Por Noé Jitrik

La palabra “diario” es como un recipiente en el que cabe toda clase de objetos mentales, impresiones, recuerdos, asociaciones; no se le puede exigir respuestas a lo que ocurre fuera de quien registra ni soluciones a problemas que exceden el espacio que podría ser el propio, de cada quien, porque conduce inevitablemente a una subjetividad, se pone ahí lo que se quiere, las reglas las dicta cada cual. De todos modos, aun admitiendo esa limitación, podría extrañarse que en uno que se vincula con una actualidad, como es el caso –el título lo denuncia-, no aparezcan referencias o comentarios a lo que es sin duda lo esencial, momentáneamente, espero que pase, de la preocupación general, el virus que en este mes de marzo y ya sobre el precipicio que nos lleva a abril, nos tiene de cabeza.

No creo que a nadie, por lo menos a nadie que lea estas páginas, el tema le resulte indiferente, desde luego que tampoco a mí. Pero lo dejo de lado y me quedo en un aspecto secundario pero emergente de la situación general: el modo en que los llamados “medios” tratan a los que transgreden las disposiciones cuarentenaicas. No es que merezcan algún tipo de comprensión pero otra cosa es que se ocupen de esas personas como si fueran excrecencias monstruosas y no tan sólo previsibles manifestaciones de situaciones catastróficas: hay un terremoto y brotan los ladrones, hay una devaluacióny el país se llena de especuladores, hay una sequía y proliferan los incendiarios, hay una epi o pandemia y los predicadores venden milagros. Pero lo hacen hasta el hartazgo, como si no hubiera otra cosa que mostrar; los desaprensivos o indiferentes o ignorantes o estúpidos para quienes no hay virus que los contenga, son exhibidos durante horas, por todos los canales de televisión, fastidioso castigo ver esas caras estólidas como si no fuera bastante tener que padecer la pandemia misma.

Me pongo en la piel de esa masa de personas que por las limitaciones que hay que soportar fueron sorprendidas en diversos lugares del mundo y quieren y necesitan regresar, y me sube una angustia de encierro semejante a la claustrofobia. Un avión puede traer a trescientas personas, hay a la fecha quince mil varados, cuántos aviones se necesitan. ¡Qué situación! Los que, además, logran volver porque han conseguido un vuelo deben pasar sus catorce días encerrados, catorce días de encierro los espera, siempre, además, que no traigan consigo síntomas y aun así. Pero de pronto no hay vuelos, por no se sabe qué razón –será por la cuarentena- las empresas los han cancelado y ahí están, varios miles, casi en situación de calle en ciudades previsiblemente hostiles o por lo menos inhóspitas.

Si bien no creo que faltaba que lo dijera yo en la esforzada Barraca, esto se sabe y lo sabe sin duda el Gobierno y se supone que lo está encarando, en primer lugar porque es su obligación –no puede desamparar a ciudadanos del país-, luego porque los medios de que dispone son lo limitado que son porque no se trata de Arabia Saudita, de la que se dice que tiene tantos recursos como para arreglar la rotación de la tierra si la rotación se descompusiera. Pero hay quien no lo entiende y considera que el Gobierno es insensible y que para él no todos esosargentinos son lo mismo. No lo creo y creo que terminará, días más días menos, por traer a todos de regreso, tal vez ahora mismo que escribo está empezando a encontrar el modo. ¡Ojalá!

Nunca, en toda mi vida, he tenido que padecer cuarentenas. Rara situación, para no hablar de sus consecuencias y sus efectos que, aunque uno lo tome con calma y disciplina, para muchos son psicológicamente devastadores. Trato de que no lo sean para mí: leo, escribo y, de pronto, para pensar en otra cosa y no sólo en las cantidades de infectados y muertos, frustrado cada noche de encierro porque no bajan, busco una película y la veo, en parte para recuperar lo que sentí cuando la vi por primera vez, en parte porque me faltaba, en parte, por fin, con la decidida intención de agotar la energía de que dispuse para aguantar esta penosa situación y ayudarme a dormir.

Pero si bien la disfruto empiezo a sentirme culpable, angustiosamente culpable, qué derecho tengo a sentirme bien cuando tantos seres en el mundo viven amenazados sin comprender lo que les está pasando y por qué se los está llevando la muerte. No quiero deprimirme, no me lo autorizo, pero ver la película no me ayuda. Termino de verla y, tristemente, recurro a otro expediente, una vez en posición horizontal y en la cama, volver a decir en silencio algunos poemas que me acompañan desde hace tiempo, tratar de encontrar alguna variante en el relato que me obsesiona y me ayuda, cómplice indeciso, a escapar de la tragedia rodeado de  sombras.

Por supuesto, es también previsible, entre tantas situaciones que la pandemia genera, que las medidas que toma el gobierno sean vistas de dos maneras; la primera, y más general, las acepta, las acata y aplaude que se las aplique rigurosamente; la otra, las cuestiona, no las aprueba ni las acepta y, en ciertos casos, las discute. No puedo rechazar la idea de que la crítica no puede subordinarse a la circunstancia pero tampoco puedo dejar de pensar que ciertas circunstancias tienen tanto poder que obligan a atenuar la crítica. ¿Son las actuales, la pandemia, de las que no deben modificar la crítica o, por el contrario, de las que la toleran y aun la necesitan? Interesados o estúpidos, o macristas melancólicos que intentan socavar al gobierno como si estuvieran seguros de que el virus no los va a tocar, muestran sus propósitos golpeando cacerolas, como en la feliz época en que se podía  insultar a Cristina con total libertad, se empiezan a mover pero qué clase de crítica es eso.

Importan más las argumentaciones sobre las que consideran que no hay por qué reprimir la crítica: me suenan, de todos modos, artificiosas, expresan no una posibilidad de actuar de mejor manera sino un supuesto saber: no he logrado que me dijeran quehay algo mejor que la cuarentena para frenar el virus, sólo afirman que el deterioro del sistema de salud público que cometió el macrismo este gobierno no lo arregló y que la cuarentena lo empeorará así como hará más desdichadas a las personas al separarlas o aislarlas o hacerles la vida diaria más penosa, lo cual es indiscutible, pero nada sobre cómo parar al virus y evitar tanta muerte. Tampoco sobre las escenas que la cuarentena en acción está creando, desde los que la han tomado como vacaciones hasta las peleas conyugales a fuerza de convivencia, la disconformidad de los hijos porque tienen que aguantar y escuchar a sus padres y los niños que no saben qué hacer con tanto tiempo libre.

Ganas de salir para registrar todas esas manifestaciones, es una tentación, pero que se frena porque es un desafío y pocos son tan valientes como para enfrentarlo; no se puede salir y con una cámara captar cada una de estas escenas para, si se pudiera, describir lo que esto produce, el virus, no la cuarentena, las reacciones y los desconciertos. Pero es imposible para mí, otros quizás lo estén pensando y llevando a cabo.

Trato de entender por qué ciertos articulistas, afines políticamente, y preocupadísimos por lo que se designa como la crisis que la pandemia ha generado, abordan aspectos importantes pero no lo hacen en un lenguaje correlativo de la seriedad del asunto: de pronto, como si temieran el juicio que puede provenir de lugares temibles, introducen alguna “x” o una “@” o una “e” en palabras que se pueden defender por sí solas sin advertir que con eso desvían la atención, ya no se lee lo que afirman sino que sólo les importa afirmar esa increíble creencia en la disolución de la lengua, en la presunta identidad que ese uso les otorgaría. Lástima de tiempo perdido de la incomunicación, orgulloso empobrecimiento, qué lástima de talento no muy bien empleado.