Por Noé Jitrik

No deja de ser sorprendente que desde el 10 de diciembre muchos queridos y admirados amigos hayan sido requeridos en funciones de gobierno, desde ministros a directores. Los felicito y me felicito porque es un reconocimiento muy justificado y por el cual bregábamos desde hace tiempo. Una cosa es la maniobra que le permitió continuar, de kirchnerista a macrista, a Lino Barañao, y otra que se designe a Roberto Salvarezza, ni hablar de Adriana Puiggrós o de Natalia Porta López y de tantos otros, nunca he visto un gabinete y adyacencias de esa prestancia y calidad. Cada una de esas personas tiene historia, no sólo de los últimos cuatro años sino de una vida: el signo que los caracteriza y une es el espíritu crítico. Yo supongo que estar en el gobierno, es innegable que las perspectivas se modifican, entraña determinados compromisos: ¿hará entrar en un paréntesis el espíritu crítico? No veo que, por el momento, exista ese riesgo pero a causa de los escollos con que se irá encontrando el nuevo gobierno no es imposible que se vaya presentando. Se cree que un gobierno es una gestión que se juzga pero, en estas circunstancias, es también un combate, “tierra devastada” es una expresión que dice bastante al respecto, y ya se sabe que en la guerra, violenta por definición, la relación entre lo subjetivo y lo objetivo cambia radicalmente.

No deja de ser curioso, aunque la palabra es tibia, que Trump haya declarado paladinamente que ordenó el asesinato del militar iraní; hay que reconocerle la franqueza, otro diría que fue un error, que fue involuntario y todas las excusas que se suelen invocar para salir del paso ocultando la inocultable satisfacción que genera haber logrado un objetivo tan complejo. Pero lo más notable es que, a continuación y sin ningún interés por aprovechar con calma ese triunfo, declara que tiene la intención de declarar la guerra a Irán. ¡Casi nada! Se puede calificar la declaración de arrogante y aun, sería correcto, de demencial, pero significa bastante más, significa, creo, algo tan estrafalario como lo que dice Groucho Marx en Sopa de ganso, (no faltará quién, más conocedor que yo, me corrija y sea en Una noche en la Ópera);un sujeto ridículo le dice algo que no le gusta, y él, dando un portazo exclama falsamente enojado “Esto es la guerra”. Puedo pensar que Trump lo imita.

No hay muchas oportunidades de escuchar lo que con benevolencia se podría llamar “fundamentos” de las sentencias que envenenaron la convivencia argentina; de quienes apoyaron y, aun hoy un tanto más melancólicamente, el descalabro que generó el gobierno que se acaba de retirar. Nos hemos cansado antes de la sarta de frases hechas y lugares comunes que salían de bocas nerviosas y nos seguimos cansando ahora pero no deja de ser un ejercicio interesante escucharlas. No son grandes enunciados, más bien frases cortas que intentan ser contundentes, “A Nisman lo mataron”, es una muy estimada, y, a continuación, “¿Le gusta Cuba y Venezuela”? Una que me dijo recientemente un vecino, “El Che Guevara era un asesino”. Debo aceptar que es difícil admitir que se trata de diferentes modos de pensar, simplemente porque en esas expresiones no hay ni pizca de pensamiento, pero no importa, pensar, como decía un filósofo a quien aprecio mucho, “duele”.

Pero de esas conversaciones, más bien sacudidas y nerviosas en eso que dice, brota algo más trascendente, la “creencia” misma, espectacular en ortodoxos de religiones que entre ellas se detestan hasta el exterminio, chiitas y sunitas son en estos tiempos actores principales de una contienda que, en el fondo, debe ser una cuestión de lectura, cómo leen unos y otros el Corán. Y, a propósito, qué leen los que creen. A un judío ortodoxo que discute amablemente conmigo, lo cual es ya una enorme concesión, le basta con la Torá, a un musulmán el Corán, no veo gran diferencia pero, sin duda, leídos ambos textos como obras poéticas deben tener hallazgos y mucho encanto, lo que lleva a pensar que hay obtusos bibliófagos e inteligentes bibliómanos, como mi exquisita amiga Flavia Soldano.

Pero, por supuesto, es más grave lo que tales creencias pueden acarrear. Me cuidaré muy bien de aludir a cómo es la cuestión en países dominados por las creencias, me importa más lo que pasa aquí. Por cierto, no podría exigirle a un asiduo lector de la Torá que lea y cite al Martín Fierro o a los poemas de Borges, como lo hizo Alberto Fernández, en realidad no podría exigirle nada en ese aspecto porque nada, si no la confirmación, podría admitir. Y cada vez me parece más peligrosa esa determinación y ese encierro, absoluto en relación con la historia y el acontecer del país pero no tanto en lo que logró el macrismo, a saber la imprudente adhesión de la DAIA –¡qué necesidad tenían de embarcarse en tamaña empresa!-, acaso para obtener algún ministerio o diputación. No es que bregaran por el interés de los judíos que viven la Argentina, sí tal vez un poco más por Israel en la contienda internacional pero sobre todo por las causas que le importaban al gobierno, la persecución a Cristina y todo lo que rodeaba esa sagrada causa, para el macrismo desde luego. No es descabellado pensar que ambas “causas” pueden tener un precio, no tal vez para los que hipotecaron políticamente al conjunto, pero sí para lo que con cierto énfasis se denomina “el pueblo judío”, que fue siempre el pato de la boda.

