Por Noé Jitrik

Mi amigo Mario Rapoport me invitó a compartir un llamado “Foro”, patrocinado por el Fondo Nacional de las Artes, cuyo tema era algo así como la crisis económica mundial. Pese a mis reticencias para entrar en semejante cuestión, me venció su idea de que una voz proveniente de otro campo, la cultura o algo parecido, podría ser de interés. ¿Para quién? Estaba por verse. Acepté y, llegada la ocasión, me planté frente a la computadora, el programa “Zoom” funcionó y ahí empezó todo, nos veíamos las caras, salvo Rapoport yo no conocía personalmente a nadie. Nada de lo que se dijo me sorprendió, pero no porque conociera todo lo que se iba enunciando sino porque reaparecía, con todo empaque y seguridad, el universo de informaciones y conceptos que describen y definen lo que ocurre actualmente en el mundo y de lo cual diarios y canales hacen entregas muchas veces juiciosas y ponderadas. ¿Qué hacer y qué decir cuando casi todo se ha dicho y se está haciendo todo lo que se puede para detener la peste?

Entré por otro lado cuando me invitaron a hablar. No era lo que se esperaba, ni siquiera yo me lo esperaba pero salió. Ideas sueltas que enumero arbitrariamente. Esto que estamos viviendo tiene una estructura que la literatura puede ayudar a comprender: no es la novela ni el poema y menos el ensayo pero tiene algo del teatro, es la tragedia: su colmo, como en la tragedia, es la muerte pero luego el recomienzo; eso no permite el optimismo inmediato pero sí el optimismo histórico, o sea que esto que estamos padeciendo no será el fin del mundo. T.S. Eliot, el famoso poeta, había escrito: “El tiempo presente y el tiempo pasado están ambos contenidos en el futuro”. ¿Qué quiere decir esta sentencia? Yo creo que lo que será el futuro está compuesto por pasado y presente, eso está claramente dicho pero algo más: el pasado es lo que hay, es describible; el presente es padecible y el futuro es impredecible, de qué dependerá en consecuencia la forma que adquiera.

Para muchos se trata de “volver a la normalidad”, eso puede ser el futuro,pero no sólo qué es la normalidad sino qué puede serlo: de ahí se suele enunciar que la pospandemia nos pondrá en un mundo nuevo, vaya uno a saber. Pero, me animo a decir, no hay una sola pandemia sino dos por lo menos: una la del virus, es posible, deseable sin duda, que sea derrotada, la otra, la de la estupidez; ésa es invencible, viene desde el fondo de la historia, es como las moscas porque, como las moscas, resiste; afecta a muchos, a los simples y a los que se creen complejos: llamarlos “intelectuales” es un agravio a la razón. Por fin, y para rematar, dije que no puedo expresarme como si estuviera hablando con el Presidente o, peor, como si yo fuera el Presidente, razón por la cual no puedo decir “hay que hacer tal o cual cosa, lo que se está haciendo está mal, si me dejan yo arreglo todo esto”.  No hay más que ver la televisión para divisar ese aspecto de la estupidez. Por supuesto, hay muchos más.

En cuanto a la “normalidad” nada está claro. Por un lado, no se sabe muy bien qué es lo normal y en qué ámbito o nivel hay que considerarlo; por de pronto, quién y cuándo y por qué estableció que tal comportamiento “debía” ser normal, por ejemplo que a los seis años hubiera que ir a la escuela o, más claro todavía, que hubiera…, como lo dictaminó el viejo Moisés cuando volvió de la montaña y dijo que no había que…, el famoso decálogo. Quiero suponer que el sentido que todo eso tiene se vincula con un vivir mejor, más humano, con un convivir que sería anormal si no se lo respetara. Es claro que como no parece que se acepte espontáneamente esa  normalidad surgieron los códigos que no sólo lo recuerdan sino que sancionan a quienes lo pasan por alto.

¿Está mal querer que en ese sentido sea así y que se desee volver? Por otra parte, está lo que proporciona cierto tipo de placer en lo individual, el amor, una rutina conversacional, ciertos encuentros, ciertos juegos, determinadas celebraciones, algunos actos de libertad, el cuidado corporal y de la salud, todo lo que al parecer está en suspenso por la pandemia y que creo que todo el mundo, sin distinción, añora: ¿está mal que se quiera volver a eso? Pero, también hay que considerar, y es de la mayor importancia, lo que se ha impuesto y se impone como normal, por ejemplo la acumulación y la ganancia que considera normal que haya ricos muy ricos y pobres muy pobres, o que para obtener el poder hay que inevitablemente corromper y que si se es negro no hay derecho a casi nada de lo que es normal que los blancos tengan y así siguiendo. Si nadie hubiera reaccionado contra la normalidad colonial no sé desde dónde estaríamos hablando.

