Por Alejandro Mosquera

El mundo vive una crisis de desigualdad que se profundiza. Uno de sus datos mas crueles es que según estudios 11 personas estén muriendo de hambre y malnutrición cada minuto en el mundo (este ritmo supera la actual tasa de mortalidad de la pandemia de COVID-19, que es de siete personas por minuto) como contrapartida los supermercados globales son de los grandes ganadores durante la pandemia.

Cuando se analiza el mapa de vacunación contra el covid, se ve claramente la extremada baja vacunación en todo el continente africano. La contrapartida solo las ganancias de los laboratorios transnacionales sobre la base del dolor y la muerte de una parte importante de la humanidad, y su negativa a abrir las patentes para que se pueda producir para todos las personas por igual.

Se acerca la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2021  COP26) a realizarse  a partir del 31 de octubre en la ciudad escocesa de Glasgow, todos los alertas están en rojo, las medidas tomadas hasta ahora no alcanzan para frenar la catástrofe climática, toda las especies están en peligro incluida la nuestra. La contracara es la desigualdad tanto en la responsabilidad de la agresión al clima y en como golpea la parte de ese cambio en la población.

Cuando se analizan las causas de la crisis planetaria, la crisis ecológica, las crisis de las democracias, de las causas y efectos de la pandemia. De las causas de porque el número de personas que viven en condiciones cercanas a la hambruna se ha multiplicado por seis desde el comienzo de la pandemia,  claramente conforman un acta de acusación al capitalismo, al realmente existente después de 40 años de neoliberalismo. La pobreza va unidad indisolublemente a la altísima concentración de riqueza en un pequeño grupo de supermillonarios. La pobreza sanitaria, al desmantelamiento de los sistema de salud y protección social que se han privatizado o derrumbado.  Y podríamos seguir.

Sobre nuestro país siempre se señala como un oxímoron la existencia de hambre y desnutrición cuando producimos alimentos para 400 millones. La cuestión es la apropiación de la riqueza y la tierra por parte de grandes corporaciones o terratenientes que ha marcado la historia argentina. Alrededor de 12.520.000 de hectáreas rurales están en manos extranjeras. Además el 1% de propietarios concentra el 36% , tendencia que va en aumento. Sin resolver a extrema desigualdad en el acceso y control de la tierra es una de las causas de los niveles intolerables de pobreza. Sin políticas la desconcentración y democratización de la tierra será imposible reducir la desigualdad económica y social.

El latifundio y el capitalismo de la globalización  neoliberal realizaron un maridaje profundo, a la vez que expulsaron a millares de productores de la tierra. Las elites pro mercado de argentina expresan esos intereses de “libertad” para que esos poderosos del país o del mundo se apropien de nuestras riquezas tanto de la tierras para explotación agropecuaria como la minera.

Discutir la democratización de la tierra, el función social de la propiedad es imprescindible para repensar el país y construir un proyecto nacional que nos contenga a todas y todos, productoras/productores del campo industrializando la ruralidad, desarrollo industrial y científico tecnológico, para poder verificar en la practica el reclamo de tierra, techo y trabajo. Para poder ser parte eficaz y valiosa en la lucha contra el calentamiento climático, en convertir en realidad la soberanía y la seguridad alimentaria.

En todos los países, pero mas en uno como el nuestro es un debate del conjunto de la ciudadanía, no se puede aceptar que sea solo de los grandes poseedores, de las corporaciones del agro-negocio o de los Lewis y Benetton con su infinita capacidad de lobby y de alianzas con los políticos como Macri. Es un debate y consenso con los trabajadores, con los pueblos indígenas, con los productores, con los movimientos sociales, con la política.

Es tiempo de romper el triunfo cultural del neoliberalismo en el ocultamiento del latifundio y los males que le ha provocado al país, que no solo ha sido en términos de riqueza, explotación contaminante y alimentación, sino que los genocidios, los golpes de estado, las desestabilizaciones, el invento/apoyo de políticos derechistas  han tenido que ver con esos grandes poseedores de la riqueza de todas y todos los latinoamericanos.

En estos días está sobre el tapete el control de precios de los alimentos, la derecha económica, cultural, política y mediática no discute solo porque creen que no hay que detener la inflación que golpea sobre todo a las clases medias y populares, sino que enfrenta de fondo el rol del estado, su capacidad de regulación e intervención a favor del interés común. Es importantísimo.

Sin embargo si se quiere construir un rumbo es necesario y sobre todo discutir la tierra, la urbana, la rural, y los territorios indígenas.