No me gustaría que me juzgaran “oficialista”, detesto esa palabra porque lo que indica es una sumisión, obediencia o seguimiento, conductas que no se avienen a lo que considero mi más preciado capital, la independencia de criterio, mi espontáneo esfuerzo crítico, mi angustioso deseo de libertad. Pero eso no quiere decir que no pueda ver lo que pasa a mi alrededor. Y lo que veo, en términos políticos generales es una diferencia, y qué diferencia: cuando “Cambiemos” tomaba una decisión que afectaba algún aspecto de la vida social, y vaya si las tomó, las calles se poblaban de manifestantes ardorosos que protestaban masivamente, cientos de miles: “Cambiemos”, indiferente al clamor seguía adelante, topadora gubernativa, con una seguridad tan arrolladora que al día siguiente de tales manifestaciones el Boletín Oficial, por decir algo, registraba esa decisión en forma de decreto, por añadidura de “necesidad y urgencia”. En estos dos meses la diferencia: quienes objetan una decisión se reúnen, discuten, tienen todavía los grandes diarios a su servicio  cuya finalidad es socavar a Fernández. Leo que respecto del tema de los privilegios de los jueces se juntan en el Congreso las cabezas, aunque atribuirles esta cualidad es excesivo, para discutir qué hacen, cómo se oponen, no hay multitudes bramantes en las calles. Diferencia, ¿no?

Tanto debate, previo a la discusión legislativa, sobre las jubilaciones de los jueces, me cansa aunque no ignoro la trascendencia de la cuestión. Entiendo: a nadie le gusta que le saquen plata pero otra cosa es “poner plata”, y más cuando todo el mundo pone. Trato de entender y confieso que debe haber un punto en el que la cuestión se me escapa, sobre todo si la tentativa del Gobierno de disminuir los privilegios es constitucional o inconstitucional, esa puja interpretativa que llega al barroquismo. Cuando inicié mis trámites  jubilatorios tuve que demostrar veinticinco años de aportes; se supone que ese dinero, pequeño el año inicial, mayor en el final, había reforzado su valor hasta el punto de garantizar que, una vez jubilado, percibiera lo que según los cálculos oficiales podía percibir hasta el fin de mis días; si ese principio estuviera equivocado el sistema no podría funcionar, ningún dinero en el mundo alcanza para pagar sin término cuando no hay dinero que lo permita. Los jueces, me parece, quieren todo: no aportar pero sí disfrutar de la jubilación o sea que si yo proveí para mi futuro ellos no pero de dónde supondrán que saldrá el dinero que recibirán. Es bastante simple, me parece, pero no lo admiten aunque me parece raro que no lo entiendan. Y tontos no son.

En una charla que tuvo lugar en La Cumbre se me ocurrió que, pese a su antigüedad, sigue en cuestión un viejo tema, el del nacionalismo. Se invoca poco la palabra pero me parece evidente que tiene relación con las decisiones que tienen que tomarse en este momento y, en realidad, en todo momento desde una perspectiva de país o, para seguir en la terminología, de nación. Naturalmente, hay que diferenciar, una cosa es el nacionalismo esencialista, esa creencia en el «ser» que debe ser preservado de toda clase de gérmenes nocivos, tales como, por orden descendente, la masonería, el ateísmo, los judíos, los comunistas, los anarquistas y todas esas lacras ideológicas; su culminación hacia la derecha es el fascismo que no necesita explicarse, simplemente la locura del siglo XX; otra el nacionalismo que siente lo propio, la cultura, la lengua, la gente, que quiere cuidar un bien colectivo, que lo quiere mejorar y lo quiere defender de las amenazas de quienes intentan apropiarse de los bienes y reservas del país. Éste, en el que queremos vivir y compartimos, puede instituir un programa de vida para el conjunto, quiere distribuir, por lo cual sus enemigos lo llaman despectivamente “populismo” y necesita del Estado para que el país no sea despojado. Intentos existen y algo han dejado y si no hay podido más es porque siempre hay interferencias, obstáculo que ponen, por orden descendente, los monopolios foráneos, los poderosos locales, los privilegiados, los ricos y los cómplices de la enajenación. Dicho esto se abre el espacio del a política: al parecer esas líneas, distribución e interferencias, pugnan. Quizás el macrismo encarna un somero pero grave triunfo de las interferencias. A considerar.

De la intervención de Fernández el 1º de marzo se ha hablado y escrito con profusión el mismo día y el siguiente. Se ha considerado lo que dijo, que fue considerable en cuanto a temas importantes y en curso en el país, todos cubiertos por un velo de preocupación, y lo que no dijo, también importante. Ponderaciones hubo, sin duda, y elogios pero también prudentes reservas en aquellos que querían que tocara más y fundamentales temas, nada de qué asombrarse, siempre, por más que el balance sea positivo, anuncios presidenciales tienen sus implícitos, se adivina un juego de compromisos y de promesas, una lucha secreta y palpitante entre posibilidades y límites. Y, por sobre ese rumor, sensaciones, la de sinceridad, la de honestidad, la de novedad, que no es poca cuando nos estábamos acostumbrando a mediocres vidrios de colores. Pero hay otra cosa: se trata de un discurso que no es como cualquiera, desde luego, señalarlo es una obviedad, pero no es una obviedad considerarlo, precisamente, como discurso y sus vibraciones. Habrá quien lo estudie desde esa perspectiva, para mí hay algunos matices que puedo destacar y que me parece que lo sustentan, sin que eso aparezca como muy evidente: el carácter literario que tuvo la exposición, la articulación argumental, el “dejar de lado” asuntos sobre los que han corrido ríos de tinta. Podemos llamar “forma” a ese registro pero no es una palabra desdeñosa, indica por el contrario un modo de construcción por medio de la palabra que procede de una experiencia intelectual otra, no la trasegada e inmediatista de la tradición discursiva política, que creyendo ser afirmativa hace poner en duda el efecto, ese producto final de todo discurso y más el que implica operaciones que comprometen nuestra vida. En estos apuntes no puedo ir más lejos pero se podría porque, y eso lo puedo afirmar, no fue un mero rito gubernativo sino un imprevisto acontecimiento, algo en sí mismo celebtable.