Tuve la suerte de que me invitaran, mediados del 2017, en plena euforia macrista, a un concierto en el que debía actuar el “Cuarteto de amigos”, un conjunto de cámara excepcional, en un ciclo denominado “Música en los Palacios”. Excelente idea: los “palacios” en cuestión eran esos edificios que sobreviven a los tiempos y que hablan de un esplendor, o una riqueza, que en la última centuria se fue para otro lado; en todo caso, los edificios de los actualmente más ricos de la Argentina responden a otros patrones, aquellos quedan y en ellos la música de cámara del más alto nivel resuena de otro modo, ecos quizás de pasadas glorias, fervores hoy apagados por el ruido y la frivolidad.

De modo que fui, encantado, el palacio en cuestión era el “San Martín”, antiguo Anchorena y hoy Cancillería: sus viejos salones conservan el boato original aunque no queda el recuerdo de quienes lo construyeron y, quizás, lo disfrutaron o, seguramente, lo exhibieron, ese resto de riqueza ganadera que si por un lado dejó el recuerdo de sus excesos también dejó el del lujo y el brillo. El público estaba integrado por personas elegantes y bien vestidas, que conversaban animadamente entre ellas, quizás funcionarios, quizás diplomáticos, seguramente sensibles a la música, como habitués del Colón o, mejor, de la revista Hola o Gente o, mejor todavía, asiduos de la residencia de Olivos.

Pero no fue así: llegaron los cuatro músicos, hubo un distraído aplauso, me dio la impresión de que yo era el único que los tomaba en cuenta porque las apasionantes conversaciones no cesaron así como tampoco el champán y los bocadillos que comedidos camareros servían no como si se estuviera asistiendo a un concierto sino a una boda o algo semejante. El conjunto emprendió el primer movimiento de un cuarteto de Brahms, que yo escuché absolutamente entregado, pero no los demás que no le prestaron la más mínima atención: comían, bebían, hablaban, hacían ruido, se reían, parecía que estaban en una cantina, no en ese solemne palacio y escuchando esa alta música. Cuando el primer movimiento acabo, los músicos se miraron y, sin decir palabra, se levantaron llevándose los instrumentos sin que los comensales hicieran el menor gesto. Me fui detrás. Me pareció que la escena mostraba hasta la evidencia la esencia de la cultura macrista, pura pinta y vaciedad.

Inolvidable una de las primeras frases  que pronunció Macri cuando asumió la presidencia: “pesada herencia”. Tenía tanto poder condenatorio que pronto se convirtió en un lugar común. Pero su efecto fue hasta cierto punto contradictorio: por un lado lo ponía a Macri en el lugar de las esforzadas víctimas de los malos manejos de su predecesora, pero, por el otro, y seguramente Macri y sus consejeros “intelectuales” no lo previeron, obligaba a tener ante los ojos constantemente lo que había sido quien había dejado esa herencia.

El fantasma de Cristina perturbaba las noches de Macri, no se lo podía sacar de encima porque él mismo lo había convocado. Más cauteloso, más dueño de su discurso, en suma más político, Fernández se ha cuidado de incurrir en dicterios parecidos; discreto, casi no alude a ese informe conjunto que algunos, con  acierto terminológico, llaman “cambiemitas”. El resultado es que nos permite olvidar lo que fueron esos años a fuerza de ponerlos al costado. Pero también eso tiene sus bemoles: es como si los nefastos cuatro años desaparecieran, una sombra serás, decía el tango con admirable patetismo; ya casi no se habla de los millones que casi desaparecen de la faz de la tierra, ni del tedio que a los que podían defenderse provocó la mediocridad cultural, por llamarla de un modo generoso.

¿Pero no es cuestión de pensar en lo que pasó? O, mejor dicho, ¿en qué nos pasó? El argumento del deseo inconsciente de no caer en la dictadura tiene cierto peso pero no ha de ser el único; el hecho es que se aceptó, todo se aceptó y no es que no hubiera nadie que lo advirtiera y resistiera: la sociedad entera aceptaba, se pudo sentir que lo que con exceso se llamó “macrismo”, como si se dijera “cristianismo” o “comunismo” o “peronismo” era una forma de vivir, que eso era así, el realismo crudo. No lo sé, me cuesta indagar porque no sé qué me pasó a mí, cómo procesé interiormente esa charca de altos precios y pensamiento flojo en la que se convirtió lo que había sido un modo nervioso de vivir, contradictorio y convulsivo pero, fundamentalmente, poético.