Por: Noé Jitrik.

No se puede no celebrar algunos aciertos verbales del mejor equipo de los últimos cincuenta años. Frases inspiradas que actuaron como dardos lanzados al corazón del enemigo kirchnerista. Tal vez no deban ser atribuidas al fecundo ingenio del propio Macri, ocupado en diseñar y ejecutar su magna obra de destrucción del país, sino a sus asesores, el caviloso Rozitchner o el escurridizo ecuatoriano, que sin duda interpretaban el sentido general de esa obra. No lo podemos saber o no podemos saber de qué modo le construían su lenguaje pero pudimos apreciar alguna de esas frases en boca de algunos miembros de dicho equipo.

“Pesada herencia” fue muy eficaz, nadie ignora lo que puede esperarse de una herencia ni lo que se siente cuando se reciben deudas en vez de propiedades o cuentas jugosas en un banco: el kirchnerismo dejaba esa ruina y por eso la herencia era pesada. La frase prendió, se hizo lugar común y se convirtió en argumento de quienes no tenían ninguno para juzgar lo que iba del gobierno anterior al siguiente. Otra, que el convencido Prat Gay creó para ejecutar despidos de personal, fue “grasa militante”. El valor de esa frase residía no en la palabra “militante”, que es neutra porque designa una actitud y aun porque es una palabra de moda, sino en el sustantivo “grasa”, algo desagradable que suele ser expulsado, quién come la grasa en un asado.

No prendió tanto pero quedó flotando. Creo que Alberto Fernández no debería desechar ninguna de esas frase; no habla de “pesada herencia”, se ve que intenta tener otro lenguaje, pero la pone en evidencia porque, y no se necesita explicar demasiado, el macrismo no dejó otra cosa que no fueran deudas gigantescas, finanzas en ruinas, producción en colapso y fortunas enormes en los bolsillos de sus parientes y amigos. Podría decir, entonces, en una réplica ingeniosa, algo así como “bagaje siniestro”: a Rozitchner lo desconcertaría. Y en cuanto a la “grasa”, no quiere señalar con un adjetivo a los seres que ocuparon gerencias inexistentes y se aferran a sus sueldos exigiendo indemnizaciones que nunca se dieron a los que Prat Gay exorcizaba con su frase. Podría, entonces, retomando la idea, referirse a ese ejército de náufragos diciendo algo así como “garrapatas del poder”, frase que quiere decir algo parecido a la de Prat Gay, aunque más respetuosa, Fernández no parece alguien afecto al dicterio.

El asesinato del muchacho en Villa Gesell es tema permanente este verano; se habla de eso sin cesar y hasta los medios que siguen atacando a Cristina y de paso a Alberto: poco falta para que les atribuyan el asesinato. Periodísticamente, se lo podría relacionar con a Sangre fría, de Truman Capote, aunque el esquema general del asesinato es diferente, no sé qué es peor, no sé con cuál quedarme. El hecho es que parece significar mucho, no se hace más que desgranar antecedentes, orígenes sociales, el deporte, muchas cosas; se puede, incluso, relacionarlo con las secuelas del macrismo, en tanto implicó una aleatoria teoría de la autorización: si los macristas de primer nivel podían tener cuentas millonarias off shore, por qué esos fornidos muchachones no podían masacrar a un chico que les caía antipático.

Tal vez voy muy lejos pero es que se ha producido una marejada de la clásica relación “causa-efecto” y no se termina de entender cuáles son las causas que motivaron ese tremendo efecto. Repugna ese acto degradante, de inaceptable cobardía y hasta ahora es todo, pero todavía no llegamos a lo que significa. En todo caso, algo significa por cuanto se ha producido a menos de dos meses del nuevo gobierno: azar se dirá pero también que hay una lógica en lo azaroso, nada ocurre por absoluto casualidad, por qué cuando se abre un lenguaje más limpio y una esperanza de mejora se producen cosas tan aberrantes como ésta.

En el transcurso del “tour” europeo de Alberto Fernández al parecer fue logrando grandes éxitos; expresiones de comprensión y aquiescencia, incluso de afecto, todo lo cual se traduce en la expresión que muestra en las fotografías que llegan de cada encuentro; amplias sonrisas, apretones de mano, hasta la fina comprensión de Macron, que le regala una guitarra; el propio Trump, no en la gira europea sino por su propia y febril cuenta, abandona por un instante su natural grosería para decir algo amable, prometedor, Dios lo quiera, de futuros negocios, en qué otra cosa puede pensar ese hombre.

Bolsonaro no hace gala de parecida amabilidad pero no importa, puede decir lo que quiera que su patente de desquiciado no se la quita nadie, loco puede ser pero también idiota, una excepción notable en el mundo de la demencia. Fernández, impávido, cultiva un lenguaje que puedo calificar como apaciguador y razonable, y si bien no deja de asumir compromisos importantes es lo más alejado del mundo de un energúmeno que amenace diariamente con romper la cristalería, o sea meter en chirona a todos los malhechores que han saqueado el país; es un lenguaje tranquilizante lo cual tampoco es del todo tranquilizante porque puede anestesiar: proclamar un “entre todos” implica proponer que la parte inquietante de esa totalidad comprendería las buenas intenciones que están detrás de esa invocación, lo cual parece difícil y poco probable.

Es el riesgo de lo razonable, puede gustarnos pero también nos deja sin argumentos y nos pone en las manos de esa temible especie llamada “realistas”. Por ahí nos sugiere que veamos el lado bueno de Trump, o el de Guaidó, o el de Añez o el de Bolsonaro, Dios nos libre. Un poco de locura no estaría del todo mal así sea para ver patalear un poco a los propietarios de la derecha inhumana y ladrona.