¿Está bien que se quiera, pasada la pandemia, que se vuelva a esa “normalidad”, como si no hubiera pasado nada? Creo que la distinción entre ambos niveles es clara pero también veo que muchos omiten el primero, tal vez porque lo consideren obvio,aunque no lo es,o porque entienden que “todo” el sistema es anormal, y sólo se refieren al segundo, toda la batería está dirigida a esa normalidad, que, no es ningún misterio, descansa en la fuerza que le ha permitido establecerse. Se trata, pues, de dos dimensiones y no sólo de una, tenerlo claro explica: quizás el juez que no quiere que se toque a Vicentín no se opone a que se regrese a la normalidad de la vida corriente, pero también quiere que se regrese a la normalidad de lo que socialmente está impuesto y que es, precisamente, a lo que no se debería volver.

¿Seremos los mismos cuando esto, que quisiera llamar “episodio”, termine? Quizás, ayudados por la facultad de olvido que todos poseemos, así sucederá y pronto, si el virus es dominado y la vacuna se incorpora a las múltiples que se han ido creando cada vez que una peste afligió a la humanidad, quizá regresemos a nuestras mejores costumbres y recomencemos ese eterno combate que para cada uno se vincula con alguna causa: mejor justicia, mejor distribución, mejor bienestar, mejores lecturas, mejor naturaleza, mejores relaciones entre mujeres y hombres, mejor respeto humano, menor explotación; en suma, mejor humanidad, menos tramposos, menos especuladores, menos ricos, menos mediocres, menos asesinos, menos explotadores y así siguiendo, o sea lo que algunos, muchos, pueblos, han querido antes y siempre, a veces a los tropezones, con escaso éxito, con renovadas fuerzas. Pero no es tan fácil. La experiencia a que el virus nos ha expuesto seguramente dejará huellas, cada cual deberá evaluarlas: después de no ver durante meses a amigos queridos, después de haber masticado una soledad a veces intragable, debe quedar un poso de amargura y de desánimo que, como otro virus, puede haber querido instalarse en los pobres seres humanos y que acaso lo haya conseguido. ¿Habrá alguna vacuna para detener la amargura y el desánimo?

Miro con pena mi molinillo de café que se ha empacado y no quiere funcionar. No es el único aparato que tiene ese  negativo comportamiento; hace cuatro meses que falta una bomba de agua que nos permitía bañarnos a pleno: cuando esa renuncia se manifestó creíamos que no habría más pero la aspiradora, en la que poníamos mucha pasión, estuvo a punto de defeccionar y por poco lo hace pero seguro que lo hará en algún momento. Mi viejo reloj de pared, 100 años de laboriosa existencia, de pronto se paró y no hay relojero accesible. Por suerte la computadora responde pero un mechero de la cocina se niega a expeler el gas necesario y está ahí, en silencio, mustio. ¿Hablar de tazas y platos que se rompieron? Resultaría patético, no lo voy a hacer así como tampoco de que la batería del auto se cansó de esperar y entró en una rencorosa negativa. ¿Hablar de médicos en estas circunstancias cuando se sabe o se sospecha que están en las mismas? ¿O de que todo esto es un gran desgracia cuando se sabe que hay millones que no se lamentan por el mechero que no recibe gas porque no tienen gas o les resulta difícil bañarse porque carecen de ducha y del auto ni hablar.

Sin embargo, con ser hasta casi divertida la serie de renuncias de objetos a ayudarnos a vivir, o sobrevivir, no es del todo delirante sentir que precisamente ahora cuando el colapso está a la vuelta de la esquina muchas cosas empiecen a fallar. ¿Qué ley es ésa? ¿Acaso los objetos esperan la ocasión de darnos una lección y este virus cretino la prepara? ¿Justo ahora todo es más difícil? Stephen King lo previó cuando imaginó que todos los grandes camiones, sin choferes, atacaban a todo ser vivo. Es claro que no debe haber pensado en Hugo Moyano a quien esa imagen no le ha de haber caído nada bien.