Por Noe Jitrik

Mi amigo del alma, Darío Cantón, me llama preocupado, o angustiado, y me pregunta qué pasará con nosotros que somos vulnerables por razones de edad, si la cuarentena sigue indefinidamente. Supongo que la pregunta flota en el aire y la respuesta vaya uno a saber dónde. Pero como supone que lo puedo saber (no sé por qué lo supone) o tal vez sólo para sentirse acompañado, me pregunta y, en efecto, lo acompaño, estamos juntos en esta situación de incierta perspectiva. Lo primero que puedo decir es que su pregunta ingresa al arcón de las preguntas sin respuesta que se han ido acumulando desde que la peste comenzó, aunque todas terminan en lo mismo, “¿qué pasará con nosotros?”, que es lo que me dice de entrada. Una de dos, le digo, o bien nos deslizamos por sobre el tumulto que crea el virus y al final, una vez triunfantes, derrotada la peste, recomenzamos y nosotros con el conjunto o bien antes la tiznada, como se la llama cariñosamente en México, nos acarrea y nos lleva como a tantos otros, algunos que tenían mucho que hacer y otros no tanto pero que seguramente no lo esperaban, a la triste estadística que por ahora, comienzos de mayo, sigue acumulando cifras. Prefiero la primera posibilidad, prefiero seguir hablando con mi amigo del alma sobre lo que está pensando y haciendo y que él haga lo mismo conmigo. La segunda posibilidad no me gusta, lo digo con franqueza: no entiendo por qué Juan Sebastián Bach, creo, tituló un fragmento vocal “Ven dulce muerte”.

Durante los cuatro años en los que la asociación de negocios autodesignada “Cambiemos” incrementó sus ganancias y reforzó sus créditos, seguí paso a paso las decisiones que tomaba, ya en Plaza de Mayo, ya en el Congreso, con la comprensión y el apoyo de las diversos seudópodos de la Plaza Lavalle. Como nunca, lo que emanaba de esos lugares, me interesaba, nunca me había pasado con anteriores gobiernos; por esa razón es que me debo haber politizado más de lo que estaba y había mejorado mi espíritu crítico. Pero me fui olvidando de los agentes que iban actuando en esos lugares y de las decisiones que fueron tomando y cuyas consecuencias estamos pagando.

Lo que no se me olvida es que siempre invocaron la democracia, la república, la libertad y todo lo que encierra el escudo patrio y la figura que corona la Pirámide de Mayo con el supremo fin de engrosar cuentas en bancos extranjeros, igualmente patrióticos. Ministros, diputados, senadores, jueces, ni hablar presidente, vice y tantos otros, totalmente culpables o cómplices de ese desliz, de la Sagrada República a las cuentas bancarias, y actúan ahora como las vírgenes que cuidan a Allah en el vasto cielo de la verdadera religión, secundados por arrojados –al contenedor de basura- periodistas que se desgarran las vestiduras porque vienen o vendrían, a los hospitales que ellos mismos desmantelaron, médicos cubanos o porque diputados y senadores capitaneados por la Generala CFK están preparándose para que los exageradamente ricos saquen un poco de sus faltriqueras y contribuyan. Verbo terrible para todos ellos es “contribuir”, es como el ajo para el vampiro, le escapan pero, entre tanto, hacen todo lo que pueden para evitar ese ominoso futuro, poner plata, qué horror.

Soportar la cuarentena no es fácil, ayudan ciertas rutinas y, sin duda, la lejana presencia de amigos que se interesan, nos interesamos, en lo que nos (les) pasa. Por regla casi general, ese interés, legítimo, cariñoso, se expresa en dos o tres preguntas acerca de cómo están (o estamos) y se prolonga comentando lo que se sabe sobre el virus y la pandemia, que es más o menos la pregunta que le hicieron a Macedonio (¿o a Borges?, ¿qué se sabe sobre la muerte? En el primer mes los juegos de humor sazonaban esas conversaciones, en el segundo tienden a desaparecer, no sé qué pasará en el tercero, ruego con todas mis fuerzas que no se convierta en mal humor. Lo que en cambio sucede es que considerando las respuestas, invariablemente en parecidos términos, se ha constituido un relato universal, único, igual en todas partes del mundo: “estamos bien, aprovecho para leer y/o escribir, cocino, escucho música, veo películas”.

Después de decir eso las conversaciones se hacen cuesta arriba, antes de lanzar un algo diferente, una sensación, un recuerdo, una idea, uno (yo) piensa dos veces, el otro puede no querer otra cosa que,  por un lado, estar tranquilo sabiendo que el amigo no está afectado por este terrible mal y, por el otro, que se lo deje tranquilo con sus propias sensaciones, recuerdos, ideas, sabiendo, unos y otros, que no cambia nada que se escuchen estas variantes o que se ensordezca repentinamente. Lo que cambia un poco la rutina son los esfuerzos denodados y continuos de algunos periodistas, envidio la continuidad y la fuerza, no descansan. Pero sobre todo las apariciones de Alberto Fernández, conmovedoras, hay un sufrimiento en esa cara, ese afrontar la tormenta sin otros medios que arreglar lo destruido por años de desidia y de entrega moral no tiene precio. Vuelvo a la rutina, me levanto queriendo seguir en la cama, cuento las horas que pasan y, entretanto, me gusta imaginar el día y el momento en que este fantasma desaparezca: creo que todos nos precipitaremos sobre los primeros que se crucen, amigos, quiero decir, y hablaremos hasta por los codos largando todo lo que hemos acumulado en este obligado silencio.

Y puesto que mencioné las películas como salvavidas un par de ellas fueron algo más, me sugirieron, me detuvieron y llevaron a pensar. Sacrificio, de Tarkovski, realizada antes de Chernobyl: ante la amenaza de la destrucción nuclear el protagonista dice “Quiero volver a mi vida de antes”, frase que regresó en boca de Emiliano Levoratti, médico, cercano a infectados. Y también, pero referida a otro tipo de epidemia, la de la corrupción, La dictadura perfecta, de Luis Estrada, una feroz parodia de lo que resulta de la combinación entre narco, política y televisión.

Un presidente que dice dos cosas inolvidables, una al embajador norteamericano de la administración Obama, negro a no olvidar: “Le sugiero que abran la frontera para que entren a los Estados Unidos los mexicanos que son mucho mejores que los negros para los trabajos sucios”. No se puede creer. Y la otra: “La economía de México es nuestra principal preocupación, por eso hemos decidido aumentar un 25% los precios del pan, las tortillas, las carnes, los vegetales, la gasolina”.

Como si hubiera citado a Patricia Bullrich cuando logró que se bajara el 13% de los salarios, gran triunfo argentino, imitado por otros países. La película no tiene héroes que enfrenten y derroten a los corruptos lo cual me produjo dos sensaciones, una amargura profunda, sentí que no sabemos nada de cómo ciertos sujetos llegan al poder y, la otra, que debería proyectarse en la Argentina, parece un comentario a lo que fue el macrismo, esa deletérea mezcla de periodismo con “justicia”, finanzas, deudas millonarias, mentiras e inventos, gangsterismo y criminalidad. Como para quedarse en casa e imaginar cómo y por quién toda esa melaza puede ser descubierta y castigada.