Poesía. Por Eduardo Dalter.

 

Un desocupado, Dios, es una pieza única

que hace a tiempo completo su trabajo;

una pieza insustituible

a todo el engranaje;

una mudez; un grito; un balbuceo;

un canal nivelador

que espera aguas,

aparentemente más cerca de la sequedad

y el olvido

que de la administración planificada

de riquezas.

Un desocupado, Dios, con su desierto

y su niebla,

vital a este equilibrio de espejismo,

donde cada cosa empuja o devora

a cada cosa.

Se repite, se confunde, y se alza

ya como discurso

de escena, que el desocupado está

desocupado

de toda función o todo uso,

mientras la máquina infernal, abismal,

ahonda el pozo.

 

 

Dejá que entre la luz,

dejala que entre,

que se acomode,

que abra su valija;

no vayás a echarla;

dale de comer;

dejá que ande por la casa.

 

 

Seguramente haya otro lugar

más allá de este pozo

y de este horizonte seco

y quebradizo. Un lugar

para sentirse más palpable

y que hay que edificar aquí.