará su estado y se hará despreciable también ante Aquel que la posee. Su alma tendrá, entonces, prohibido el acceso a todo Reino.

[Mientras uno de los frailes fija la antorcha en un soporte para que ilumine toda la celda, un torturador encapuchado requerido por el otro fraile ingresa con sus “herramientas” y se dirige hacia la niña. Los dos frailes vuelven a ocupar juntos el umbral para observarlo todo.]

[…]

[El torturador encapuchado no tarda demasiado en regresar del fondo. Se acerca a los frailes y, parado frente a ellos, les comunica un descubrimiento antes de abandonar la celda.]

–La infanta Margarita jamás hablará, se ha cortado la lengua con un trozo de espejo.

[Indignados, los frailes avanzan hacia un encuentro cara a cara con la niña.]

[…]

“Pero la relación del lenguaje con la pintura es una relación infinita. No porque la palabra sea imperfecta y, frente a lo visible, tenga un déficit que se empeñe en vano por recuperar. Son irreductibles uno a otra: por bien que se diga lo que se ha visto, lo visto no reside jamás en lo que se dice, y por bien que se quiera hacer ver, por medio de imágenes, de metáforas, de comparaciones, lo que se está diciendo, el lugar en el que ellas resplandecen no es el que despliega la vista, sino el que definen las sucesiones de la sintaxis” escribió Michel Foucault (“Las meninas”). Cuando decidimos, años atrás, escribir y dibujar la ucrónica historieta cuyo primer bosquejo de guión precede la anterior cita, proyectamos la transposición crítica de la irreductibilidad explicada por Foucault con el propósito de ilustrarla verbal e imagogramáticamente.

Todos los personajes de la historieta figuran dibujados, mas sólo los inquisidores y el torturador cuentan, más allá de esta figuración, con “avatares” que encarnan voces. El mundo cuyo reflejo significante habitan estos “avatares” es el mundo hacia el cual los inquisidores desean conducir el “alma” de la infanta Margarita. A través de su reflejo habitado por signos de acústicos simulacros, nos enteramos que los inquisidores desean dicho descenso contra-etimológico [infans, “(la) que no habla”] para retener el “alma” de la niña en aquel mundo  –“su” mundo–,  mundo en el cual [los frailes lo confiesan de modo (in)consciente al proyectarlo en su deseo] Dios y Satán personifican, tan sólo, ideológicas (complementarias, seudomaniqueas) excusas. El reino de los inquisidores, el reino de los “santos” guardianes de la Fe, es, exclusivamente, de “su” mundo ‒ellos se encuentran cómodamente confinados en él.

¿Dónde es posible encontrar la diferencia entre el mundo inquisitorial historietísticamente reflejado y su actualización aquí, en otro reflejo significante? La diferencia, pensamos, se encuentra en lo mismo que permitió (primero) a Foucault explicar, a su manera, la referida irreductibilidad entre el lenguaje y la pintura, y (segundo) a nosotros –a través de dicha explicación‒ imaginar la forma de ilustrarla. Lo mismo que contiene a la diferencia constituye, para nosotros, el abierto y supramundano dominio de la correspondencia simbólico-imaginal que se establece entre explicación e imaginación cuando ambas exceden, respectivamente, el despliegue y la (re)producción de lo Mismo sin diferencia.

La diferencia entre el mundo de los guardianes de la Fe representado en la historieta y su actualización aquí se encuentra más allá de la correspondencia entre ambas situaciones significantes. Se encuentra, para nosotros, arquetípicamente separada de ellas como de la objetiva (subjetivamente común) apariencia del mundo actual. La Idea, el arquetipo de la diferencia en cuestión es la “Diferencia en Dios”. Como arcano signo de la dislocación diacrónica en la eternidad sincrónica, la “Diferencia en Dios” es la prístina marca del desbordamiento de su “comprensión” hacia su más íntimo afuera, desbordamiento promovido secretamente en Él y por Él como memorioso Creador.

En y más allá de su reflejo historietístico, el mundo de los guardianes de la Fe, dogmáticamente, ignora la “Diferencia en Dios” y el mundo actual sólo la conoce cuando cualquier reflejo significante de su objetiva apariencia se abisma en el mismo elemento, en el “medium” a partir de cual se explican las relaciones infinitas entre formas expresivas irreductibles unas a otras que cuestionan la indiferencia de lo Mismo.

La infanta poseída con la lengua cortada encarna, en nuestra historieta, la “Diferencia en Dios”. Lo hace simbolizando –como shejinah, como presencia femenina de Dios en el mundo– semejante arquetipo.  Esta simbolización tiene lugar cuando percibimos –con otros ojos– que la infanta representa, frente a los frailes, la firme resistencia de la “comunidad mística de Israel” (la “forma de vida” de la propia shejinah) a ser “asimilada” por la Iglesia de la Inquisición. Sabemos que mediante esta “asimilación” (que subraya la captura de lo Otro por lo Mismo sin diferencia) el mundano poder inquisitorial procuró, por ejemplo, borrar del corazón de la humana Memoria de la Pasión –borrar tanto de la Historia sagrada como de la Historia profana– que el mismísimo concepto cristiano de “iglesia” procede de la idea de aquella comunidad y, particularmente, de su mimética transposición esenia. (La masacre de los cátaros o albigenses, cabe decir, persiguió la misma borradura –la Inquisición medieval, no se olvide, se creó en Languedoc para combatir la herejía cátara.)

