¿Se puede hablar de otra cosa que de la desgraciada pandemia que replica la fantasía de la globalización? Y, por otra parte, ¿para qué hablar o qué decir que no sea expresar temor, angustia o, tal vez ingenuamente, la esperanza de que esto termine pronto y podamos volver a las pequeñas cosas que son la sal de la vida?

Están, desde luego, los catastrofistas y en la vereda de enfrente los razonables, pero la verdad la verdad transcurre en el horrible mundo subterráneo de los virus, esos entes que no comprendemos y de los cuales lo más elemental que se nos dijo fue que nada los elimina, no son como las bacterias, ellas sí ofreciendo flancos débiles. Se nos dijo, cuando algo nos afectaba y no había causa visible, que eran “virus” y que solitos desaparecerían.

¿Cómo puede ser esto que está pasando, tan primario y primitivo, cuando basta apretar un par de teclas para escuchar una voz amada que llega atravesando en un instante miles de kilómetros? ¿Cómo vamos a recuperar el gusto por la conversación, lo que depara las miradas, las sensaciones corporales? Me gustaría dar una fecha pero quién me lo puede pedir.

Una mera salida a la calle con la intención no ya de ingresar a un restaurante sino de comprar unos tomates, por no aspirar a un kilo de carne, permite medir, en Buenos Aires, el estado de ánimo de alguna gente, mucha gente, aunque en la verdulería no estén “todos”. No hablemos de una farmacia: ahí se comprueba que padecer de algún mal es un pésimo negocio, la enfermedad parece más benévola que el farmacéutico. Pero, como es habitual y comprensible, se hace lo que se puede, se mira con melancolía la billetera, amenaza de exterminio, se la abre y cierra con resignación, se ve que un billete de diez pesos es deleznable y la misma suerte corre uno de cien, muy pronto serán seguidos en su ostracismo por uno de quinientos, el de mil se está preparando para integrar el pelotón.

Lo peor es la reflexión que acompaña cada penosa verificación: “a este país no lo arregla nadie”. No han pasado tres meses desde que el macrismo salió de escena y tales constataciones generan un escepticismo que mina el entusiasmo, si lo hubo, y elimina –me excuso por la rima- un razonamiento o un examen de los factores que generan esas comprensibles disconformidades.

Puedo describir el fenómeno pero se me ocurre, aviesamente, que en alguna parte esto comienza, siempre hay el huevo de la serpiente, y tiende a que en efecto “todo” siga siendo igual. Por ejemplo, en el pobrecito 3% del aumento de las retenciones a la exportación de soja. Vengativos, los sojeros no perdonan y a esa furia se añaden los ganaderos y por lo tanto casi no podemos comer carne ni quesos. ¿Y qué sería lo diferente? En la respuesta está la posibilidad de acciones y en ese punto nos gustaría que F y F fueran más contundentes y agresivos, aun empleando el suave discurso que pusieron en funcionamiento. El exceso de consideración respecto de las intenciones de los enemigos puede ser letal. Eso lo comprenden no sólo los sojeros sino muchos más, el ejército de las sombras que siempre espera para dar el zarpazo.

Al dinámico Pagni, que parecía el más razonable o el menos energúmeno de los lenguaraces del diario La Nación, se le mezclaron los tantos, lo traicionó un impulso momentáneo a decir algo sobre lo que apareció ante sus ojos. No voy a repetir lo que señaló y que ponía en cuestión a su segundo hogar, o sea ese prestigioso diario. Se armó un sainete, los jueces aludidos palidecieron, sobre todo en el momento en que clamaban por sus emolumentos, amenazados terriblemente por la sensatez de las decisiones del nuevo gobierno, tan acostumbrados estaban al anterior.

Ahora no sabe muy bien cómo salir del lio y tanto él como algunos de sus acólitos, tipo Fernandez Díaz, chapotean, balbucean, no quieren decir lo que dicen, un berenjenal impropio de plumas tan aceradas y tan bien preparadas para el ataque.

Están saliendo a la luz del día muchas “malas acciones” de funcionarios macristas: dineros a raudales, por no mencionar atentados judiciales y arbitrariedades sin fin. Una especie de dinámica correctiva, altamente moralizante, que tendería a reparar –palabra que instauró en una reunión de científicos Alberto Kornblihtt- graves daños al aparato del Estado y por consecuencia al país. Me puse a reflexionar sobre lo que pasará después, cuando la reparación se realice: ¿el Estado será más sano? Puede ser, es lo que esperamos pero será el mismo Estado, esa entidad abstracto-concreta de la que siempre se ha dicho que tiene que ser modificada.

Y otra pregunta, ¿para qué o,  si se quiere, por qué?  Pues porque está en juego un país posible, un país que queremos. Dicho crudamente, ¿qué país queremos? No está claro en las propuestas o demandas sectoriales, nunca satisfechas del todo, eso es más que evidente, pero expuestas con convicción, ni en los programas políticos. En cierto momento, para los militares, instalados en el poder, estaba claro, hablaban de “Argentina potencia”: ¿es ése el país que queremos? Por comparación, podría decir que estuvo claro en los Estados Unidos desde el primer momento: riqueza, fuerza, invulnerabilidad, bienestar para los propios, rechazo a los ajenos, etcétera. ¿Y cuál es el que se quiere en esos momentos? Nadie, creo, lo dice, silencio que descansa en un movimiento inhibitorio porque, al parecer, la tradición quiere que el país que se quiere es producto de una revolución que muy pocos proclaman como el camino para el país que se quiere, que no sería éste, pura continuidad.

Quizás cuando estas páginas salgan a la luz del día todo lo que dije en los párrafos precedentes carezca de sentido. No obstante, tal vez la obstinación sirva para regresar a un mundo que el mundo de la pandemia está intentando eliminar, memoria de modos que hoy, a fines de marzo del desdichado 2020, parecen lejanos y perdidos. ¿Irremisiblemente?