Como si formara parte de un holograma, el trozo de espejo con el cual la infanta Margarita se cortó la lengua (yendo más allá de su circuncisión, reafirmando, de otra manera, el pacto) representa todo el espejo que recogió el reflejo de sus padres en la pintura de Velázquez. En ese abismo superficial se “complica” ‒en hierogámica, alquímica coniunctio‒  el  “decir como discurso verbal”  con  el “mostrar como ‘decir’ sin palabras”.  Esta “complicación” ‒sobredeterminando el ensimismado mutismo de la infanta, aplazando, para siempre, la emisión de su “voz”‒ contiene y retiene la precipitación, la caída (la caída en un mundo que ignora la diferencia) de la “explicación” de la infinita correspondencia simbólico-imaginal existente entre “el discurso verbal” y “el dar a ver”, como formas expresivas irreductibles una a otra.

Aquella “complicación”, aquella“explicación” son análogas a la “complicación” (complicatio) y a la “explicación” (explicatio) conceptualizadas en el seno de la Cábala Hermética heredera de la filosofía de Nicolás de Cusa e influída por las cabalísticas especulaciones del R. Itzjaq Luria.

Cabalístico-herméticamente, la “complicación” retiene (Tzim-tzum) la “explicación” hasta que, secreta e inesperadamente, se despeja un espacio para posibilitar su despliegue. Cuando este despliegue irrumpe, disloca y quiebra la opresiva indiferencia del mundo receptor (shebirat ha-kelim, “rotura de recipientes”) y subraya  ‒a través de las dislocaciones, a través de las fracturas‒  su apocalíptico fin. Anuncia este revelador destino para todo aquel que reconoce su condición de “exiliado” en dicho mundo, para todo aquel que sabe que sólo lo habita “contra-arquetípicamente”. (Ciertamente, la “complicación” ‒como ensimismamiento‒ y la “explicación” ‒como desbordamiento‒ no constituyen otra cosa que la forma-contención y la expresión de la original “Diferencia en Dios”, forma-contención y expresión que, en su doble faz dialéctica, cada uno de los “signos” escritos en el “Libro del mundo” acabará encarnando ‒cf. infra.)

Contrariamente a aquello que sostienen todos los seudocabalistas (jasídicos de salón, satisfechos  masones, teólogos confundidos o panteístas de la “nueva era”), la “restauración redentora del mundo” (Tiqqun Olam) no resuelve las referidas dislocaciones y fracturas (la“rotura de recipientes”) sino que libera originalmente de todo obstáculo al despliegue que las provocó para que termine de desfondar todas las cosas del mundo. La mesiánica empresa de la restauración redentora des-sataniza (el Mesías vence al AntiCristo –ya está escrito en la Memoria de Dios, en “su” Diferencia), desobtaculiza con el firme propósito de apremiar al mundo a descubrir  ‒sobre la verdadera (desocultante) tierra y “a cielo abierto”‒  su condición esencialmente contingente, a revelarla en y a través de “signos” como un apocalíptico Libro, como Liber Mundi. (Traducimos, parafraseamos, lo escrito por Henri Michaux) “Signos, no para ser completos, no para conjugar /  sino para ser fieles a su transitoriedad /  Signos para recobrar el don de lenguas /  la propia al menos, que, de no ser nosotros, ¿quiénes la hablarán?”.

Somos políglotas siendo polígrafos mas no escribimos, ni dibujamos, el final de nuestra historieta. Imaginamos que la infanta Margarita vomitó proyectando contra las caras de los inquisidores toda la sangre que se había tragado y murió. Con esta conclusión, ellos se liberaron “naturalmente”, sólo “naturalmente”, es decir, “contra-arquetípicamente” de su desafiante actitud.

Hoy, los actuales inquisidores y aduaneros israelíes también se “liberan” contra-arquetípicamente de la actitud desafiante de niños y niñas palestinos, masacrándolos juntos con sus familias o encarcelándolos. “La Tierra de Israel” (Eretz Israel), desgraciadamente, hace ya tiempo, dejó de simbolizar la idea de Tierra Prometida para integrar este mundo y colaborar contra todo intento de tiqqúnica redención del mismo. Por otra parte, no se nos escapa que, en este mundo, ninguna forma de terror estatal o paraestatal practicada por unos justifica o indulta la practicada por otros. Sabemos que a los miembros del Estado Islámico o de cualquiera de sus infrarreligiosas o infrapolíticas variantes (gubernamentales o sediciosas) no les importa la suerte de los niños y las niñas palestinos (tampoco la de los niños y las niñas israelíes, sirios, afganos, nigerianos, etc.) de igual modo que no les importa a aquéllos que se liberaron “naturalmente” de ellos y tampoco les importa a los otros aduaneros gendarmes del Imperio (gendarmes planificadamente distribuídos por toda la Tierra ‒algunos, como los israelíes, lucen uniformes “nacionales”).  Dicho sea de paso, en este mundo, nadie se libera, nunca, “naturalmente” de nada. Tampoco nadie se libera “socialmente” de nada cuando “la sociedad” ‒que segrega “lo social” como cierto modo-caparazón‒  designa únicamente la servil (o apenas indignada) “sombra proyectada a sus pies” por cada uno de los sucesivos gobiernos de la Global Colonia Penitenciaria. En este sentido, “liberarse naturalmente” como “liberarse socialmente” son ejercicios propios de confinados en el mundo, ejercicios menores que nada tienen en común con prácticas polémico-críticas, emancipadoras. Cabe decir que sólo en y a través de estas prácticas nos liberamos de la Naturaleza y de la Sociedad envilecidas, mundanizadas. Lo hacemos “políticamente”, el único modo de “liberar” y “liberarnos” que consideramos posible en este aciago mundo.

Arcanacráticamente, la “política” que, para nosotros, inspira las prácticas emancipadoras, constituye la “única ciencia religiosa”.  “La única ciencia religiosa” así definió a “la política” Abu Nasr al-Farabi. Todo lo escrito por este genio, admirado por Maimónides, merece ser profundamente estudiado, criticado (asistidos por el pensar-poetizar del terrible ángel ciego Abu l-Alá al-Maarri) y traducido a un lenguaje ingobernable, a un lenguaje ininteligible para los dogmáticos teólogos judíos, cristianos y musulmanes y para sus acólitos, voceros, todos, absolutamente todos (hasta los ultraconservadores, los integristas y los talibanes–los lobistas “pro-Vida” más brutos) voceros de la “nueva religión” capitalista mundial (sí, “nueva religión” –no una religión secularizada– esto ya fue advertido por Walter Benjamin cuando escribió acerca del “capitalismo como religión”).

Autorizados a ser desautorizados únicamente por lo arcano, por lo recóndito, leímos, hace tiempo (mucho antes de cruzar el medio del camino de nuestra vida), su revelación en el desierto, grabada en el dintel de un propileo no adosado a templo material alguno (nuestro Templo fue, es y será “campo de visión”) y ahora, ahora mismo ‒Apocalypse Now‒ la “volvemos a leer” (“relegere” es la raíz etimológica de “religión” según Cicerón y no “religare”, como repite la ignorante clerigalla de las Tres Religiones del Libro):  “El mayor error de la humanidad es creer que se tiene que entrar en los marcos y en la argolla de una iniciación para conocer lo que no existe, cuando no existe nada ni hay nada. Nada más que la insurrección irredenta, activa, enérgica contra todo lo que pretende ser a perpetuidad” (A. Artaud).

En los restos, en los vestigios míticos, teosóficos, gnósticos, cabalísticos, filosóficos, poéticos, ficcionales, histórico-documentales de las resistencias inquebrantables, de las insurrecciones intempestivas que para los actuales guardianes de la Fe y sus hermanos (guardianes de la Ley, la Moral, la Cultura, etc.) únicamente representan “antinomias teóricas, incongruencias científicas, utopías [políticas] irreductibles” (Lucio Magri)  nosotros encontramos los “antecedentes fecundos” para impugnar la desgraciada, envilecedora continuidad de “su” mundo, es decir, de éste.

 

N.B.: Adjudicable a una versión “digital” de Titivillus, el demonio de los copistas medievales, un error tipográfico aparecido en nuestro artículo del 4 de agosto [“En contra del diseñador (dibujante) de la mujer acostada”]: la separación de la “d” final de [Margaret] Atwood  y su unión con la palabra “escribió” (que acabó transformada en “describió”), motivó (entre otras razones) la exhumación de una cuestión que procuramos, en cierta forma, tratar en éste, nuestro actual artículo. Una cuestión cuya respuesta seguirá, para nosotros, por siempre inmersa en una equivocidad fundamental (“…la equivocidad es el elemento en el cual necesita moverse el pensar para poder ser exacto”, escribió el imperdonable Martin Heidegger). Escribir, describir. De-scribere: escribir acerca de… Escribir diciendo lo que se ve (no sólo con ojos de carne), mientras se da a ver lo escrito. Procuramos  “complicar” y “explicar” teológico-políticamente esta cuestión sin ofrecer respuestas, sobre todo, a quienes ignoran qué es una pregunta. “Estoy escuchando tus preguntas. La razón de que no las conteste es que de ninguna manera son preguntas” (Margaret Atwood, “Una parábola”).